domingo, 30 de noviembre de 2008
EL PECIO
U N O
—NO, NOO, ¡NOOOOO! ¡Se te fue, se te fue! ¡Huevón, se te fue otra vez! ¡Ahora qué hacemos! ¡Ya va amanecer!
—¡Lo subimos de nuevo pu’, imbécil!
—¡Pero si se hundió!
—¡Cálmate, loco, el Julio sabe lo que dice: mañana baja de nuevo y lo amarra mejor!
—¿Y si cambia el tiempo? ¿Y si llega la vieja y no le tenemos ni la foto? ¿Y si nos pillan? ¡Y vos con tu cagada de lancha, que se mueve como las putas, ¿de ‘onde venís a decirme “cálmate loco”, ah?!
—Ya pu’, Sergio, tranquilo. Yo lo hago de nuevo. Mañana el día va estar bueno. Y no tenimos otra lancha para esta huevá’ que pesa media tonelada, así que no ofendái al capitán.
—¡Buena, y ahora me retan a mí, al único que tiene listas las cosas! ¡Y la plata, pa’ todos! ¡Y que no ofenda, cuando me dicen loco a mí! ¡Y lo hacen todo mal! ¡Aquí nadie puede progresar, nadie es profesional, pero todos quieren la plata y encima retan! ¡Buena los culeados!
—Oye, Julio, o calmái a este huevón o lo tiro p’abajo igual que el cañón. ¿Qué se ha creído? ¡Nosotros encontramos el hundimiento! ¡Tú lo hiciste, desde esta lancha! A él lo metió el Malan en el cuento…
—Ya, Checho, te estás pasando… ¡No más chuchadas! Mañana le decís a la señora que el jueves, nomás. La podís llamar a Castro, para que venga pasado.
—Putas, es que esta gente es seria, y el que tiene que dar las explicaciones es don Romilio, él la contactó. ¡Qué le digo yo a él!
—Si también va pagao, que espere como todos. El cañón no se lo va llevar nadie sino ellos. Porque a nadie más se lo hai ofrecío, ¿no? —le preguntó Álvarez, obviando sus agresiones.
—No, a él nomás. Por ahora —respondió Sergio, aunque no se le ocurría a quién más ofrecerle un cañón de un naufragio. Y había sido Malan el que le sugirió consultarle a don Romilio, junto con presentarle a los buzos. Aunque Malan no entraba en el negocio; tenía buenas ideas, cuando no andaba volado, pero nunca las pensaba para hacer plata.
Se despidió de ellos en la oscuridad; los dejó asegurando el bote en la orilla y ascendió por la rampa hasta la costanera, bordeándola en dirección al muelle principal, camino a su casa. ¡Culebrina huevona!, farfulló, golpeado por el frío de la madrugada. Si bien las cosas se atrasaban un día más, o talvez dos, que no era tanto, lo que en verdad lo inquietaba era Malan: después de esas dos semanas, apenas lo viera le preguntaría por todo, por su conversación con don Romilio, por la extracción del cañón, por su traslado, ¡por saber cuándo se cumpliría ese estúpido sueño suyo de ver un auténtico cañón español en el Museo Histórico de Castro! Mientras más rápido terminara este asunto, mejor. Si la vieja no podía esperar, la traería y le mostraría el cañón en vivo, qué más daba, en lugar de mandarle una foto. Pero don Romilio tendría que venir también, y eso era lo fregado. Le había pedido mucha discreción; calcularía el precio viendo la foto, y, de aceptarlo la colombiana, la mandaría a Quellón para que él le mostrara la pieza y se pusieran de acuerdo sobre el despacho. Después, y siempre sin aparecer ni moverse de Castro, el viejo se encargaría de cobrar. Una cuarta parte era el precio por su gestión. Otra cuarta parte iba para el par de huevones que no supieron subir la cosa. Y la mitad restante quedaba para él, como debía ser en todo buen negocio. “Si es una culebrina, o algo del siglo XVIII para atrás, por lo menos vale cuatro palos”, le había dicho el viejo en su oficina, mostrándole unos grabados. Y aunque todavía no podía saberlo bien, el dibujo que le llevó, hecho por Julio, lo movilizó a llamar a sus contactos. De un museo colombiano, una mujer.
“¿Y qué le digo a Malan?”, fue la última pregunta que le hizo a su antiguo profesor. “Díle que lo vendimos a una fundación que nos dará la plata para hacer los arreglos que el Museo tanto necesita. Eso se lo confirmo yo después”, le respondió, impertérrito. “¿Y si no ve ningún arreglo?” “Arreglos vamos a hacer. Está por llegarnos un dinero de la Dibam, del Ministerio. Malan no va a cachar nada, se quedará tranquilo”. Ojalá.
PLÁCIDO NOGUERA SE PUSO NERVIOSO. Acababa de ordenar sobre la cama su ropa recién sacada de la maleta cuando, al abrir el closet, encontró en su interior un bolso deportivo cerrado, un libro en inglés marcado con una postal y una botella de agua mineral vacía. Curiosamente, el baño lo había encontrado impecable, listo para recibir a un nuevo pasajero, y él mismo rompió la banda de papel que garantizaba el sanitizado del WC. Llamó a la recepción y pronto llegó el botones que le había subido la valija cuando él salió a buscar los diarios de Santiago, a un par de cuadras del hotel. Sorprendido, le aseguró haber revisado bien el dormitorio al dejarle el equipaje, pero sin querer complicar más las cosas le ofreció otra habitación en el piso superior, afirmando que gozaría de mejor vista. Plácido Noguera maldijo para sus adentros: ya no quedaría en el cuarto contiguo al de su hermosa jefa, la doctora Restrepo. “¿No hay otra habitación libre en este mismo piso?”, alcanzó a musitar. Por desgracia no era así. Empacó en desorden el contenido de su maleta y siguió al botones escaleras arriba. No cabía duda, la vista mejoraba con la altura, aunque ello no disminuía su frustración. Al mediar la noche –tenía la certeza–, su vecina habría dado un par de golpecitos a la puerta buscando su compañía, pero esto ya no ocurriría pues, por supuesto, la doctora no era una persona que anduviera subiendo escaleras en camisa de dormir.
Disculpándose una vez más, el botones se retiró para descender rápidamente a devolver el maletín y el libro a la habitación de Mr Thomas, sin pretender dilucidar el misterio de su presencia en la habitación asignada al doctor Noguera. Antes se acercó a comprobar que faltaba una botella de mineral en el mini bar, asunto que sí debería resolver con la mucama para ver a quién se la cargarían. Al salir con las cosas alcanzó a sentir a sus espaldas las voces de la señora colombiana y el señor más joven –el único al que no le decían “doctor”–, provenientes de la pieza contigua. No distinguió palabras, eran más bien risas, de modo que se alejó prestamente en pos de la habitación de Mr Thomas.
—MACHO PRECIOSO… TU jefe es una maravilla, enviarte conmigo —murmuraba la doctora Restrepo mientras acariciaba el sexo de Ruiz, tratando de reavivarlo.
—Sí, señora —respondió el guardaespaldas, sentándose—, pero mi jefe quiere su juguete y hasta ahora ni siquiera lo hemos visto.
—Cálmate, buenmozo, ya le daremos su juguete. Préstame el tuyo otro ratico, que por hoy no podemos avanzar en nada…
—Ojalá no nos quedemos demasiado en este lugar, es muy frío. Eso me preocupa nomás.
—Nos iremos de aquí en un par de días. Mañana nos muestran la foto y si Noguera lo encuentra aceptable, partimos a ver el asunto y el jueves o el viernes temprano nos volvemos —lo tranquilizó la doctora, sin dejar de acariciarlo con sus dedos.
—Ay, señora, qué arrecha es usted. Ya me tiene duro de nuevo —sonrió Ruiz—.
—Tiéndete entonces, y deja sentarme encima… así, ¿puedo darte la espalda?
—Póngase como guste, y ahora grite nomás, que a Noguera se lo llevaron a otro piso. Ya no está al lado.
—¿Sí? Y te gusta que grite, ¿ah?
—Es lo que más me gusta. Que grite cuando le gusta…
ERAN LAS NUEVE y estaban sentados al desayuno los tres, cuando se acercó la recepcionista para avisarle a la doctora que la llamaban por teléfono.
—Debe ser por la foto —dijo al levantarse.
—Doctora, disculpe una vez más —la detuvo Plácido Noguera —, pero yo preferiría ver la pieza en vivo, no en una fotografía.
—Estamos de acuerdo, pero el profesor prefiere que confirmemos nuestro interés antes de llevarnos al lugar, que queda más bien lejos de aquí. Y, claro, también quiere asegurar un precio, pero usted no se preocupe: cuando llegue el momento, diga lo que le parezca…
—Me parezca o no me parezca la foto, exigiré ver la pieza antes de decir nada —le insistió Noguera a Ruiz, una vez que la doctora se hubo marchado.
—Así lo hará, doctor, tómelo con calma. Pero primero hay que ver la foto, como dice la doctora. Nada se pierde.
—¿No será un engaño?
—Eso lo decidirá usted. Por eso está aquí. Pero a mi jefe no lo engañan.
—¿Quién es su jefe?
—¿Mi jefe? Nadie, sólo un cliente de la doctora.
—¿Un coleccionista?
—Coleccionista, sí. Es coleccionista.
—¿Colecciona armas?
—Sí, colecciona armas. Y sabe de armas. Sabe mucho de armas.
—¿Por qué no vino él?
—Pues, porque para eso tiene a la doctora, y a usted. Y a mí, por supuesto.
—Yo no lo conozco.
—Mejor así. Mi jefe es una persona discreta…
—Pero sería más…
—…y le gustan las personas discretas, de modo que mejor no siga preguntando, ¿le parece?
Noguera iba a insistir, pero en eso volvió la doctora, contrariada.
—¡Nada! Dice que ayer hubo mal tiempo y que sólo podrán tomar las fotos hoy. Casi lo mando al carajo.
—Pues tampoco me gusta —confirmó Ruiz—. Un día más en esta heladera, sin nada que hacer.
—Algo podremos hacer… —le insinuó la doctora, aunque sin dejar su molestia.
—Vayamos a ver la pieza —intervino Noguera—. Para qué esperar la foto.
—¡Eso me gusta! —reaccionó Ruiz—. Llame al profesor y le dice que vamos, que no joda más con las fotos.
—Es que nos comprometimos a verlas primero…
—Eso era hoy, no mañana.
—De acuerdo. Lo llamaré de nuevo.
ROMILIO MUÑOZ QUILPATAY, PROFESOR de Historia de todos los liceos de Chiloé insular y flamante director del Museo Histórico de Castro, salió de su despacho sin aparentar la menor alteración. “Colombiana traficante, prepotente, igual te vas a llevar lo que yo te dé y cuando yo te lo dé”, se había dicho entre dientes apenas colgó la doctora, después de citarla a las once en La Brújula. No le aceptó que pasara a buscarlo de inmediato por el Museo para seguir con él “adonde sea que esté el famoso cañón”, como había pretendido imponerle con veladas amenazas. Igual estaba molesto con Sergio; si le prometió las fotos para ese día era porque la culebrina debía estar fuera del agua por lo menos desde el lunes, y hasta esa mañana aún no la habían extraído. Y él no podía manejarse sólo con la suposición de que se trataba de una pieza importante, según insinuaba el dibujo del buzo. Tenía que negociar conociendo el cañón, si no en vivo, al menos por una foto. Pero sin foto, no le quedaba más que ir. En todo caso, si era lo que parecía ser, el cañón valdría lo que él pensaba, pues el pecio de las dos naves naufragadas a las que podía corresponder incluía artillería que se cotizaba hasta en cincuenta mil dólares la pieza. Pedir la mitad y bajarse hasta veinte mil dejaría contentos a todos. Eso equivalía a nueve millones, tres para el Checho y su gente y seis para él: bien valía hacer el viaje.
A la doctora Restrepo la había conocido en Bolivia, en la celebración de los 400 años de Sucre, pero nunca pensó que se acordaría de él ni que le respondería tan pronto. Ella le había dado su número privado en aquella lejana ocasión, indicándole que la llamara con cobro revertido ante cualquier dato interesante para su cartera de coleccionistas. Para materias oficiales con la Fundación que dirigía, en cambio, la instrucción era que sólo se comunicara por correspondencia. Una pituca chueca, sin duda, y que ahora se las daba de mandona conminándolo a mostrarle el cañón de inmediato, para la aprobación de sus asesores. Pues bien, los llevaría a Quellón, comerían buena centolla y después de una vuelta turística los dejaría en el hotel Melimoyu, para que se aburrieran hasta mañana. Y esa misma noche iría él solo a ver la culebrina, cuando la sacaran los muchachos.
Al entrar a La Brújula del Cuerpo saludó a las chicas de la barra, les encargó un cortado y se dirigió a los mesones junto al ventanal. Era la hora baja de la mañana y sólo había un par de personas además de los colombianos. Llegó hasta ellos sonriendo y les preguntó, con tono de disculpa, si el café era muy malo.
—No tanto —le respondió la doctora, dándole la mano con una sonrisa que pretendía superar la discusión telefónica.
—Cualquier cosa es mejor que el nescafé de la Hostería —gruñó Ruiz.
—Aquí hay muy buenas cervezas —dijo el profesor, obviando el comentario—. Mexicanas, bolivianas, holandesas, alemanas, lo que pidan.
—Con este frío, ni aunque tuvieran una negra Modelo me tomaría una —volvió a alegar Ruiz.
—¡La tienen! —le respondió el profesor—. Y éste no es frío, joven; recién estamos en abril…
—Pues yo no quiero esperar hasta mayo. Supongo que usted tiene listo el juguete que nos va a mostrar…
—Disculpe, profesor —interrumpió la doctora, asumiendo su autoridad—, pero estamos preocupados por el atraso. El compromiso era resolver el asunto hoy con las fotografías, verlas y, si llegábamos a un acuerdo, conocer la pieza, arreglar los detalles y regresarnos mañana, o a más tardar el viernes, a Santiago. Si no había acuerdo, nos volvíamos hoy mismo. Y este plan lo queremos cumplir. De manera que, si no tiene las fotos, nuestra única opción es ir a ver la pieza ahora, para resolver si nos interesa. Bueno, tampoco sabemos cuán cerca o lejos está… ¿Qué puede decirnos usted?
—Lo primero, nuevamente, es que les ruego disculpar estos contratiempos. El cañón está a cien kilómetros de acá, en un lugar poco accesible, y, como dice el joven, el clima no es fácil… ¡por eso los naufragios! De ahí que no se hayan dado las condiciones para cumplir el plan original. Sin embargo, lo segundo que les puedo decir es que podemos partir cuando ustedes lo dispongan al puerto de Quellón, pernoctar allá y mañana temprano seguir hasta ver la pieza. Hay un excelente restaurante donde podremos almorzar, y por la tarde pueden conocer un interesante museo etnográfico mapuche. Y si todo va bien, mañana volvemos a Castro y el viernes se regresan a Santiago.
—¿Y a ese puerto se llega por tierra o por mar? —preguntó Ruiz.
—Por tierra, señor, y después de todo el camino no es malo. Incluso tiene unos divertidos toboganes…
—¿Cómo?
—Unos toboganes, una montaña rusa, ya verá.
—Este país…
—De acuerdo, profesor Muñoz —volvió a intervenir la doctora Restrepo—. Sólo espero que todo esto no sea en vano.
—No se preocupe. Les aseguro que quedarán satisfechos con la culebrina.
—¿De modo que es una culebrina? —intervino Plácido Noguera, descolocando al profesor.
—Bueno, usted podrá corregirme mañana, doctor, eh…
—Noguera —le recordó la doctora, sin percatarse de su embarazo. Y agregó—: Profesor, usted nos acompañará en nuestro vehículo, ¿no es cierto?
—Por supuesto, y muy amable. Pero antes debo ir por unas cosas. Pasaré por su hotel a las doce, o sea, en poco más de media hora, ¿de acuerdo?
D O S
MALAN ASCENDIÓ CON agilidad las empinadas escaleras que iban de la costanera hasta la plaza, arriscando involuntariamente la nariz por el agudo olor a orines que lo sorprendía igual, a pesar de que subía casi todos los días por el mismo lugar. Es que el momento lo pillaba ensoñado, tratando de percibir el fresco olor de las centollas que le traía desde el muelle a la señora Rosario. Por escogerlas y llevárselas se ganaba el almuerzo, y por ayudar en el bar y la cocina, el alojamiento. Y además aprendía. Buena onda la señora Rosario y su marido, don Pancho, amigos de sus padres, quienes junto con acogerlo en su restorán en Quellón le ofrecieron enseñarle de comidas. Que tenía buena mano, le decían, y ellos también, pues a la Posada Las Toninas los clientes y turistas nunca dejaban de llegar, aun entrado el invierno. Si aprendía bien podría partir un día a Santiago y trabajar en un restaurante al almuerzo y la comida, para costear así sus estudios de guitarra clásica en el Conservatorio. Ése era su sueño. Sus talentos los había heredado, por cierto; los llevaba en la sangre. De su padre francés, a quien recordaba menos de lo que hubiera querido, la escritura y su afición por la gastronomía; de su abuelo materno, la música, el canto. Ambos fueron grandes bebedores también, y ésa había sido una mala herencia, los vicios. Pero ahora tomaba menos, y sólo vino, y se fumaba un pito al día nomás; nada de pepas ni las demás huevás, que desterró para siempre el último Año Nuevo. “Los mostos y las hierbas inspiran el alma”, le dijo el poeta Antonio, su amigo de Santiago. “Las otras porquerías la envilecen, y luego la matan.”
Divisó al Checho bajando por Ladrillero. Apurado siempre, su compañero del liceo de Castro también se había venido a Quellón, como él. Le tenía mucha estima, pero lo compadecía por ser tan ambicioso, siempre corriendo. Bien pocos eran sus amigos por aquí, talvez ni siquiera el Checho. Y unos metidos en sus ondas, acelerados, mientras los otros peor, bien cagados. Mucha pepa, y la pasta dejándolos locos, o presos, o muriéndose por ahí. Él se había salvado con las justas, apenas. Por eso ahora andaba solo, entre una onda y otra, y en ninguna, porque ninguna valía la pena. Pero tenía su música, y sus escritos, y sus dibujos, y eso le daba fuerza. No sería millonario, como aspiraba el Checho, pero tampoco un talento perdido, con grandes ideas que se esfumaban cuando se iba la droga, como el Tono. Él ahora estaba en recuperación, con un lugar donde comer y dormir, aprendiendo un oficio y preparándose para el futuro.
Pero el cañón lo inquietaba. Debía ser rescatado para lucirlo en el Museo Histórico de Castro, y para ello don Romilio tenía que intervenir. Por momentos dudaba del Checho, que no hubiera llamado al profesor, que estuviera a lo mejor vendiendo el cañón al peso para fundirlo como bronce. Quizás él mismo debió partir a Castro, o llamar a don Romilio, pero la verdad es que el Checho tenía más facilidades; si hasta celular tenía. Por eso mismo lo había llevado al Lili aquella noche y le había presentado a Julio, su amigo buzo, para que le contara lo del hallazgo. En fin, no le quedaba más que confiar en él por ahora.
Llegó con su carga fresca al restorán y entró por la cocina.
—Llegas justo —le dijo doña Rosario—. Viene gente de Castro, con extranjeros, y hay que preparar la comida y la mesa. Para cinco.
“¿Vendrá algún francés?”, se preguntó, camino al comedor. Tenía ganas de oír el idioma. “Tu papi hablaba divertido”, había comentado la señora Rosario, cierta vez que don Pancho estuvo contándole de su padre. “Era un caballero, y un intelectual”, empezó diciendo éste, y a continuación le explicó por qué le había apodado Malan: “Él te llamaba Pierre, en francés; sólo a veces Pedro. Pero te decía Malan cuando estaba contento contigo, con algo que tú habías hecho. Y eso desde chico, ¿sabes? El nombre era del amigo de un escritor famoso que había sido amigo de tu padre. El escritor se llamaba Albert Camus, y su amigo Malan. Tu padre siempre hablaba de Camus, incluso me hizo leer un libro de él, 'El extranjero', apenas lo encontró en castellano. Raro el libro, pero bueno. Lamentaba que el escritor hubiera muerto joven, en un accidente de auto. Pensar que tu padre también murió joven, y en un accidente.” Malan quiso saber más: “¿Estaba contento acá?” “Sí. Añoraba Francia, pero nunca pensó en volver. Talvez no podía, eso nunca lo supimos. Hablaba de su país, pero era feliz en Dalcahué, con tu madre.” “Mi amiga de infancia”, intervenía entonces doña Rosario, recordando, como siempre, que ambas habían nacido en Curaco de Vélez, y con un día de diferencia. Doña Rosario mantenía viva la memoria de la madre de Malan, muerta en el mismo choque con su padre.
Terminó de poner la mesa de cinco puestos, más otras dos de cuatro y se dirigía hacia la cocina, cuando golpearon a la puerta.
—¡Don Romilio! —exclamó al abrir.
—Vaya, si es el joven Pedro —respondió éste, acomodándose a la sorpresa—. ¿Qué hace usted por acá? ¿Podemos pasar?
—¡Adelante, por favor! Aquí estoy, ayudando a doña Rosario y don Pancho. ¿Y usted?
—De visita cultural, pues, con unas amistades de Colombia. A ver, déjame hacer las presentaciones: el joven Pedro Meynard Mancilla, ex alumno mío, y muy buen alumno; la doctora Restrepo, su asistente el doctor Noguera, y el señor Ruiz. Y ahora por favor tomen asiento, que voy a ver los aperitivos con este joven.
Tomó a Malan del brazo y se lo llevó al fondo, hasta el mesón del bar. Aún excitado, el joven le preguntó:
—¿Lo llamó el Checho Marimán para contarle de un cañón?
—Sí, el Checho me llamó y me contó del cañón, pero no me contó nada que te podía encontrar acá…
—Es que no creo que sepa; poco me pregunta sobre mí. En todo caso, ¿qué le parece lo del cañón?
—Me parece excelente, cabrito, y por eso estamos acá. La gente que me acompaña es de una fundación colombiana que está por darnos unos dineros que le hacen mucha falta al Museo, y es posible que les entreguemos a cambio el cañón que encontraron los amigos del Checho. Tú sabes, como un canje cultural. Ahora bien, todo hay que manejarlo con suma discreción, de modo que te agradeceré que no hagas preguntas ni te des por enterado del tema, por lo menos hasta que el Checho te avise. Él está por llegar, pero lo mejor sería que actúes como que no lo conoces, o, mejor todavía, que ni te asomes. Eso: haz que venga doña Rosario o don Pancho a tomar el pedido, y tú te quedas adentro, ¿de acuerdo? Anda ya, y pídenos cinco pisco-sour con unas empanaditas de navajuelas de aperitivo. ¡Gusto de verlo, jovencito!
Dio media vuelta y regresó a la mesa, mientras Malan avanzaba tambaleante hacia la cocina.
—Listo, mis amigos. Vamos a disfrutar uno de los manjares más exquisitos de Chile, si no del mundo. Y mientras vienen a tomarnos el pedido, me he permitido ordenar nuestro tradicional pisco-sour con unas ricas empanaditas de mariscos. ¡A prepararse!
—¿Algún problema con el joven? —inquirió Ruiz, que no había perdido detalle de su aparte con Malan—. Parece que no lo dejó muy bien.
—¿Al Pedro? Eh, es que es un chico raro, un caso especial, ¿saben? —intentó explicarse don Romilio—, un asunto familiar. El muchacho quedó huérfano a los diez años y nunca se repuso. Se apega mucho a los adultos, a algunas personas como yo, que fui su profesor de Historia; me tomó especial afecto, o admiración, ¿comprenden? Quizás porque su padre también fue un intelectual, y le gustaban los libros… Era francés, se casó con chilota, y el resultado fue este joven, hijo único…
—Como sea, un resultado muy hermoso —comentó la doctora Restrepo, pero calló rápidamente.
—Sí… lo que pasa es que también salió un poco, digamos, “chaladito”, ¿me comprenden? Y entonces, a veces, hay que ponerle distancia.
—¿Está enterado de la operación, ese admirador suyo? —insistió Ruiz.
—No, por supuesto que no. Y por lo mismo le ordené que se quedara adentro.
LA PLAYA DE Alihuén no era más que una angosta entrada de arena oscura en la amplia bahía de enormes lajas pardas, y aunque en ella podía desembarcar un bote con su carga durante la marea alta, las lanchas debían permanecer a no menos de cien metros mar adentro para no arriesgar un varamiento o despedazarse contra las rocas. Como alguna vez le ocurriera a un galeón del siglo XVII. Siguiendo la orilla hacia el oeste se elevaba un promontorio cubierto de vegetación, en el que destacaba un solitario tique y, a su sombra, la espigada silueta de Malan observando la escena sin más disimulo que la distancia. Era la tarde y el sol a sus espaldas rasgaba las nubes del día iluminando sin pudor a los protagonistas del oprobio.
Primero vio a los buzos, a Julio y Álvarez, avanzar desde el roquerío tras el cual permanecía el bulto alargado del cañón; luego distinguió a los colombianos saliendo de los arbustos con don Romilio y el Checho, quienes apuraron las presentaciones. Los acontecimientos se habían precipitado cuando, según le confidenció don Pancho, el Checho llegó con la noticia de que los buzos habían extraído el cañón. No bien lo escucharon, los colombianos lo conminaron a él y a don Romilio a llevarlos al lugar apenas acabaran de almorzar. Desatendiendo con una sonrisa las recomendaciones de doña Rosario de no meterse en líos, Malan voló por un caballo y cruzó los campos hasta llegar al pie del sendero que lo llevaba al acantilado de las cuevas, por donde, tras orillarlo con cuidado, se llegaba a la vista alta de Alihuén. Allí donde estaba parado ahora y desde donde empezó a gritar:
—¡Ahieeeooo! ¡Ahieeeehoooo!
—¿Qué ocurre? ¿Qué son esos gritos? —inquirió alarmada la doctora Restrepo, mientras Noguera palidecía y Ruiz giraba de un lado a otro tratando de ubicar su procedencia. Don Romilio miró a Sergio, quien se tomó la cabeza a dos manos:
—Es el Malan…
—Sí, está allá arriba —le confirmó Julio¬—. Llegó hace un rato.
—Y no me dijiste na’…
—¿Y cómo? Si venís llegando…
—¡Eeeheee! ¡Eeeeeheee! ¡Eeel cañoohooon eehe chiiihiileeehnooo! ¡Nohoo se va naahaaa!
—¿Quién es? ¿Qué dice? —gritó la doctora, zarandeándole un brazo a don Romilio. Pero éste callaba.
—¡Aaahaaaa! ¡Ningún coloohombiaaah se lo lleeheaaa!
La doctora insistió tirándole la manga.
—Es el joven del restaurante, Pedro, el huérfano…
—¿Quién? ¿El sardino bonito? ¿Y qué dice, por Dios?
—¡Oohooo! ¡Oohooon Roomiiilio: eeh paahaaal museeehoooo!
—Nada, está loco ahí, gritando cualquier cosa…
—No lo veo, el sol da en los ojos… ¡Y no le entiendo palabra!
—¡A ese hijueputa me lo quiebro! —murmuró Ruiz.
—¡Oiiihii Cheeeheechooo! ¡Soohuuun chueeheeecoo!
—¡Chis! Checho, parece que ahora habla de ti —dijo Álvarez, más nervioso que bromista. Pero Sergio no le hizo caso, sólo pateaba la arena. La doctora, en cambio, giró hacia el capitán:
—¿Qué dice? ¡Dígame usted que entiende!
Álvarez dio unos pasos hacia atrás, haciendo un gesto de impotencia.
—¡Caañooohoooon eehe Chiihiloohoeeee!
La doctora se devolvió entonces hacia don Romilio, increpándolo:
—¿Qué es esto? ¿Qué pasa aquí con su gente? ¿A qué nos ha traído?
—Oh, ¡cállese! ¡A mí no me grita más usted! —reaccionó éste, girando hacia las rocas.
—¡Ruiz! ¡Ruiz! ¿Dónde está Ruiz? —buscó ella finalmente, desesperada—. Noguera, ¿no lo ha visto usted?
—No, pues no… Se perdió de repente. A lo mejor fue a…
—¿A qué? ¡Nadie va a orinar en estas circunstancias!
—¡Aaauhiiiaaaaeeheeeaaaa! ¡Oohoooeeehee!
A RUIZ NO le fue difícil aproximarse hasta donde se hallaba Malan. Media hora antes, cuando llegaba con el grupo camino a la playa, había divisado en la distancia un caballo junto a unos árboles, que, suponía ahora, debía ser del loquito que lo estaba jodiendo todo. Llegó hasta el animal y pronto encontró la huella que se abría entre los matorrales, bordeando después el empinado acantilado sobre un mar que estallaba en espuma, veinte, treinta metros abajo. “Aquí te quiebro, marico”, pensó, desahogando la rabia acumulada, y siguió avanzando con la Glock amartillada, guiándose tan sólo por el alto árbol, pues ahora los gritos habían cesado.
Al aproximarse, sin embargo, escuchó unos sollozos, descubriendo con cierta sorpresa que se parecían bastante a los de sus muertos, a los que se daban cuenta cuando él los iba a matar. “Marico llorón”, masculló el sicario, y salió al claro. Malan estaba ahí delante, sentado contra el árbol, de espaldas a la playa, y lo cierto es que ninguno se alteró mucho al ver al otro. Avanzó entonces Ruiz con rapidez, tomó al muchacho del cuello con su mano libre y lo arrastró consigo sin que éste le ofreciera mayor resistencia, devolvió sus pasos con seguridad hasta alcanzar el punto más alto del acantilado, y, de un tirón, lo lanzó al fragor de las olas.
c. 2002
