lunes, 1 de diciembre de 2008
BREAK ON THROUGH (to the other side)
…tried to run
tried to hide
break on through
to the other side.
…traté de correr
traté de esconderme
pasar a través
hacia el otro lado.
The Doors
TRASPASAR LA PARED, si fuera necesario. Sentía que podría hacerlo, en la eventualidad extrema de tener que huir y no contar con otra alternativa que atravesar una pared. Una vez lo había soñado: saltaba con seguridad, con soltura, casi con elegancia. Y era sencillo: sus moléculas se ordenaban para calzar con los vacíos de las moléculas del muro, lo atravesaban, y luego se reorganizaban, al otro lado, en la forma de su cuerpo. Un acto nada más espontáneo y natural, como debería ser volar, seguramente. No cabía dudar, por lo demás, a riesgo de quedar incrustado en el muro, o que las moléculas no volvieran a reorganizarse jamás como antes. También –era evidente– se trataba de un acto de voluntad y de fe. Y él sería capaz de llevarlo a cabo, aunque, objetivamente, careciera de ambas. Talvez por eso le era tan fácil concebirlo como posible. Bastaba ver lo que había hecho de su vida, los últimos años al menos, o los últimos meses. O los últimos días.
Recorrió las paredes de la habitación, el empapelado de textura rococó manchado de oscuridades, de huellas anónimas quién sabe cuán antiguas. Tras el atril del televisor, a su izquierda, alguien había lanzado alguna vez su café. "Save a Watt!", gritaba luego el acrílico que rodeaba el interruptor y, a pocos centímetros, el "Lock the Door!" en rojo iba apoyado por la letra chica que eximía al hotel de toda responsabilidad por la pérdida de absolutamente todo. Seguía la puerta, después la esquina, y en la pared frente a él, sobre la cama, la fotografía de un paisaje otoñal enmarcada por la claridad del cuadro que la precedió. Del otro lado, en fin, a su derecha, dos ventanas dejaban pasar la fría luminosidad de la tarde. Serían como las seis y aún no oscurecía. Recordó entonces que ya estaban en mayo. Lentamente, los ruidos subieron desde la calle, catorce pisos más abajo. Cuando se iba, cuando la imaginación lo llevaba, los sonidos se marchaban por su lado y tardaban en volver, mucho más que él. Era la hora del rush, percibió; los bocinazos se desgranaban con más frecuencia e intensidad. Se levantó y estiró las piernas. “Sólo me falta empezar a contarlos”, se dijo, “y se me va otra hora más en estupideces”. Aunque tampoco tenía mucho que hacer fuera de esperar, hora y media o dos, talvez más. O huir. Pero no; eso ya estaba descartado.
Estimó cuánto le tomaría bajar, caminar las cuatro cuadras hasta el Burger y volver con la comida a su pieza. Estaría lleno, a esa hora; los ascensores demorarían y tampoco avanzaría muy rápido por la calle. Quería ver las noticias de las siete; no es que ya tuviera hambre, pero más tarde no podría salir, a la espera del Chino y su cliente. Aunque si continuaba dudando de ese modo, terminaría por no hacer nada.
SALIÓ A LA Séptima Avenida por la puerta de la calle 50. El viento le dio su golpe helado en la cara, su recordatorio del modo de andar en esa ciudad. El corto gamulán abrigaba bien, más aún con su nuevo forro; los pantalones de pana también, y lo mismo sus botas, cuyas suelas alcanzó a reparar antes de tomar el avión. Salvo unas camisas, no había renovado ropa desde sus tiempos de estudiante, desde su vida otra, con sus padres, con su familia, allá en Santiago, cuando sus sueños aún le parecían lúcidos. Antes del despertar del 73. No habían transcurrido dos años y su mundo ya era otro, tan lejano y extraño respecto al primero que éste le parecía ahora irreal, iluso. Cuando, unos meses atrás, con el objeto de viajar a los Estados Unidos sin el estigma del pasaporte chileno, solicitó un pasaporte uruguayo apelando a su lugar de nacimiento, acabó de constatar su distanciamiento del pasado y, a la vez, su indiferencia por todo. Utilizó también su flamante contrato en La Vanguardia para conseguir la visa por diez días. Poco le interesaba ese trabajo, por lo demás; sin embargo, fue gracias a su designación en la crónica roja que obtuvo los contactos que le permitían jugarse ahora su pequeña herencia en las cuatro libras que llevaba a cuestas.
Cruzó Broadway y avanzó hacia el Burger. ¿Por qué Estados Unidos? Las respuestas le parecieron siempre fáciles: para escribir, para hacer cine, y por lo decepcionante que podría ser intentarlo en plena decadencia franquista, por más que Barcelona no oprimiera tanto. Pero, en el fondo, aunque veladamente, lo que quería era darse una última oportunidad de reinventarse por entero o sucumbir de una vez en la anodinia, para lo cual no habría mejor lugar que "America", suponía.
“En el peor de los casos, terminaré como la negra”, arguyó, irónico y cruel, buscándola desde la fila. No la divisó; sería su día libre. La había visto más temprano, además, ayer, como a las tres, mientras el Chino telefoneaba a su cliente y él lo esperaba sentado en una de las mesas del fondo, terminando las escasas papas fritas que le quedaban y asumiendo la irreversibilidad de las cosas. Descubrió su enorme silueta inmóvil a unos pocos metros, apoyada en su recogedor de papeles. Gorda y fea, sola salvo de sí misma, la negra había interrumpido su tarea para echar también la vista al vacío, como él. Se preguntó entonces dónde, en qué lugar recóndito del Caribe o de África estarían empozados esos ojos tristes, y en qué tiempo, cuántos meses o siglos atrás, cuando su cuerpo y su espíritu armonizaban entre sí y con la naturaleza que la rodeaba, cuando sus labores y sus luchas y sus sueños se daban al interior de su familia, de su clan, de su tribu. No aquí, al interior de un fast-food en la más corrompida de las ciudades, ante un aprendiz de traficante que tragaba sin hambre su última patata grasosa y fría.
Regresó al viejo Taft. En el enorme lobby, al pasar junto al puesto de revistas, leyó un titular vespertino: "Saigon Embassy Under Siege". Confirmó la hora en el reloj de la recepción y apuró el paso, para llegar a las noticias.
COMO UNA GRAN cuchara chorreando cuerpos, el helicóptero se balanceaba, indeciso, sobre el edificio. Figuras oscuras, apretujadas, se agitaban en la azotea tratando de alcanzar los pies del que colgaba último de la escala de cuerdas, hasta que éste caía, y entonces otros intentaban trepar, infructuosamente, aleteando en el vacío. Cambió de canal con la llegada de los comerciales. El 4 anunciaba su Viet Nam Review para el viernes. El 7 entrevistaba a espectadores taciturnos a la salida de Hearts and Minds, el documental de Schneider. Kissinger sonreía en otro canal. Pasó a otro. “¡Hey, qué hace usted ahí, cuando puede estar aquí por sólo quince dólares al día!”, le dijo alguien en castellano, si bien detrás se veía el Egeo, no el Mar de Indochina. El ulular de una sirena –otra más– lo distrajo, en fin, desde la calle.
Curioso personaje, el Chino. Portorriqueño, cubano, quizás colombiano, no lo sabía. Sólo le dieron un número y una hora para llamarlo, y cuando hablaron lo citó en el Burger, diciéndole que llevara una cruz a la vista. No tenía ninguna y el Chino se extrañó de que alguien que viniera de España no trajera una consigo. Pero no había que preocuparse, él lo reconocería. Al llegar lo primero que hizo fue pedirle que le mostrara su pasaporte y su visa, y luego la contraseña. Cuando vio a "Copito de Nieve" rió de buena gana. No conocía al gorila albino, de modo que le pidió la postal y se la guardó con sumo cuidado. Luego se puso de pie y fue a hacer su llamada.
—Mañana, a partir de las siete y media, nos esperas —le dijo al volver—. Si lo que traes está bien, hay trato.
Quizás, después, el propio Chino podría indicarle cómo conseguir documentos de residencia. “No”, lo pensó mejor: “después me escabullo a perderme”.
¿Y si no llegaban? ¿Y si algo fallaba? No había desarrollado mucho su libreto, pero tampoco iba a hacerlo ahora. Las cosas vendrían por sí solas y las respuestas las tendría a su debido tiempo. Vamos, todo podía fallar, sin duda; incluso era posible que la falla se hubiera producido ya, antes de empezar el viaje, antes de inventarlo siquiera. Nada le quedaba por hacer, en consecuencia, sino seguir adelante. Pero quizás todo resultaba bien, ¿por qué no? Y si terminaba mal, él acabaría preso o muerto: ¿cabía otra posibilidad? Cara o sello, éxito o fracaso; el azar. Vida o muerte, las dos caras de la moneda. Pero no, él ya no creía en esas cosas. Si había alguna alternativa, tendría que ser distinta. Vida y muerte estaban a un mismo lado de la moneda. Del otro lado, en caso de que lo hubiera, él esperaba algo diferente. Si no, ¡qué desperdicio!
Golpearon tal como lo había previsto: sol - sol - sol - mi bemol, como la Quinta. Acomodó el gamulán en el respaldo de la silla. “Ojalá no tengan mucho apuro, para descoserlo con cuidado”, se dijo mientras atravesaba la habitación. Al llegar a la puerta destapó el ojo de seguridad.
LOS OJOS DE SEGURIDAD deforman el exterior, con su efecto gran angular que pretende abarcarlo todo. Un rostro se ve cómico, o más bien grotesco, a través de ellos. Pero el Chino se veía raro, con su cara aplastada contra la puerta y el ojo derecho muy abierto, mirando fijo, como un pescado, como un muerto. Aún estaba vivo, sin embargo, cuando le abrió para que entrara con los dos sujetos detrás. Pero el primero de éstos, el más delgado, que lo llevaba con el brazo doblado contra la espalda, apenas el otro cerró tras suyo le disparó dos tiros a quemarropa, en diagonal, del riñón para arriba. El Chino tan sólo se sacudió, no cambió de cara, antes de caer de bruces sobre la cama y empezar a oscurecerla con su sangre.
“Usan silenciador…”, discurrió tontamente para sustraerse de la escena, mientras se retiraba hacia el centro de la pieza. Mas el otro tipo le apuntaba ahora a él, directamente a la cabeza, en tanto le gritaba con voz sorda: “Where’s my stuff, where’s my horse, you fuckin’ Latino?”
Insistió en demorar lo que vendría –¿no era acaso natural?–; quería recuperar parte del control sobre sus actos, si lo había tenido alguna vez. “Calma, I’ve got it”, dijo, levantando las manos, con los dedos bien extendidos, retrocediendo unos pasos más. Tenía que darse la oportunidad, no tanto ya de salvarse –la suerte siempre estuvo echada, lo confirmaba con celeridad–, sino de conferirle un toque de distinción, de humor quizás, a toda esa patraña. Él no era el Chino para morirse así; no tenía su credo beato, ni su precaria idiosincracia, ni la vida sometida a las reglas del reino de ese par de imbéciles. Ya estaba muerto, por cierto, como el Chino, pero nadie iba a verle los ojos desorbitados de pánico, deformados por un lente inventado para fisgones y cobardes. “The safe-boxes”, afirmó, acelerando su imaginación. “Downstairs. In the lobby. In my safe-box.” Tomó su gamulán del cuello y, ante el ademán del que le apuntaba, aclaró: “No gun; look: only the key’s inside. Let’s go”, y se lo puso con soltura.
El tipo inquirió con un gesto al otro, que había permanecido impasible junto a la puerta. Éste movió negativamente la cabeza. “He’s bluffing. It should be here…”, alcanzó a decir, cuando pegué la carrera. No tenía mucho espacio, unos cinco metros apenas entre la silla y la pared del frente. Salté sobre la cama, un respingo que ni movió el cuerpo del Chino, y me lancé a traspasar la pared. Vi primero cómo una bala abría en dos mi mano e incrustaba piel y hueso en el empapelado rococó; sentí después que las bolsas cosidas entre el cuero y el chiporro de mi gamulán estallaban y se inundaban de sangre, disolviendo los minúsculos cristales de heroína en dosis tan potentes como inútiles, en tanto las balas seguían su curso, arrastrando pedazos de clavícula y deltoides, de pulmón, aorta y tejido palpitante a través del muro, hacia el otro lado.
c. 1989
