lunes, 1 de diciembre de 2008

BREAK ON THROUGH (to the other side)


…tried to run
tried to hide
break on through
to the other side.

…traté de correr
traté de esconderme
pasar a través
hacia el otro lado.

The Doors


TRASPASAR LA PARED, si fuera necesario. Sentía que podría hacerlo, en la eventualidad extrema de tener que huir y no contar con otra alternativa que atravesar una pared. Una vez lo había soñado: saltaba con seguridad, con soltura, casi con elegancia. Y era sencillo: sus moléculas se ordenaban para calzar con los vacíos de las moléculas del muro, lo atravesaban, y luego se reorganizaban, al otro lado, en la forma de su cuerpo. Un acto nada más espontáneo y natural, como debería ser volar, seguramente. No cabía dudar, por lo demás, a riesgo de quedar incrustado en el muro, o que las moléculas no volvieran a reorganizarse jamás como antes. También –era evidente– se trataba de un acto de voluntad y de fe. Y él sería capaz de llevarlo a cabo, aunque, objetivamente, careciera de ambas. Talvez por eso le era tan fácil concebirlo como posible. Bastaba ver lo que había hecho de su vida, los últimos años al menos, o los últimos meses. O los últimos días.

Recorrió las paredes de la habitación, el empapelado de textura rococó manchado de oscuridades, de huellas anónimas quién sabe cuán antiguas. Tras el atril del televisor, a su izquierda, alguien había lanzado alguna vez su café. "Save a Watt!", gritaba luego el acrílico que rodeaba el interruptor y, a pocos centímetros, el "Lock the Door!" en rojo iba apoyado por la letra chica que eximía al hotel de toda responsabilidad por la pérdida de absolutamente todo. Seguía la puerta, después la esquina, y en la pared frente a él, sobre la cama, la fotografía de un paisaje otoñal enmarcada por la claridad del cuadro que la precedió. Del otro lado, en fin, a su derecha, dos ventanas dejaban pasar la fría luminosidad de la tarde. Serían como las seis y aún no oscurecía. Recordó entonces que ya estaban en mayo. Lentamente, los ruidos subieron desde la calle, catorce pisos más abajo. Cuando se iba, cuando la imaginación lo llevaba, los sonidos se marchaban por su lado y tardaban en volver, mucho más que él. Era la hora del rush, percibió; los bocinazos se desgranaban con más frecuencia e intensidad. Se levantó y estiró las piernas. “Sólo me falta empezar a contarlos”, se dijo, “y se me va otra hora más en estupideces”. Aunque tampoco tenía mucho que hacer fuera de esperar, hora y media o dos, talvez más. O huir. Pero no; eso ya estaba descartado.

Estimó cuánto le tomaría bajar, caminar las cuatro cuadras hasta el Burger y volver con la comida a su pieza. Estaría lleno, a esa hora; los ascensores demorarían y tampoco avanzaría muy rápido por la calle. Quería ver las noticias de las siete; no es que ya tuviera hambre, pero más tarde no podría salir, a la espera del Chino y su cliente. Aunque si continuaba dudando de ese modo, terminaría por no hacer nada.

SALIÓ A LA Séptima Avenida por la puerta de la calle 50. El viento le dio su golpe helado en la cara, su recordatorio del modo de andar en esa ciudad. El corto gamulán abrigaba bien, más aún con su nuevo forro; los pantalones de pana también, y lo mismo sus botas, cuyas suelas alcanzó a reparar antes de tomar el avión. Salvo unas camisas, no había renovado ropa desde sus tiempos de estudiante, desde su vida otra, con sus padres, con su familia, allá en Santiago, cuando sus sueños aún le parecían lúcidos. Antes del despertar del 73. No habían transcurrido dos años y su mundo ya era otro, tan lejano y extraño respecto al primero que éste le parecía ahora irreal, iluso. Cuando, unos meses atrás, con el objeto de viajar a los Estados Unidos sin el estigma del pasaporte chileno, solicitó un pasaporte uruguayo apelando a su lugar de nacimiento, acabó de constatar su distanciamiento del pasado y, a la vez, su indiferencia por todo. Utilizó también su flamante contrato en La Vanguardia para conseguir la visa por diez días. Poco le interesaba ese trabajo, por lo demás; sin embargo, fue gracias a su designación en la crónica roja que obtuvo los contactos que le permitían jugarse ahora su pequeña herencia en las cuatro libras que llevaba a cuestas.

Cruzó Broadway y avanzó hacia el Burger. ¿Por qué Estados Unidos? Las respuestas le parecieron siempre fáciles: para escribir, para hacer cine, y por lo decepcionante que podría ser intentarlo en plena decadencia franquista, por más que Barcelona no oprimiera tanto. Pero, en el fondo, aunque veladamente, lo que quería era darse una última oportunidad de reinventarse por entero o sucumbir de una vez en la anodinia, para lo cual no habría mejor lugar que "America", suponía.

“En el peor de los casos, terminaré como la negra”, arguyó, irónico y cruel, buscándola desde la fila. No la divisó; sería su día libre. La había visto más temprano, además, ayer, como a las tres, mientras el Chino telefoneaba a su cliente y él lo esperaba sentado en una de las mesas del fondo, terminando las escasas papas fritas que le quedaban y asumiendo la irreversibilidad de las cosas. Descubrió su enorme silueta inmóvil a unos pocos metros, apoyada en su recogedor de papeles. Gorda y fea, sola salvo de sí misma, la negra había interrumpido su tarea para echar también la vista al vacío, como él. Se preguntó entonces dónde, en qué lugar recóndito del Caribe o de África estarían empozados esos ojos tristes, y en qué tiempo, cuántos meses o siglos atrás, cuando su cuerpo y su espíritu armonizaban entre sí y con la naturaleza que la rodeaba, cuando sus labores y sus luchas y sus sueños se daban al interior de su familia, de su clan, de su tribu. No aquí, al interior de un fast-food en la más corrompida de las ciudades, ante un aprendiz de traficante que tragaba sin hambre su última patata grasosa y fría.

Regresó al viejo Taft. En el enorme lobby, al pasar junto al puesto de revistas, leyó un titular vespertino: "Saigon Embassy Under Siege". Confirmó la hora en el reloj de la recepción y apuró el paso, para llegar a las noticias.

COMO UNA GRAN cuchara chorreando cuerpos, el helicóptero se balanceaba, indeciso, sobre el edificio. Figuras oscuras, apretujadas, se agitaban en la azotea tratando de alcanzar los pies del que colgaba último de la escala de cuerdas, hasta que éste caía, y entonces otros intentaban trepar, infructuosamente, aleteando en el vacío. Cambió de canal con la llegada de los comerciales. El 4 anunciaba su Viet Nam Review para el viernes. El 7 entrevistaba a espectadores taciturnos a la salida de Hearts and Minds, el documental de Schneider. Kissinger sonreía en otro canal. Pasó a otro. “¡Hey, qué hace usted ahí, cuando puede estar aquí por sólo quince dólares al día!”, le dijo alguien en castellano, si bien detrás se veía el Egeo, no el Mar de Indochina. El ulular de una sirena –otra más– lo distrajo, en fin, desde la calle.

Curioso personaje, el Chino. Portorriqueño, cubano, quizás colombiano, no lo sabía. Sólo le dieron un número y una hora para llamarlo, y cuando hablaron lo citó en el Burger, diciéndole que llevara una cruz a la vista. No tenía ninguna y el Chino se extrañó de que alguien que viniera de España no trajera una consigo. Pero no había que preocuparse, él lo reconocería. Al llegar lo primero que hizo fue pedirle que le mostrara su pasaporte y su visa, y luego la contraseña. Cuando vio a "Copito de Nieve" rió de buena gana. No conocía al gorila albino, de modo que le pidió la postal y se la guardó con sumo cuidado. Luego se puso de pie y fue a hacer su llamada.

—Mañana, a partir de las siete y media, nos esperas —le dijo al volver—. Si lo que traes está bien, hay trato.

Quizás, después, el propio Chino podría indicarle cómo conseguir documentos de residencia. “No”, lo pensó mejor: “después me escabullo a perderme”.

¿Y si no llegaban? ¿Y si algo fallaba? No había desarrollado mucho su libreto, pero tampoco iba a hacerlo ahora. Las cosas vendrían por sí solas y las respuestas las tendría a su debido tiempo. Vamos, todo podía fallar, sin duda; incluso era posible que la falla se hubiera producido ya, antes de empezar el viaje, antes de inventarlo siquiera. Nada le quedaba por hacer, en consecuencia, sino seguir adelante. Pero quizás todo resultaba bien, ¿por qué no? Y si terminaba mal, él acabaría preso o muerto: ¿cabía otra posibilidad? Cara o sello, éxito o fracaso; el azar. Vida o muerte, las dos caras de la moneda. Pero no, él ya no creía en esas cosas. Si había alguna alternativa, tendría que ser distinta. Vida y muerte estaban a un mismo lado de la moneda. Del otro lado, en caso de que lo hubiera, él esperaba algo diferente. Si no, ¡qué desperdicio!

Golpearon tal como lo había previsto: sol - sol - sol - mi bemol, como la Quinta. Acomodó el gamulán en el respaldo de la silla. “Ojalá no tengan mucho apuro, para descoserlo con cuidado”, se dijo mientras atravesaba la habitación. Al llegar a la puerta destapó el ojo de seguridad.

LOS OJOS DE SEGURIDAD deforman el exterior, con su efecto gran angular que pretende abarcarlo todo. Un rostro se ve cómico, o más bien grotesco, a través de ellos. Pero el Chino se veía raro, con su cara aplastada contra la puerta y el ojo derecho muy abierto, mirando fijo, como un pescado, como un muerto. Aún estaba vivo, sin embargo, cuando le abrió para que entrara con los dos sujetos detrás. Pero el primero de éstos, el más delgado, que lo llevaba con el brazo doblado contra la espalda, apenas el otro cerró tras suyo le disparó dos tiros a quemarropa, en diagonal, del riñón para arriba. El Chino tan sólo se sacudió, no cambió de cara, antes de caer de bruces sobre la cama y empezar a oscurecerla con su sangre.

“Usan silenciador…”, discurrió tontamente para sustraerse de la escena, mientras se retiraba hacia el centro de la pieza. Mas el otro tipo le apuntaba ahora a él, directamente a la cabeza, en tanto le gritaba con voz sorda: “Where’s my stuff, where’s my horse, you fuckin’ Latino?”


Insistió en demorar lo que vendría –¿no era acaso natural?–; quería recuperar parte del control sobre sus actos, si lo había tenido alguna vez. “Calma, I’ve got it”, dijo, levantando las manos, con los dedos bien extendidos, retrocediendo unos pasos más. Tenía que darse la oportunidad, no tanto ya de salvarse –la suerte siempre estuvo echada, lo confirmaba con celeridad–, sino de conferirle un toque de distinción, de humor quizás, a toda esa patraña. Él no era el Chino para morirse así; no tenía su credo beato, ni su precaria idiosincracia, ni la vida sometida a las reglas del reino de ese par de imbéciles. Ya estaba muerto, por cierto, como el Chino, pero nadie iba a verle los ojos desorbitados de pánico, deformados por un lente inventado para fisgones y cobardes. “The safe-boxes”, afirmó, acelerando su imaginación. “Downstairs. In the lobby. In my safe-box.” Tomó su gamulán del cuello y, ante el ademán del que le apuntaba, aclaró: “No gun; look: only the key’s inside. Let’s go”, y se lo puso con soltura.

El tipo inquirió con un gesto al otro, que había permanecido impasible junto a la puerta. Éste movió negativamente la cabeza. “He’s bluffing. It should be here…”, alcanzó a decir, cuando pegué la carrera. No tenía mucho espacio, unos cinco metros apenas entre la silla y la pared del frente. Salté sobre la cama, un respingo que ni movió el cuerpo del Chino, y me lancé a traspasar la pared. Vi primero cómo una bala abría en dos mi mano e incrustaba piel y hueso en el empapelado rococó; sentí después que las bolsas cosidas entre el cuero y el chiporro de mi gamulán estallaban y se inundaban de sangre, disolviendo los minúsculos cristales de heroína en dosis tan potentes como inútiles, en tanto las balas seguían su curso, arrastrando pedazos de clavícula y deltoides, de pulmón, aorta y tejido palpitante a través del muro, hacia el otro lado.

c. 1989

domingo, 30 de noviembre de 2008

EL PECIO


U N O

—NO, NOO, ¡NOOOOO! ¡Se te fue, se te fue! ¡Huevón, se te fue otra vez! ¡Ahora qué hacemos! ¡Ya va amanecer!

—¡Lo subimos de nuevo pu’, imbécil!

—¡Pero si se hundió!

—¡Cálmate, loco, el Julio sabe lo que dice: mañana baja de nuevo y lo amarra mejor!

—¿Y si cambia el tiempo? ¿Y si llega la vieja y no le tenemos ni la foto? ¿Y si nos pillan? ¡Y vos con tu cagada de lancha, que se mueve como las putas, ¿de ‘onde venís a decirme “cálmate loco”, ah?!

—Ya pu’, Sergio, tranquilo. Yo lo hago de nuevo. Mañana el día va estar bueno. Y no tenimos otra lancha para esta huevá’ que pesa media tonelada, así que no ofendái al capitán.

—¡Buena, y ahora me retan a mí, al único que tiene listas las cosas! ¡Y la plata, pa’ todos! ¡Y que no ofenda, cuando me dicen loco a mí! ¡Y lo hacen todo mal! ¡Aquí nadie puede progresar, nadie es profesional, pero todos quieren la plata y encima retan! ¡Buena los culeados!

—Oye, Julio, o calmái a este huevón o lo tiro p’abajo igual que el cañón. ¿Qué se ha creído? ¡Nosotros encontramos el hundimiento! ¡Tú lo hiciste, desde esta lancha! A él lo metió el Malan en el cuento…

—Ya, Checho, te estás pasando… ¡No más chuchadas! Mañana le decís a la señora que el jueves, nomás. La podís llamar a Castro, para que venga pasado.

—Putas, es que esta gente es seria, y el que tiene que dar las explicaciones es don Romilio, él la contactó. ¡Qué le digo yo a él!

—Si también va pagao, que espere como todos. El cañón no se lo va llevar nadie sino ellos. Porque a nadie más se lo hai ofrecío, ¿no? —le preguntó Álvarez, obviando sus agresiones.

—No, a él nomás. Por ahora —respondió Sergio, aunque no se le ocurría a quién más ofrecerle un cañón de un naufragio. Y había sido Malan el que le sugirió consultarle a don Romilio, junto con presentarle a los buzos. Aunque Malan no entraba en el negocio; tenía buenas ideas, cuando no andaba volado, pero nunca las pensaba para hacer plata.

Se despidió de ellos en la oscuridad; los dejó asegurando el bote en la orilla y ascendió por la rampa hasta la costanera, bordeándola en dirección al muelle principal, camino a su casa. ¡Culebrina huevona!, farfulló, golpeado por el frío de la madrugada. Si bien las cosas se atrasaban un día más, o talvez dos, que no era tanto, lo que en verdad lo inquietaba era Malan: después de esas dos semanas, apenas lo viera le preguntaría por todo, por su conversación con don Romilio, por la extracción del cañón, por su traslado, ¡por saber cuándo se cumpliría ese estúpido sueño suyo de ver un auténtico cañón español en el Museo Histórico de Castro! Mientras más rápido terminara este asunto, mejor. Si la vieja no podía esperar, la traería y le mostraría el cañón en vivo, qué más daba, en lugar de mandarle una foto. Pero don Romilio tendría que venir también, y eso era lo fregado. Le había pedido mucha discreción; calcularía el precio viendo la foto, y, de aceptarlo la colombiana, la mandaría a Quellón para que él le mostrara la pieza y se pusieran de acuerdo sobre el despacho. Después, y siempre sin aparecer ni moverse de Castro, el viejo se encargaría de cobrar. Una cuarta parte era el precio por su gestión. Otra cuarta parte iba para el par de huevones que no supieron subir la cosa. Y la mitad restante quedaba para él, como debía ser en todo buen negocio. “Si es una culebrina, o algo del siglo XVIII para atrás, por lo menos vale cuatro palos”, le había dicho el viejo en su oficina, mostrándole unos grabados. Y aunque todavía no podía saberlo bien, el dibujo que le llevó, hecho por Julio, lo movilizó a llamar a sus contactos. De un museo colombiano, una mujer.

“¿Y qué le digo a Malan?”, fue la última pregunta que le hizo a su antiguo profesor. “Díle que lo vendimos a una fundación que nos dará la plata para hacer los arreglos que el Museo tanto necesita. Eso se lo confirmo yo después”, le respondió, impertérrito. “¿Y si no ve ningún arreglo?” “Arreglos vamos a hacer. Está por llegarnos un dinero de la Dibam, del Ministerio. Malan no va a cachar nada, se quedará tranquilo”. Ojalá.

PLÁCIDO NOGUERA SE PUSO NERVIOSO. Acababa de ordenar sobre la cama su ropa recién sacada de la maleta cuando, al abrir el closet, encontró en su interior un bolso deportivo cerrado, un libro en inglés marcado con una postal y una botella de agua mineral vacía. Curiosamente, el baño lo había encontrado impecable, listo para recibir a un nuevo pasajero, y él mismo rompió la banda de papel que garantizaba el sanitizado del WC. Llamó a la recepción y pronto llegó el botones que le había subido la valija cuando él salió a buscar los diarios de Santiago, a un par de cuadras del hotel. Sorprendido, le aseguró haber revisado bien el dormitorio al dejarle el equipaje, pero sin querer complicar más las cosas le ofreció otra habitación en el piso superior, afirmando que gozaría de mejor vista. Plácido Noguera maldijo para sus adentros: ya no quedaría en el cuarto contiguo al de su hermosa jefa, la doctora Restrepo. “¿No hay otra habitación libre en este mismo piso?”, alcanzó a musitar. Por desgracia no era así. Empacó en desorden el contenido de su maleta y siguió al botones escaleras arriba. No cabía duda, la vista mejoraba con la altura, aunque ello no disminuía su frustración. Al mediar la noche –tenía la certeza–, su vecina habría dado un par de golpecitos a la puerta buscando su compañía, pero esto ya no ocurriría pues, por supuesto, la doctora no era una persona que anduviera subiendo escaleras en camisa de dormir.

Disculpándose una vez más, el botones se retiró para descender rápidamente a devolver el maletín y el libro a la habitación de Mr Thomas, sin pretender dilucidar el misterio de su presencia en la habitación asignada al doctor Noguera. Antes se acercó a comprobar que faltaba una botella de mineral en el mini bar, asunto que sí debería resolver con la mucama para ver a quién se la cargarían. Al salir con las cosas alcanzó a sentir a sus espaldas las voces de la señora colombiana y el señor más joven –el único al que no le decían “doctor”–, provenientes de la pieza contigua. No distinguió palabras, eran más bien risas, de modo que se alejó prestamente en pos de la habitación de Mr Thomas.

—MACHO PRECIOSO… TU jefe es una maravilla, enviarte conmigo —murmuraba la doctora Restrepo mientras acariciaba el sexo de Ruiz, tratando de reavivarlo.

—Sí, señora —respondió el guardaespaldas, sentándose—, pero mi jefe quiere su juguete y hasta ahora ni siquiera lo hemos visto.

—Cálmate, buenmozo, ya le daremos su juguete. Préstame el tuyo otro ratico, que por hoy no podemos avanzar en nada…

—Ojalá no nos quedemos demasiado en este lugar, es muy frío. Eso me preocupa nomás.

—Nos iremos de aquí en un par de días. Mañana nos muestran la foto y si Noguera lo encuentra aceptable, partimos a ver el asunto y el jueves o el viernes temprano nos volvemos —lo tranquilizó la doctora, sin dejar de acariciarlo con sus dedos.

—Ay, señora, qué arrecha es usted. Ya me tiene duro de nuevo —sonrió Ruiz—.

—Tiéndete entonces, y deja sentarme encima… así, ¿puedo darte la espalda?

—Póngase como guste, y ahora grite nomás, que a Noguera se lo llevaron a otro piso. Ya no está al lado.

—¿Sí? Y te gusta que grite, ¿ah?

—Es lo que más me gusta. Que grite cuando le gusta…

ERAN LAS NUEVE y estaban sentados al desayuno los tres, cuando se acercó la recepcionista para avisarle a la doctora que la llamaban por teléfono.

—Debe ser por la foto —dijo al levantarse.

—Doctora, disculpe una vez más —la detuvo Plácido Noguera —, pero yo preferiría ver la pieza en vivo, no en una fotografía.

—Estamos de acuerdo, pero el profesor prefiere que confirmemos nuestro interés antes de llevarnos al lugar, que queda más bien lejos de aquí. Y, claro, también quiere asegurar un precio, pero usted no se preocupe: cuando llegue el momento, diga lo que le parezca…

—Me parezca o no me parezca la foto, exigiré ver la pieza antes de decir nada —le insistió Noguera a Ruiz, una vez que la doctora se hubo marchado.

—Así lo hará, doctor, tómelo con calma. Pero primero hay que ver la foto, como dice la doctora. Nada se pierde.

—¿No será un engaño?

—Eso lo decidirá usted. Por eso está aquí. Pero a mi jefe no lo engañan.

—¿Quién es su jefe?

—¿Mi jefe? Nadie, sólo un cliente de la doctora.

—¿Un coleccionista?

—Coleccionista, sí. Es coleccionista.

—¿Colecciona armas?

—Sí, colecciona armas. Y sabe de armas. Sabe mucho de armas.

—¿Por qué no vino él?

—Pues, porque para eso tiene a la doctora, y a usted. Y a mí, por supuesto.

—Yo no lo conozco.

—Mejor así. Mi jefe es una persona discreta…

—Pero sería más…

—…y le gustan las personas discretas, de modo que mejor no siga preguntando, ¿le parece?

Noguera iba a insistir, pero en eso volvió la doctora, contrariada.

—¡Nada! Dice que ayer hubo mal tiempo y que sólo podrán tomar las fotos hoy. Casi lo mando al carajo.

—Pues tampoco me gusta —confirmó Ruiz—. Un día más en esta heladera, sin nada que hacer.

—Algo podremos hacer… —le insinuó la doctora, aunque sin dejar su molestia.

—Vayamos a ver la pieza —intervino Noguera—. Para qué esperar la foto.

—¡Eso me gusta! —reaccionó Ruiz—. Llame al profesor y le dice que vamos, que no joda más con las fotos.

—Es que nos comprometimos a verlas primero…

—Eso era hoy, no mañana.

—De acuerdo. Lo llamaré de nuevo.

ROMILIO MUÑOZ QUILPATAY, PROFESOR de Historia de todos los liceos de Chiloé insular y flamante director del Museo Histórico de Castro, salió de su despacho sin aparentar la menor alteración. “Colombiana traficante, prepotente, igual te vas a llevar lo que yo te dé y cuando yo te lo dé”, se había dicho entre dientes apenas colgó la doctora, después de citarla a las once en La Brújula. No le aceptó que pasara a buscarlo de inmediato por el Museo para seguir con él “adonde sea que esté el famoso cañón”, como había pretendido imponerle con veladas amenazas. Igual estaba molesto con Sergio; si le prometió las fotos para ese día era porque la culebrina debía estar fuera del agua por lo menos desde el lunes, y hasta esa mañana aún no la habían extraído. Y él no podía manejarse sólo con la suposición de que se trataba de una pieza importante, según insinuaba el dibujo del buzo. Tenía que negociar conociendo el cañón, si no en vivo, al menos por una foto. Pero sin foto, no le quedaba más que ir. En todo caso, si era lo que parecía ser, el cañón valdría lo que él pensaba, pues el pecio de las dos naves naufragadas a las que podía corresponder incluía artillería que se cotizaba hasta en cincuenta mil dólares la pieza. Pedir la mitad y bajarse hasta veinte mil dejaría contentos a todos. Eso equivalía a nueve millones, tres para el Checho y su gente y seis para él: bien valía hacer el viaje.

A la doctora Restrepo la había conocido en Bolivia, en la celebración de los 400 años de Sucre, pero nunca pensó que se acordaría de él ni que le respondería tan pronto. Ella le había dado su número privado en aquella lejana ocasión, indicándole que la llamara con cobro revertido ante cualquier dato interesante para su cartera de coleccionistas. Para materias oficiales con la Fundación que dirigía, en cambio, la instrucción era que sólo se comunicara por correspondencia. Una pituca chueca, sin duda, y que ahora se las daba de mandona conminándolo a mostrarle el cañón de inmediato, para la aprobación de sus asesores. Pues bien, los llevaría a Quellón, comerían buena centolla y después de una vuelta turística los dejaría en el hotel Melimoyu, para que se aburrieran hasta mañana. Y esa misma noche iría él solo a ver la culebrina, cuando la sacaran los muchachos.

Al entrar a La Brújula del Cuerpo saludó a las chicas de la barra, les encargó un cortado y se dirigió a los mesones junto al ventanal. Era la hora baja de la mañana y sólo había un par de personas además de los colombianos. Llegó hasta ellos sonriendo y les preguntó, con tono de disculpa, si el café era muy malo.

—No tanto —le respondió la doctora, dándole la mano con una sonrisa que pretendía superar la discusión telefónica.

—Cualquier cosa es mejor que el nescafé de la Hostería —gruñó Ruiz.

—Aquí hay muy buenas cervezas —dijo el profesor, obviando el comentario—. Mexicanas, bolivianas, holandesas, alemanas, lo que pidan.

—Con este frío, ni aunque tuvieran una negra Modelo me tomaría una —volvió a alegar Ruiz.

—¡La tienen! —le respondió el profesor—. Y éste no es frío, joven; recién estamos en abril…

—Pues yo no quiero esperar hasta mayo. Supongo que usted tiene listo el juguete que nos va a mostrar…

—Disculpe, profesor —interrumpió la doctora, asumiendo su autoridad—, pero estamos preocupados por el atraso. El compromiso era resolver el asunto hoy con las fotografías, verlas y, si llegábamos a un acuerdo, conocer la pieza, arreglar los detalles y regresarnos mañana, o a más tardar el viernes, a Santiago. Si no había acuerdo, nos volvíamos hoy mismo. Y este plan lo queremos cumplir. De manera que, si no tiene las fotos, nuestra única opción es ir a ver la pieza ahora, para resolver si nos interesa. Bueno, tampoco sabemos cuán cerca o lejos está… ¿Qué puede decirnos usted?

—Lo primero, nuevamente, es que les ruego disculpar estos contratiempos. El cañón está a cien kilómetros de acá, en un lugar poco accesible, y, como dice el joven, el clima no es fácil… ¡por eso los naufragios! De ahí que no se hayan dado las condiciones para cumplir el plan original. Sin embargo, lo segundo que les puedo decir es que podemos partir cuando ustedes lo dispongan al puerto de Quellón, pernoctar allá y mañana temprano seguir hasta ver la pieza. Hay un excelente restaurante donde podremos almorzar, y por la tarde pueden conocer un interesante museo etnográfico mapuche. Y si todo va bien, mañana volvemos a Castro y el viernes se regresan a Santiago.

—¿Y a ese puerto se llega por tierra o por mar? —preguntó Ruiz.

—Por tierra, señor, y después de todo el camino no es malo. Incluso tiene unos divertidos toboganes…

—¿Cómo?

—Unos toboganes, una montaña rusa, ya verá.

—Este país…

—De acuerdo, profesor Muñoz —volvió a intervenir la doctora Restrepo—. Sólo espero que todo esto no sea en vano.

—No se preocupe. Les aseguro que quedarán satisfechos con la culebrina.

—¿De modo que es una culebrina? —intervino Plácido Noguera, descolocando al profesor.

—Bueno, usted podrá corregirme mañana, doctor, eh…

—Noguera —le recordó la doctora, sin percatarse de su embarazo. Y agregó—: Profesor, usted nos acompañará en nuestro vehículo, ¿no es cierto?

—Por supuesto, y muy amable. Pero antes debo ir por unas cosas. Pasaré por su hotel a las doce, o sea, en poco más de media hora, ¿de acuerdo?


D O S

MALAN ASCENDIÓ CON agilidad las empinadas escaleras que iban de la costanera hasta la plaza, arriscando involuntariamente la nariz por el agudo olor a orines que lo sorprendía igual, a pesar de que subía casi todos los días por el mismo lugar. Es que el momento lo pillaba ensoñado, tratando de percibir el fresco olor de las centollas que le traía desde el muelle a la señora Rosario. Por escogerlas y llevárselas se ganaba el almuerzo, y por ayudar en el bar y la cocina, el alojamiento. Y además aprendía. Buena onda la señora Rosario y su marido, don Pancho, amigos de sus padres, quienes junto con acogerlo en su restorán en Quellón le ofrecieron enseñarle de comidas. Que tenía buena mano, le decían, y ellos también, pues a la Posada Las Toninas los clientes y turistas nunca dejaban de llegar, aun entrado el invierno. Si aprendía bien podría partir un día a Santiago y trabajar en un restaurante al almuerzo y la comida, para costear así sus estudios de guitarra clásica en el Conservatorio. Ése era su sueño. Sus talentos los había heredado, por cierto; los llevaba en la sangre. De su padre francés, a quien recordaba menos de lo que hubiera querido, la escritura y su afición por la gastronomía; de su abuelo materno, la música, el canto. Ambos fueron grandes bebedores también, y ésa había sido una mala herencia, los vicios. Pero ahora tomaba menos, y sólo vino, y se fumaba un pito al día nomás; nada de pepas ni las demás huevás, que desterró para siempre el último Año Nuevo. “Los mostos y las hierbas inspiran el alma”, le dijo el poeta Antonio, su amigo de Santiago. “Las otras porquerías la envilecen, y luego la matan.”

Divisó al Checho bajando por Ladrillero. Apurado siempre, su compañero del liceo de Castro también se había venido a Quellón, como él. Le tenía mucha estima, pero lo compadecía por ser tan ambicioso, siempre corriendo. Bien pocos eran sus amigos por aquí, talvez ni siquiera el Checho. Y unos metidos en sus ondas, acelerados, mientras los otros peor, bien cagados. Mucha pepa, y la pasta dejándolos locos, o presos, o muriéndose por ahí. Él se había salvado con las justas, apenas. Por eso ahora andaba solo, entre una onda y otra, y en ninguna, porque ninguna valía la pena. Pero tenía su música, y sus escritos, y sus dibujos, y eso le daba fuerza. No sería millonario, como aspiraba el Checho, pero tampoco un talento perdido, con grandes ideas que se esfumaban cuando se iba la droga, como el Tono. Él ahora estaba en recuperación, con un lugar donde comer y dormir, aprendiendo un oficio y preparándose para el futuro.

Pero el cañón lo inquietaba. Debía ser rescatado para lucirlo en el Museo Histórico de Castro, y para ello don Romilio tenía que intervenir. Por momentos dudaba del Checho, que no hubiera llamado al profesor, que estuviera a lo mejor vendiendo el cañón al peso para fundirlo como bronce. Quizás él mismo debió partir a Castro, o llamar a don Romilio, pero la verdad es que el Checho tenía más facilidades; si hasta celular tenía. Por eso mismo lo había llevado al Lili aquella noche y le había presentado a Julio, su amigo buzo, para que le contara lo del hallazgo. En fin, no le quedaba más que confiar en él por ahora.

Llegó con su carga fresca al restorán y entró por la cocina.

—Llegas justo —le dijo doña Rosario—. Viene gente de Castro, con extranjeros, y hay que preparar la comida y la mesa. Para cinco.

“¿Vendrá algún francés?”, se preguntó, camino al comedor. Tenía ganas de oír el idioma. “Tu papi hablaba divertido”, había comentado la señora Rosario, cierta vez que don Pancho estuvo contándole de su padre. “Era un caballero, y un intelectual”, empezó diciendo éste, y a continuación le explicó por qué le había apodado Malan: “Él te llamaba Pierre, en francés; sólo a veces Pedro. Pero te decía Malan cuando estaba contento contigo, con algo que tú habías hecho. Y eso desde chico, ¿sabes? El nombre era del amigo de un escritor famoso que había sido amigo de tu padre. El escritor se llamaba Albert Camus, y su amigo Malan. Tu padre siempre hablaba de Camus, incluso me hizo leer un libro de él, 'El extranjero', apenas lo encontró en castellano. Raro el libro, pero bueno. Lamentaba que el escritor hubiera muerto joven, en un accidente de auto. Pensar que tu padre también murió joven, y en un accidente.” Malan quiso saber más: “¿Estaba contento acá?” “Sí. Añoraba Francia, pero nunca pensó en volver. Talvez no podía, eso nunca lo supimos. Hablaba de su país, pero era feliz en Dalcahué, con tu madre.” “Mi amiga de infancia”, intervenía entonces doña Rosario, recordando, como siempre, que ambas habían nacido en Curaco de Vélez, y con un día de diferencia. Doña Rosario mantenía viva la memoria de la madre de Malan, muerta en el mismo choque con su padre.

Terminó de poner la mesa de cinco puestos, más otras dos de cuatro y se dirigía hacia la cocina, cuando golpearon a la puerta.

—¡Don Romilio! —exclamó al abrir.

—Vaya, si es el joven Pedro —respondió éste, acomodándose a la sorpresa—. ¿Qué hace usted por acá? ¿Podemos pasar?

—¡Adelante, por favor! Aquí estoy, ayudando a doña Rosario y don Pancho. ¿Y usted?

—De visita cultural, pues, con unas amistades de Colombia. A ver, déjame hacer las presentaciones: el joven Pedro Meynard Mancilla, ex alumno mío, y muy buen alumno; la doctora Restrepo, su asistente el doctor Noguera, y el señor Ruiz. Y ahora por favor tomen asiento, que voy a ver los aperitivos con este joven.

Tomó a Malan del brazo y se lo llevó al fondo, hasta el mesón del bar. Aún excitado, el joven le preguntó:

—¿Lo llamó el Checho Marimán para contarle de un cañón?

—Sí, el Checho me llamó y me contó del cañón, pero no me contó nada que te podía encontrar acá…

—Es que no creo que sepa; poco me pregunta sobre mí. En todo caso, ¿qué le parece lo del cañón?

—Me parece excelente, cabrito, y por eso estamos acá. La gente que me acompaña es de una fundación colombiana que está por darnos unos dineros que le hacen mucha falta al Museo, y es posible que les entreguemos a cambio el cañón que encontraron los amigos del Checho. Tú sabes, como un canje cultural. Ahora bien, todo hay que manejarlo con suma discreción, de modo que te agradeceré que no hagas preguntas ni te des por enterado del tema, por lo menos hasta que el Checho te avise. Él está por llegar, pero lo mejor sería que actúes como que no lo conoces, o, mejor todavía, que ni te asomes. Eso: haz que venga doña Rosario o don Pancho a tomar el pedido, y tú te quedas adentro, ¿de acuerdo? Anda ya, y pídenos cinco pisco-sour con unas empanaditas de navajuelas de aperitivo. ¡Gusto de verlo, jovencito!

Dio media vuelta y regresó a la mesa, mientras Malan avanzaba tambaleante hacia la cocina.

—Listo, mis amigos. Vamos a disfrutar uno de los manjares más exquisitos de Chile, si no del mundo. Y mientras vienen a tomarnos el pedido, me he permitido ordenar nuestro tradicional pisco-sour con unas ricas empanaditas de mariscos. ¡A prepararse!

—¿Algún problema con el joven? —inquirió Ruiz, que no había perdido detalle de su aparte con Malan—. Parece que no lo dejó muy bien.

—¿Al Pedro? Eh, es que es un chico raro, un caso especial, ¿saben? —intentó explicarse don Romilio—, un asunto familiar. El muchacho quedó huérfano a los diez años y nunca se repuso. Se apega mucho a los adultos, a algunas personas como yo, que fui su profesor de Historia; me tomó especial afecto, o admiración, ¿comprenden? Quizás porque su padre también fue un intelectual, y le gustaban los libros… Era francés, se casó con chilota, y el resultado fue este joven, hijo único…

—Como sea, un resultado muy hermoso —comentó la doctora Restrepo, pero calló rápidamente.

—Sí… lo que pasa es que también salió un poco, digamos, “chaladito”, ¿me comprenden? Y entonces, a veces, hay que ponerle distancia.

—¿Está enterado de la operación, ese admirador suyo? —insistió Ruiz.

—No, por supuesto que no. Y por lo mismo le ordené que se quedara adentro.

LA PLAYA DE Alihuén no era más que una angosta entrada de arena oscura en la amplia bahía de enormes lajas pardas, y aunque en ella podía desembarcar un bote con su carga durante la marea alta, las lanchas debían permanecer a no menos de cien metros mar adentro para no arriesgar un varamiento o despedazarse contra las rocas. Como alguna vez le ocurriera a un galeón del siglo XVII. Siguiendo la orilla hacia el oeste se elevaba un promontorio cubierto de vegetación, en el que destacaba un solitario tique y, a su sombra, la espigada silueta de Malan observando la escena sin más disimulo que la distancia. Era la tarde y el sol a sus espaldas rasgaba las nubes del día iluminando sin pudor a los protagonistas del oprobio.

Primero vio a los buzos, a Julio y Álvarez, avanzar desde el roquerío tras el cual permanecía el bulto alargado del cañón; luego distinguió a los colombianos saliendo de los arbustos con don Romilio y el Checho, quienes apuraron las presentaciones. Los acontecimientos se habían precipitado cuando, según le confidenció don Pancho, el Checho llegó con la noticia de que los buzos habían extraído el cañón. No bien lo escucharon, los colombianos lo conminaron a él y a don Romilio a llevarlos al lugar apenas acabaran de almorzar. Desatendiendo con una sonrisa las recomendaciones de doña Rosario de no meterse en líos, Malan voló por un caballo y cruzó los campos hasta llegar al pie del sendero que lo llevaba al acantilado de las cuevas, por donde, tras orillarlo con cuidado, se llegaba a la vista alta de Alihuén. Allí donde estaba parado ahora y desde donde empezó a gritar:

—¡Ahieeeooo! ¡Ahieeeehoooo!

—¿Qué ocurre? ¿Qué son esos gritos? —inquirió alarmada la doctora Restrepo, mientras Noguera palidecía y Ruiz giraba de un lado a otro tratando de ubicar su procedencia. Don Romilio miró a Sergio, quien se tomó la cabeza a dos manos:

—Es el Malan…

—Sí, está allá arriba —le confirmó Julio¬—. Llegó hace un rato.

—Y no me dijiste na’…

—¿Y cómo? Si venís llegando…

—¡Eeeheee! ¡Eeeeeheee! ¡Eeel cañoohooon eehe chiiihiileeehnooo! ¡Nohoo se va naahaaa!

—¿Quién es? ¿Qué dice? —gritó la doctora, zarandeándole un brazo a don Romilio. Pero éste callaba.

—¡Aaahaaaa! ¡Ningún coloohombiaaah se lo lleeheaaa!

La doctora insistió tirándole la manga.

—Es el joven del restaurante, Pedro, el huérfano…

—¿Quién? ¿El sardino bonito? ¿Y qué dice, por Dios?

—¡Oohooo! ¡Oohooon Roomiiilio: eeh paahaaal museeehoooo!

—Nada, está loco ahí, gritando cualquier cosa…

—No lo veo, el sol da en los ojos… ¡Y no le entiendo palabra!

—¡A ese hijueputa me lo quiebro! —murmuró Ruiz.

—¡Oiiihii Cheeeheechooo! ¡Soohuuun chueeheeecoo!

—¡Chis! Checho, parece que ahora habla de ti —dijo Álvarez, más nervioso que bromista. Pero Sergio no le hizo caso, sólo pateaba la arena. La doctora, en cambio, giró hacia el capitán:

—¿Qué dice? ¡Dígame usted que entiende!

Álvarez dio unos pasos hacia atrás, haciendo un gesto de impotencia.

—¡Caañooohoooon eehe Chiihiloohoeeee!

La doctora se devolvió entonces hacia don Romilio, increpándolo:

—¿Qué es esto? ¿Qué pasa aquí con su gente? ¿A qué nos ha traído?

—Oh, ¡cállese! ¡A mí no me grita más usted! —reaccionó éste, girando hacia las rocas.

—¡Ruiz! ¡Ruiz! ¿Dónde está Ruiz? —buscó ella finalmente, desesperada—. Noguera, ¿no lo ha visto usted?

—No, pues no… Se perdió de repente. A lo mejor fue a…

—¿A qué? ¡Nadie va a orinar en estas circunstancias!

—¡Aaauhiiiaaaaeeheeeaaaa! ¡Oohoooeeehee!

A RUIZ NO le fue difícil aproximarse hasta donde se hallaba Malan. Media hora antes, cuando llegaba con el grupo camino a la playa, había divisado en la distancia un caballo junto a unos árboles, que, suponía ahora, debía ser del loquito que lo estaba jodiendo todo. Llegó hasta el animal y pronto encontró la huella que se abría entre los matorrales, bordeando después el empinado acantilado sobre un mar que estallaba en espuma, veinte, treinta metros abajo. “Aquí te quiebro, marico”, pensó, desahogando la rabia acumulada, y siguió avanzando con la Glock amartillada, guiándose tan sólo por el alto árbol, pues ahora los gritos habían cesado.

Al aproximarse, sin embargo, escuchó unos sollozos, descubriendo con cierta sorpresa que se parecían bastante a los de sus muertos, a los que se daban cuenta cuando él los iba a matar. “Marico llorón”, masculló el sicario, y salió al claro. Malan estaba ahí delante, sentado contra el árbol, de espaldas a la playa, y lo cierto es que ninguno se alteró mucho al ver al otro. Avanzó entonces Ruiz con rapidez, tomó al muchacho del cuello con su mano libre y lo arrastró consigo sin que éste le ofreciera mayor resistencia, devolvió sus pasos con seguridad hasta alcanzar el punto más alto del acantilado, y, de un tirón, lo lanzó al fragor de las olas.

c. 2002

sábado, 29 de noviembre de 2008

SKIRING

Isla Escarpada, Seno Skyring - Fotografía de Alan Warren

EL CÚTER SE desplazaba tranquilamente aquel día de curiosa calma en el Seno Skyring. Pasó ante el Cabo Graves y orientó en línea recta hacia Punta del Bajo, el extremo sur de la pequeña Isla Juan, alejándose de la desembocadura del río Pérez y su buena pesca. Desde la cubierta, Stockli miraba la orilla de lengas y coigües emergiendo en rudo desorden, un paisaje ciertamente más salvaje que el de su estancia, que acababan de dejar en el horizonte. O quizás él quería verlo así, porque alguna vez esas tierras también fueron suyas hasta que, tras los avatares de la Reforma Agraria, terminaron en manos del imbécil de Mladic. Nada más agradable, entonces, que poder llegar a Isla Escarpada directamente por mar, sin pedirle paso como estaba obligado a hacerlo al menos dos veces al año, cuando su gente bajaba las ovejas para la veranada después de cruzarlas en barcazas desde la isla, y las subía meses después para la invernada. Absurda Reforma que dejó a Escarpada separada de Estancia Huemules quién sabe si para siempre. Mladic no le vendería de vuelta sus tierras ni él la isla, eso estaba claro. Pero al menos esta vez no le daría el gusto de pasar por sus caminos. Había preferido alquilar el cúter, en particular porque no sabía con qué se iba a encontrar al llegar a Escarpada, y le pareció mejor disponer de un espacio mayor, además de llevar al médico y su equipo quirúrgico de emergencia, por si lo que ocurría con su puestero era que estaba herido o enfermo. Llevaba también una radio nueva, de las que había pensado repartir en Navidad, en caso de que el silencio de una semana no fuera más que eso, un desperfecto de la radio. Aunque algo le recomendaba irse preparando para lo peor. Es que con Jordan todo había sido bastante extraño, por decir lo menos.

¿Diez años? Poco más. Empezaba el otoño del 83 cuando Fernando, que tiempo después acabó casándose con su hija, se lo había presentado como “un viejo amigo del barrio, venido a menos, que sabe de animales y necesita pega”, recordó. Eran los tiempos del crash y había mucho desempleo. Él tampoco estaba bien –fue entonces, con la caída del peso y la catástrofe de los créditos en dólares, cuando vio cómo Mladic le arrebataba delante de sus narices la mitad de la antigua estancia de su padre–, de modo que no le vino mal alguien que estuviera dispuesto a irse al puesto más lejano por lo poco que podía pagarle. Fernando acababa de ser ascendido a capitán de bandada en esa época, después de pasar una larga temporada en la zona, adonde lo habían trasladado desde el norte al estallar la guerra de las "Falklands" –como se la llamó en aquel tiempo, y como seguía llamándosela ahora, al menos entre los estancieros de ascendencia europea, británica en particular–. Jordan era un tipo hosco pero fuerte, “y leal”, agregó Fernando. Lo había tenido de mecánico en la base aérea, pero “es más un hombre de la pampa que un hombre del taller, pruébelo en Escarpada”, concluyó.

Con Jordan no había tenido problemas, era cierto, si bien nunca lo había vuelto a ver, o al menos no más de un par de veces los primeros años, cuando él mismo dirigía el traslado de sus ovejas. Luego se hizo cargo Rodríguez, el capataz, y éste le comentaba que el puestero era callado y distante, en apariencia presumido, lo cual irritaba un poco a la gente. Pero era correcto, hacía bien su trabajo, y en la convivencia de los cruces a veces reía con los demás. Luego se despedía como si fuera hasta el día siguiente, a pesar de que no lo verían sino cuatro o cinco meses después. El contacto se mantenía por radio, todos los martes, y así había sido siempre hasta comienzos de ese noviembre.

“Los años pasan igual para todos”, meditó Stockli, pensando más bien en él y su familia que en Jordan, a quien le echaba unos cuarenta. Pero su Eva ya estaba en los treinta y le había dado sólo dos nietas, de siete y tres a la fecha, en tanto a él le costaba disimular la ansiedad por un varón. Sin hijos hombres, un nieto se le hacía casi indispensable para heredarle la estancia, con todos sus problemas, sí, pero también con todo su patrimonio y su potencial. A pesar de no tener nada que objetarle a su yerno, la idea de una sucesión de hombres con apenas un cuarto de sangre Stockli se le hacía insoportable. Por fortuna, Fernando también quería un hijo –aunque fuera para que lo acompañara a volar, o incluso para que se hiciera aviador como él, en fin–, y eso animaba a Stockli. Pero la brillante carrera de su yerno lo había llevado de un lugar a otro, y Eva quería más estabilidad antes de hacer otro crío. Sin embargo, parecía que ahora, después de cuatro años en la misión de Londres, se quedarían un buen tiempo en Magallanes; así lo afirmaba Fernando. Stockli tenía su propia impresión de que ello ocurriría: cada vez que surgían tensiones con Argentina, Fernando era trasladado a la zona. Y Laguna del Desierto y Campo de Hielos Sur se habían instalado en la agenda de ambos países.



ERA UNA NOCHE cerrada, sin luna, sin estrellas que pudieran atravesar los cirros sobre todo Otway, Riesco, Skyring. “Lo peor es lo mejor”, murmuró Fernando, citando el lema de su primer comando, mientras apagaba el motor del Zodiac y sacaba el remo para acomodar su llegada a la isla. Nadie lo había sentido marchar y estaba lo suficientemente mar adentro cuando encendió el potente Yamaha para cruzar hacia Escarpada, hora y algo sobre aguas siempre nerviosas que lo esperarían igual a su regreso. Sólo Wieman había seguido atentamente la lenta aproximación del ruido en la oscuridad, y lo aguardaba ahora en la orilla para arrastrar juntos la embarcación a tierra.

—Patria —saludó al bajarse, asumiendo que su autoridad se impondría al mal gusto de recordar la contraseña de hacía tantos años.

—Huevón —le respondió Wieman.

Wieman estaba irritado, muy irritado, confirmó Fernando. Pero de no haber sido así, no estaría él desembarcando allí esa noche. Trató de calmarlo:

—Vamos a conversar, así que ponte de buenas mejor, Jordan.

—No me digas Jordan, díme mi nombre. Y yo ya no quiero conversar más. Quiero irme, quiero volver; esto se acabó. ¡No doy más! Son muchos años —su voz se precipitaba en la noche—, a veces me olvido de cuántos son y tengo que esperar a que se le salga a alguien por la radio para ubicarme. . .

Lo interrumpieron los perros, que desde la oscuridad estallaron súbitamente en caótica algarabía. Wieman lanzó un silbido largo seguido de dos cortos y los animales callaron, tan rápidamente como habían empezado. Fernando aprovechó la tregua, aunque sin lograr mucho más:

—¿Quieres un trago? Me traje una botella de Juanito Caminante para tomarla juntos, y otra para dejártela acá.

—Yo me voy contigo, huevón. Pasa el trago, pero la otra la dejas en el Zodiac nomás.

—Oye, sentémonos un rato en tu choza y conversemos, ¿ya? Vamos a solucionar tu problema, pero olvídate de volver esta noche conmigo. Las cosas hay que hacerlas bien, y todavía quedan personas a las que tenemos que convencer de que ya puedes salir. No es tan fácil.

—Eso ya me lo dijiste hace dos semanas cuando te llamé. Suponía que habías conversado con la gente.

—Para empezar, nunca debiste llamar por esa frecuencia. Quedó la escoba en la base y lo único que hiciste fue complicar las cosas. O sea, pensaron que te habías vuelto loco y que lo mejor era abandonarte a tu suerte acá. Yo tuve que calmarlos y obtener permiso para venir a verte. Aquí estoy, pero o te pones tranquilo o me voy.

Wieman sorbió su trago y devolvió la botella. Luego encendió su linterna y echó a andar hacia su puesto, cuesta arriba, por un sendero plagado de latas y basura que Fernando apenas veía, tropezando y maldiciendo.

—¿No recoges tu basura? Esto es una mierda, y apesta.

—¿Y qué te importa? ¿Y qué me importa? Aquí no llega nadie, menos el comandante, y por ti no pensaba hacer ninguna limpieza. ¿Querías que te preparara toda una recepción acaso? Prende tu linterna si se te han puesto tan delicados los pies.

Fernando calló. El comandante ya no existía, había muerto tres años atrás, pero Wieman seguía actuando como si todo fuera ayer, por más que no lo supiera. Encendió su linterna; tendría que cambiar de táctica, adaptarse a la lógica tornadiza de su ex-agente.



STOCKLI DIO MEDIA vuelta hacia babor para alejar su mirada de las tierras de Mladic y dirigirla en cambio a las distantes estribaciones de Isla Riesco, acariciando las tenazas de las Puntas Rocallosas y ascendiendo después la imponente cresta del Cerro León, que se elevaba casi un kilómetro por encima del nivel de las aguas de su Seno tan querido. ¡Cuánto amaba aquel paisaje y esa naturaleza que, también, cuánto había cobrado de él! La misma dureza, la de la geografía, que por tantos años reprodujo en sus óleos y pasteles, había terminado por imponerla en su vida, en sus actos, desde el momento en que su padre murió y tuvo que olvidarse de pintarla para siempre. Sin embargo ahora notaba, con secreto entusiasmo, que se estaban abriendo ciertas brechas en su rigor, y por ello se animaba a creer que su sensibilidad finalmente no se había perdido, que no era la vulnerabilidad de un disfraz mal traído sino la recuperación de su fuerza interior lo que venía produciendo los cambios.

El batir seco y sincrónico, elegante y enmudecedor de un trío de cisnes de cuello negro se impuso por unos instantes sobre el ronroneo vulgar y majadero del cúter. La distancia de tierra y la imposibilidad de apurar la travesía o de seguir especulando sobre lo que encontraría al llegar a Isla Escarpada, le permitieron a Stockli relajar su disciplina. No hacía diez días que se había hecho a ese mar también, con su nieta Constanze y con Fernando, para probar el flamante Zodiac que éste había traído de la base cuando vino a pasar unos días con Eva y las niñas. Por largo rato se sustrajo esa tarde a sus severas conductas de tierra, entregándose a los sentidos y las emociones. Desde las aguas azul petróleo le enseñó a su nieta mayor lo que desde tierra apenas le señalaba: a distinguir los cormoranes reales de los cormoranes de las rocas, a saber que la skúa en el aire era un ave agresiva, a conocer que los pilpilenes pechiblancos allá en la orilla tenían unos parientes negros en el norte, y que los enormes patos quetru, grises y de pico naranja, eran los más grandes de Chile. “¡Allí hay otro!”, había exclamado la niña poco después, al ver una gaviota antártica, “¡pero es más flaco!”

Aquella vez el tiempo había estado cambiante, como solía ocurrir, y Stockli empezó a preocuparse de lo alejados que estaban de la costa cuando las nubes que llegaban del Estrecho cubrieron el Cerro Castillo en la distancia. Pero Fernando insistió en seguir. “Avancemos para distinguir Escarpada en el horizonte, por lo menos”, pidió sin esperar respuesta, maniobrando osadamente el Zodiac, hasta que la tensión en el rostro de su hija y las advertencias de su suegro lo hicieron desistir. Fue entonces cuando a Constanze se le cayó su bufanda escocesa al agua y se hundió bajo la embarcación para no reaparecer, por más vueltas que dieron. El viento arreciaba desde el oeste y las nubes avanzaban sobre el Seno desintegrando la luz de la tarde, de modo que, en medio de los sollozos de la niña, terminaron por volver.

—El tiempo está magnífico. Podremos quedarnos al menos tres horas —lo interrumpió en sus pensamientos el patrón del cúter, cuando Escarpada quedó a la legua.



—A TI TE SALVAMOS la vida, eso parece que lo olvidas —dijo Fernando una vez que se acomodaron en las sillas—. Y el trato fue que desaparecieras. Por eso estás aquí y por eso debes permanecer aquí.

Wieman se mantuvo callado, en actitud calmada en apariencia, pero sus ojos denotaban la tensión –y la ira. Bebió un corto sorbo del vaso y miró de reojo la tetera recién puesta al fuego.

—Sabemos —continuó Fernando—, sabemos que esto es muy difícil y que cada año que pasa es aún peor, pero también debes entender que allá las cosas siguen parecidas, que tú sigues siendo el sargento Wieman y que te siguen buscando, argentinos y chilenos.

—E ingleses —añadió Wieman con sorna. Pero calló de nuevo para que su antiguo superior siguiera.

—E ingleses, aunque sea para guardar las apariencias —aceptó Fernando, confirmando que la situación había empeorado, por más que pretendiera obviarlo—. La familia de Garrido no ha dejado de insistir en buscarte, e incluso hace un par de años tuvimos que intervenir cuando le pidieron a Carabineros que chequeara la identidad de los puesteros permanentes que no bajan, como tú. Por suerte encontraron a ese asaltante, dado por muerto al cruzar a nado el Fitzroy. Hallarlo los dejó tranquilos y terminaron la búsqueda.

—Valiente el tipo —comentó Wieman.

—Sí, se lanzó a caballo desde Riesco y sólo apareció el animal congelado. Pero lo que te quiero decir es que hemos hecho todo lo posible para protegerte, y lo seguimos haciendo porque para ti el peligro no ha pasado.

—¿Ni va pasar nunca? ¿Y qué ocurre si me entrego? No se puede decir ahora, después de todos estos años, que fue un acto de guerra, que fue por la "Patria"?

—Nadie lo pensaría así, menos en los tiempos que corren, en que están cuestionando todos los actos "por la Patria" realizados durante el régimen militar. Todos los meses aparece un nuevo caso de desaparecidos, acá y en Argentina, y los demócratas sacan sus dividendos exponiéndolos al público. Además, se están firmando acuerdos entre Chile y Argentina a cada rato, estamos comprándoles sus centrales eléctricas y regalándoles territorios a cambio, y todos felices. Nadie levantaría un dedo por ti, y el teniente Garrido se ha convertido en un héroe involuntario de la Guerra de las Malvinas, por más patético que sea su caso.

—Era un cobarde, un traidor.

—Sí, pero eso sólo lo sabíamos tú y yo, y el comandante. Y por si no te enteraste, Santelices falleció.

—¿Qué? ¿Se murió el comandante? ¿Cuándo?

—El 90. Se estrelló en el mar, frente a Lennox. Nunca lo encontraron.

—¡Cresta! ¡Y por qué no me lo dijiste! ¡Él era mi amigo, huevón!

—Yo también soy tu amigo, huevón. Pero estaba en Santiago cuando ocurrió, no tenía cómo avisarte. Tampoco tenía por qué. Sólo podemos comunicarnos en emergencia extrema, lo sabes, y las defunciones de los amigos no cuentan.

—O sea que si te mueres tú, no sé más de nadie. . .

—Ése fue el acuerdo, Wieman, con el comandante y conmigo. Es la única manera de protegerte, ¿vas a entenderlo?

—¿Vas a entender tú que así no se puede vivir? ¿Te parece poco diez años corriéndome la paja en este páramo, rodeado de ovejas culeadas que ni me atrevo a afilarme como los chilotas? ¿Y todo por matar al huevón que nos iba a entregar a los tres? Mira, cuando me dices que me han estado protegiendo la vida, no dejo de pensar que yo también se la salvé a ustedes esa mañana, a ti y al comandante, cuando Garrido tomó su pistola. Los tres nos salvamos de que los argentinos descubrieran la base. ¡La "Patria" se salvó de que Garrido nos entregara! ¡Y la cuenta la vengo pagando yo solito!

—Tú lo degollaste. Tú fuiste el asesino. Tú fuiste el traidor. Así quedó escrito en la historia. Por lo tanto, tú debes pagar. Pero nosotros te hemos protegido. Más no nos puedes pedir. Si te asomas, no duras un día. Eres un cadáver de permiso. Entiéndelo. Acéptalo. Y saca la tetera del fuego, que ya no le debe quedar agua.



ASCENDIÓ POR LA ladera, ágil como nadie, para recorrer la aguzada cresta que daba su nombre a Escarpada y ver si había algo abajo, en los roqueríos, antes de ordenar al cúter que girara alrededor de la isla. Los graznidos de las bandurrias lo acompañaron un buen rato, a medida que salían irritadas de sus nidos en los riscos, interrumpido su tranquilo empollar de primavera, y ahora sólo sentía de rato en rato el canto metálico de alguna de ellas que lo sobrevolaba, vigilando con impotencia su proximidad a los huevos abandonados. Hasta donde pudo llegar, hasta el gran peñón que se elevaba incólume y accesible sólo al vuelo de las águilas y los cóndores, no distinguió nada en el fondo oscuro de grandes rocas marrones y arena negra. Ningún bulto, ningún cuerpo.

Tampoco esperaba encontrar nada. Su pensamiento había volado con rapidez, y por más que no quisiera admitir todavía ninguna de las hipótesis temerarias que se atropellaban en su razón, el desaliento se imponía sobre su buena fe. Los hombres que lo acompañaban se habían repartido por el medio centenar de hectáreas de pampa y los distinguió desde la altura, seguidos por los perros ahora sin amo. El médico, menos avezado, acompañaba al capataz, en tanto el capitán y los otros dos buscaban cada cual por su lado. Jordan no estaba; no lo encontrarían. Se había marchado, era lo primero que se podía pensar y –ciertamente– lo que él informaría a quien se lo preguntara. Abandonó el puesto, con el apoyo de algún amigo cómplice, aburrido de la soledad. No, no tendría ninguna denuncia que interponer, pues no se había llevado nada: salvo media docena de ovejas que habían caído por el peso de su lana o se habían atascado, terminando primero sin ojos y luego muertas por los caranchos, del resto no faltaba ninguna; por su parte, los perros y el equipo estaban completos y en la caseta no había nada que echar de menos que no fuera un par de cosas personales del puestero. Estaban la radio e incluso la escopeta, y que se hubiera llevado el gran corvo Wilkinson no era algo por lo que fuera a alegar.

Al converger en la orilla ordenó al capitán hacer el giro de rigor; que embarcaran todos y lo recogieran al volver, mientras él terminaba de revisar por tierra la isla que conocía mejor que nadie.

SE SENTÓ SOBRE un tambor volcado apenas el cúter dio la vuelta a la punta oriente; despejó con los pies la basura que se acumulaba en la arena oscura, y siguió con la vista hasta el lugar donde aún se distinguían las huellas del arrastre de un bote plano, perfiladas por el característico trazo de la quilla obtusa de un Zodiac mediano. Las latas semienterradas pudieron rasgar las mangas laterales y quizás hundirlo, pensó, pero el Zodiac de Fernando permanecía en la estancia desde que éste se marchó, llamado a ejercicios de urgencia –como dijo– la tarde siguiente al paseo con su nieta. No, no podía dejar volar su fantasía en esa dirección. ¿O sí? Porque, precisando los hechos, al retirar el bote de la playa un par de días después del paseo, éste había aparecido a cien metros de donde lo dejaron aquella tarde encapotada.

Fernando pertenecía a inteligencia y Stockli lo sabía, por supuesto, pero aunque tuviera que partir repentinamente como aquel día, y desapareciera entonces por tiempo indefinido –incluso dos meses, una vez–, siempre se trataba, a decir de él mismo, de juegos de guerra sin más sentido que prevenir algunas eventualidades, por cierto muy improbables en el actual momento que vivían Chile y Argentina. Al mitigar sus aprensiones, Stockli podía conjeturar que Fernando aspiraba a quedarse en Magallanes, e incluso Eva había insinuado el posible retiro de su marido, junto con sondear la factibilidad de incorporarlo al negocio de la estancia. Con esos planes, y transcurridos ya tantos años desde la llegada de Jordan a Escarpada, mal veía Stockli a su yerno ayudando a abandonar subrepticiamente su puesto a un antiguo subalterno, por quien, por lo demás, rara vez preguntaba.

A no ser que éste no fuera Jordan sino Wieman, aquel comando acusado de degollar a un teniente a mediados del 82 y al que se dio por perdido en la frontera, llegándose incluso a conjeturar que había sido un espía argentino. Stockli nunca había pensado en ello hasta que la búsqueda iniciada por Carabineros un par de años atrás lo llevó a considerar la hipótesis un momento. Imposible, se dijo aquella vez, pues Jordan había llegado abiertamente a la estancia, acompañado de Fernando y del superior de éste, el comandante Santelices, trágicamente fallecido años después.

Imposible entonces, se repitió esta vez.



WIEMAN SE LEVANTÓ y de una patada envió su silla a un rincón. Desplazó la tetera de la hornilla y abrió ésta con un grueso alambre, para echar leña adentro. Luego fue por las tazas, el café y el azúcar, refunfuñando:

—Nunca supe en verdad lo que pasó esa noche. Era joven y estaba muy nervioso, tanto como Garrido quizás. Pero él quería entregar a los ingleses, y eso era traición, ¿no es cierto?

—Los argentinos no podían saber de nuestra base en Río El Zurdo, eso era todo.

—Sí, pero los ingleses, aparecieron muchos…

—En ataúdes.

—No, aparte de los muertos del helicóptero; de repente pensé que había muchos ingleses para cargar a esos muertos. Nunca entendí de dónde salieron tantos, eran como cuatro por ataúd.

—Oye, estaba oscuro. Era sólo una patrulla que iba y volvía por los muertos.

—Ya, huevón, déjame con mis dudas; yo veo en la oscuridad, puedo contar ovejas de noche sin repetirme, y a ti te vi ahora apenas diste vuelta a Isla Juan, en noche cerrada. Además, tú estabas en el lado de la frontera con Santelices y el jefe inglés; Garrido y yo estábamos en medio de la operación.

—Ése fue el error… Garrido se puso histérico por lo mismo que tú te estás imaginando ahora.

—Es que parecía eso. Demasiados ingleses para descargar un helicóptero en emergencia con veinte ataúdes… ¿De dónde llegaron?

—Del lado argentino, pues, ¿de dónde si no? Y pásame la taza antes que se enfríe el café. ¿Te echo un trago?

—Ya. Es que eran muchos.

—Era una patrulla que fue en apoyo de su helicóptero en emergencia, nada más. Lo primero que hicieron fue descargarlo. Después, cuando arreglaron el desperfecto, lo cargaron de nuevo y se fueron. Sólo que todo esto ocurría en territorio chileno, y por más que fuera una operación humanitaria, nadie lo habría entendido así, y les habríamos revelado la base del Zurdo a los argentinos. Eso es todo y no le des más vueltas. Recoge ahora tu silla si aún está buena y veamos cómo podemos mejorar tu estancia acá, hasta que llegue el momento en que puedas salir con una chapa. Voy a ver con mi suegro lo de traerte una mujer más seguido. Y una tele a color, buena… ¿anda todavía esa IRT? A eso he venido, a arreglar las cosas, no a poner en duda lo que siempre ha estado claro. Bien claro.


"REPETIR HASTA AGOTAR el discernimiento. Reafirmar las pistas favorables y desacreditar o mofarse de las adversas hasta instalar el discurso programado, haciendo del recelo un desatino con visos de traición. Volver a repetirlo todo en cada oportunidad posible, aprovechando las fisuras de la duda para completar la infiltración de la verdad preestablecida, acabando por ahogar la imaginación. Lavar el cerebro…"

Se sabía el pasaje del manual de memoria, y con nadie lo había aplicado mejor que con Wieman. Al menos, éste nunca sospechó de los cohetes en los ataúdes; sólo de la compañía británica destacada en territorio chileno. Pero, ¿cuántas veces más podría calmarlo? Wieman estaba despertando, o enloqueciendo, que para el caso era lo mismo. Por lo demás, ¿cómo podría seguir aislándolo si hasta su propio suegro quería repartirles a sus puesteros nuevas radios de frecuencia universal? Y, peor aún, ¿cómo iba a manejar esta relación con su ex-agente, basada en el silencio y la distancia, y a la vez instalarse ahí, en la orilla del frente, a tomar el control de la estancia y desarrollar –¿por fin?– los negocios pacientemente enhebrados con argentinos e ingleses en sus largos años de doble agente? “Ya nos hicimos cargo de Santelices; Wieman es problema tuyo”, le había dicho su nuevo contacto en Río Gallegos. “Y más bien te apurás, que en democracia no hay guerras. Pronto esta oficina será la sede regional de turismo de la "Patagonia unida", o la cámara local argentino-chilena de comercio…”.

Era cierto, pronto ya nadie lo podría respaldar. Y pronto también despuntaría la mañana, en esos días de apenas seis horas de oscuridad. Llevaría adelante entonces la segunda opción: se dejaría convencer por Wieman. Había llegado el momento de sacarlo de Escarpada, de sacarlo del camino.



EL LARGO SOL de la tarde había iniciado su amplio descenso desde su cénit sobre la Cordillera Riesco, y a sus pies el Seno Skyring brillaba pleno de escamas titilantes, dando vida a esa quietud única que Stockli jamás se había atrevido a pintar, admirándola con humildad como otra de las tantas fronteras que el Creador establecía para su gloria infinita. En la distancia, sobre la bahía, una docena de cisnes flotaba con sus siluetas recortadas contra aquel mar de plata, mientras desde el norte una bandada de flamencos retornaba tardía de su migración boreal. Se levantó, siguiéndolos con la vista en su vuelo sobre Isla Marta, ansioso por retener la sobrecogedora escena pronta a ser vulnerada por el impertinente cúter que asomaba ya, completando el último tramo de su vuelta alrededor de Escarpada. Tenía aún media hora antes de que llegaran, por lo que ascendió con paso calmo hasta las rocas desde donde podría devolver la mirada hacia su lejana estancia y el confín oriental del Seno. La luz rasante empezaba a teñir el cielo de turquesa, precediendo la sucesiva gama de cerúleos y cobaltos que culminarían con el ocaso, largas horas después. Desplazó la vista sobre el ondular dorado de las vastas pampas, jalonadas de tanto en tanto por el verde oscuro de montes y matorrales, y conluyó su recorrido en el profundo azul de las aguas, cuya densidad emulaba los cielos de la noche.

Guardó silencio; calló por dentro para escuchar. Sí, esta escena, este paisaje nítido ante sus ojos podía ser pintado sin ofender a Dios, se oyó decir entonces, y creyó percibir en ello la señal de proceder, tantos años esperada.

Descendió ágilmente el promontorio cuando las voces de su gente se hicieron perceptibles por encima del ronroneo del cúter. Saltó primero entre las empinadas rocas para bajar luego a través del largo tramo de pasto duro, antes de llegar a la basura y cruzar las huellas de un bote que, definitivamente, no podía ser el Zodiac de Fernando. En su huida Jordan contó con otro cómplice, eso estaba claro, de modo que apenas reapareciera su yerno le ofrecería la administración de la estancia y así él volvería, esta vez para siempre, a su pintura. Renovado su entusiasmo, avanzó con insólito brío por la arena sucia hasta que se le interpuso, semienterrada por el peso de una quilla y deshilachada por las filosidades de un motor fuera de borda, la bufanda escocesa de la pequeña Constanze.

c. 2002

LAS RUINAS


a Buhi

EL CAMIÓN DELANTE nuestro llevaba gente, al fondo; no se veía bien pero sí, estaban sentados en el suelo, de tanto en tanto se distinguían sus manos unidas sobre la cabeza, asomaban entre las rodillas de los soldados de las IDF –las Israel Defense Forces–, quienes hablaban a intervalos, en frases cortas, y, parecía, lanzaban también puntapies o rodillazos a sus prisioneros palestinos, cuando alguno se resbalaba o los golpeaba por el bamboleo del camión. El viejo Mercedes Benz que nos hacía de taxi, negro y grandote, se mantuvo un buen rato detrás del camión, hasta que uno de los IDF le hizo un gesto enérgico a Majid para que lo adelantara. Él y Abdel venían comentando la escena en árabe, taciturnos, y si Abdel no me tradujo lo que se decían debe haber sido porque esta vez no tenía de qué reírse. Unos kilómetros atrás, todavía dentro del área urbana de Jerusalén, en la desolada siderot Eshkol, un anciano se nos había cruzado imprevistamente y Majid tuvo que hacer un viraje brusco para no atropellarlo. Abdel le lanzó entonces al chofer una frase seguida de una pregunta y estalló en risas. “Le he dicho que su frenada nos dejó despeinados, y si acaso le parece bien despeinarnos por no atropellar a un viejo judío”, me tradujo a continuación, y volvió a lanzar su carcajada.

Con Abdel habíamos coincidido temprano esa misma mañana en el lobby del Hotel Shalom, cuando él se acercó al mesón donde el único empleado a la vista trataba de responder mis consultas por un rent-a-car que estuviera abierto a esa hora o que, por último, fuera a abrir durante el día. Era domingo y pude confirmar la estricta observancia religiosa de judíos y cristianos, pues, por esas particulares coincidencias que suelen ocurrir, los judíos estaban en plena festividad del Sukkot y los cristianos, como digo, en domingo, en tanto los musulmanes se adecuaban según su fortuna, descansando los adinerados y los demás obligados a lo mismo salvo que pudieran ocuparse en las siempre escasas tareas indispensables que los judíos se veían en la necesidad de cederles ese día. De modo que el palestino del mesón, que apenas entendía inglés, marcaba los teléfonos que encontraba en una guía y a continuación me miraba con cara de creciente desaliento, hasta colgar y empezar con el siguiente número. Abdel esperó unos minutos y después se animó a preguntarme, aparentemente dispuesto a ayudar con el idioma, pero cuando le expliqué mi necesidad me confirmó lo que el recepcionista o conserje o asistente de conserje no se animaba a decirme, ya fuera por su precario inglés o por temor a defraudar a un pasajero y perder el empleo: que ese día prácticamente todo Israel permanecería parado.

—Y yo que quería aprovechar de visitar Qumrán —le conté, decepcionado. Y continué—: Vengo de Milán y mañana llega mi mujer de Sudamérica, para recorrer juntos el país. Quería aprovechar hoy para ver esas ruinas, porque nuestro tour no pasa por ellas.

—¿Y de las ruinas pensaba regresar a Jerusalén? —me preguntó Abdel.

—No, voy a Tel Aviv, desde allá parte el tour. Por eso además necesito el auto, para ir a Qumrán, recorrer un poco, y llegar con calma a Tel Aviv.

—Si es así, busquemos uno juntos —me propuso, con lo que lo miré sorprendido—. Yo consigo un auto aquí, con el conserje, un taxi, porque otra cosa no va ser posible, y me voy con usted a ver esas ruinas; después usted me acompaña muy cerca, a Jericó, donde debo pasar por un encargo, y nos volvemos juntos hasta Tel Aviv. Allá voy yo también. ¿Le parece? —y, estirando la mano, se presentó—: Abdel Salmoud, palestino. Vivo en Hamburgo.

—Martín Peñafiel, chileno. Y de acuerdo —le respondí, si bien con cierta cara de resignación, como que mi idea original había sido andar solo.

Sin cambiar su sonrisa, Abdel se dirigió al conserje, en árabe, y le preguntó por un taxi. Pero éste volvió a complicarse con el pedido –no había, tampoco–, hasta que, finalmente, se le ocurrió una última opción: su primo Majid. “Siempre y cuando pueda conseguirse el auto de su tío”, me tradujo Abdel. Luego de un par de llamadas hasta dar con el primo, de esperar a que éste llamara de vuelta con el auto disponible, y de la negociación del precio –hecha entre palestinos–, el asunto resultó.

—¿Y su equipaje? —me preguntó Abdel, cuando salió a encontrarme cargado con el suyo.

—Sólo llevo este bolso. Lo demás está en Ben Gurión, en custodia —le expliqué—. Mañana lo retiro al buscar a mi esposa.

Y luego agregué, tratando de ser amable:

—Habla muy bien el inglés. ¿A qué se dedica usted?

—Negocios. Vendo aviones… civiles —me contestó—. ¿Y usted?

—Yo soy arquitecto… —empecé a responderle.

—Ah, sí, por eso quiere ver las ruinas —me interrumpió y rió. Pero entonces llegó Majid en el Mercedes de su tío, y no pude explayarme más.

LA CARRETERA HACIA el Mar Muerto, la continuación de la ruta 1 que viene de Tel Aviv a Jerusalén y sigue hasta Amán cruzando el río Jordán en su llegada al Mar Muerto, es un camino desolado, un camino que baja hundiéndose en el desierto pedregoso y nada se ve sino el negro del asfalto serpenteando entre los amarillos, grises sucios y óxidos de las colinas. Treinta kilómetros después la carretera llega hasta el plano, a cuatrocientos metros bajo el nivel del mar, donde el paisaje se abre y el sol se posesiona de toda su extensión, concentrándose hacia el sur en el espejo enceguecedor de la sal y las aguas del Mar Muerto. Aunque no eran aún las diez y estábamos ya a finales de septiembre, el aire nos quemaba los ojos sin misericordia mientras buscábamos algún letrero trilingüe que sugiriera Qumrán, para ascender el centenar de metros que nos aliviaría algo del calor. En la sofocación recordé haber leído que el aire de la Patagonia, un viento helado y tenaz, se instala sólido y omnipresente sobre las pampas, tanto como aquí se nos imponía, como un bloque ardiente, el aire inmóvil del Desierto de Judea.

Cuando por fin llegamos a la altura donde se levantó el monasterio, nuestro único objetivo fue alcanzar la torre romana, con su sombra y su respaldo para sentarnos a descansar. En esta vasta explanada irregular, salvo la torre ninguna pared se levanta más de metro y medio. ¿Por qué elegir entonces Qumrán? Hasta yo me lo preguntaba. Pero el comentario de Abdel me lo había aclarado: yo era arquitecto, qué mejor motivo. Así, pude asomarme solo al interior de la torre, tomándome el tiempo necesario para encontrar lo que buscaba. Después, en el recorrido por las ruinas, traté de aceptar las risas de Abdel con humor, sus gestos grandilocuentes ridiculizando cada elevación temblorosa que sugería un muro, cada depresión que señalaba una poza, mofándose de ellas por más que estuviéramos en el centro emblemático de los baños de purificación. No quedaba mucho, era cierto, mil novecientos veintiséis años después de su destrucción por los romanos; y lo que había se conservaba sólo gracias al cuidado de los arqueólogos, pues historiadores y teólogos aún no daban abasto con los manuscritos encontrados en las cuevas que las rodean. Qumrán de los esenios: ¿venía de allí Juan el bautista? ¿Quizás también Jesús? “He aquí las normas que seguirán los hombres perfectos en santidad, cada uno con su prójimo…” ¿Para qué recordar esto ahora? “¿Es que el hombre es dueño de su conducta?”

Bajamos por el camino de tierra, incrementando una docena de grados el calor al llegar de nuevo al nivel de la ruta 90, y por ella apuramos hacia el norte, para cruzar la carretera a Amán y continuar a Jericó, a cumplir el compromiso de Abdel. Entramos finalmente a este oasis milenario y rodamos lentamente por sus calles empolvadas, siguiendo las instrucciones que revisaba Abdel en un papelito. Hasta que, por último, le indicó a Majid que se detuviera. Quedamos junto a un largo muro de piedra blanca cortada en bloques, tras el cual asomaban hojas de palmas. Abdel bajó del Mercedes y se devolvió hacia la puerta que precedía al muro, mientras nosotros nos dispusimos a esperarlo. Teníamos al frente una casa cerrada y a su lado otra recién quemada, cuyo chamuscado muro, también de piedra blanca, resguardaba impertérrito un huerto de bananos. Cuando ya habían transcurrido diez minutos desde que Abdel nos dejara, Majid giró hacia mí, sin decir nada, sin hablar inglés, pero me ofreció a cambio una sonrisa inquieta. Era el más joven de nosotros, grande y macizo, con un discreto bigote de actor de cine de los años cincuenta. Levantó entonces la vista y vio, aunque sin mucho alivio, que Abdel volvía, descendiendo del auto para abrirle el portaequipajes. No vi lo que echaron atrás, pero tampoco me pareció que fuera muy pesado. Hicieron un viaje más y luego Abdel entró al coche con un cartucho de papel que acercó hacia mí, ofreciéndome un dátil.

—¿Los ha probado?

—Sí, alguna vez —le respondí, tomando uno—. Gracias.

Seguimos por otras calles siempre desiertas, buscando de nuevo la carretera, hasta que avistamos una cuadra más adelante a una patrulla de las IDF. Noté de inmediato la tensión de mis compañeros. Abdel le hizo un gesto a Majid, quien frenó el auto suavemente y lo detuvo a un lado. Algo se dijeron en árabe, en tanto esperábamos a que la patrulla se distanciara. Unos minutos después volvimos a partir, doblamos por la primera esquina hacia el oeste, y llegamos finalmente a la ruta 90, siguiéndola hasta empalmar con la carretera a Jerusalén.

El ascenso de regreso fue más lento, pero el calor demoró aún más tiempo en quedar atrás. Cuando orillamos Jerusalén todavía persistía, lo noté al atravesarse aquel viejo judío; la agitación y la risa de Abdel desplazaron un vaho caliente a pesar de que íbamos con todas las ventanas abiertas.

PERO EL PAISAJE sí había cambiado. Terminada la curva que esconde la ciudad, tras dejar a nuestras espaldas sus colinas recamadas de construcciones de piedra blanca –la inmutable piedra blanca de toda Judea–, nos internábamos ahora en el territorio ondulante de verdes agrícolas y forestales que nos acompañaría los próximos cuarenta kilómetros, hasta las inmediaciones de Lod. Habíamos pasado recién el camión con los detenidos palestinos, y Abdel necesitaba hablar. Escasamente veríamos otro vehículo bajo este sol cenital de mediodía, ni nada que no fueran bosques o cultivos en lomas o terraplenes, de modo que me preparé para la retahíla de preguntas que vendría en la siguiente media hora.

—¿Lo molestaron mucho al llegar?

—No más de lo normal: motivo de viaje, por qué no vine junto con mi mujer, qué había ido a hacer a Roma, y a Milán; en fin, lo que me habían advertido en la agencia de viajes. ¿Y a usted?

—A mí estos idiotas me revisaron todo, me desnudaron incluso, me dejaron cerca de una hora esperando antes de dejarme pasar. Pienso que incluso chequearon la compañía en Hamburgo, ¡pero encontraron a alguien, por suerte!

—No lo vi ayer, en el hotel —inquirí.

—Estuve sentado en el bar, al mediodía, después del mal rato en el aeropuerto. Conversando con la chica que lo atiende, ¿la ha visto? Es muy simpática, y también de Sudamérica, como usted, creo que de Ecuador. Me mostró algo increíble, que usted debería conocer; yo sabía que estas cosas sucedían, pero nunca lo había visto…

—¿Qué sería?

—Bueno, un judío observante, de los que se llaman «hassidim», esos de las ridículas trencitas y el traje negro.

—¿En el bar?

—¡Sí, en el bar! ¡Y un sábado! Pero con un pequeño, un hijo o sobrino, qué sé yo. Él no bebía nada, pero el chico tenía una cocacola. Y aquí viene lo bueno: el judío le hace una seña a la joven del bar, una seña muy discreta, como pidiéndole la cuenta. Entonces ella me dice que preste atención, y se acerca a su mesa, ¡y le mete la mano al bolsillo de la chaqueta! Sin que él se inmute para nada, la chica saca el dinero, se queda con el valor de la bebida y devuelve el resto al bolsillo. Luego regresa al bar. ¿Se da cuenta? ¡Estos judíos pagan, pero sin tocar el dinero, y sin hacer ningún esfuerzo, por su maldito Shabbath!

—¡Caramba! —le dije, expresando mi asombro, cuando terminó de hablar. Pero al parecer lo hice sin demasiado entusiasmo, porque se dirigió a Majid y le relató la misma historia en árabe. Al finalizar, éste también rió discretamente, afirmando con la cabeza, como que el cuento le era más que conocido. O quizás se estaba hartando del antisemitismo majadero de Abdel, aunque nuevamente creí percibir más bien su temor, el que había asomado en Jericó. Abdel guardó silencio por unos pocos kilómetros, para volver al tema inicial:

—Y usted, ¿cuándo llegó?

—Llegué más tarde, como a las cinco recién—afirmé.

—Ah, bueno; yo salí como a las cuatro, a ver un cliente, y regresé cuando ya estaba oscuro. Por eso no nos vimos.

—¿Tiene muchos clientes por aquí?

—Nunca los suficientes, pero con éste puede salir un buen negocio. Lo veré de nuevo hoy en Tel Aviv.

—¿Y ayer lo vio en Jerusalén?

—Sí, es que fuimos a conocer sus campos, cerca de Jericó.

Puse cara de entender menos aún.

—A ver, yo vendo aviones fumigadores, ¿bien? Y se los vendo a paisanos míos, a palestinos, por eso me contratan en Alemania, porque soy de familia palestina, somos inmigrantes allá. Y este nuevo cliente, que parece que tiene dinero y vive en Jaffa, al lado de Tel Aviv, me citó primero en Jerusalén para llevarme a sus campos en Jericó, a que viera la altura de las colinas, los tendidos eléctricos, el largo de los plantíos, etcétera. ¿Me entiende ahora? Y además me dejó un mensaje anoche, pidiéndome que volviera esta mañana a Jericó y pasara por la casa de una amistad a buscar unas cajas que ayer se olvidó de retirar. Fue así como me encontré temprano con usted, y siendo que ambos necesitábamos un coche y para ir muy cerca los dos, pues Alá nos hizo coincidir y aquí estamos… —terminó riendo.

—¿Y todo bien con el encargo? —me animé a preguntarle.

—Sí, todo bien, tenían todo listo.

—Pero Majid se asustó con los soldados… —le dije en voz baja.

—Ah, sí, pero entonces le expliqué que las cajas tenían muestras de conservas.

—¿Conservas?

—Bueno, no sé qué contienen, no son mías esas dos cajas —contestó, algo irritado—. El caso es que lo dejé más tranquilo.

Intentó reír de nuevo, pero devolvió la vista al camino. ¿Sabría o no sabría en verdad? Su historia a mí no me dejaba tan tranquilo. Y ahora volvía con otra pregunta, más agresivo:

—¿Le preocupa la situación en este país? ¿Le da miedo? Es primera vez que viene a Israel, ¿no?

ENTRAMOS A TEL AVIV cerca de las dos, a la hora y en el día en que menos almas circulan por sus calles. A medida que avanzábamos hacia el centro, que nos acercábamos al momento en que me bajaría y no volvería a verlos más, la tensión aumentaba en mí. No tenía por qué temer, todo había resultado bien, finalmente, y ahora sólo quedaba despedirme, descender y perderme, pero no me sentía tan relajado como las circunstancias lo permitían. Un gesto, un tono, una mirada que no calzaba con mi ficticio guión, y la aprensión se desataba; una palabra que no entendía, una calle equivocada, y… en fin. Pero siempre me ocurría lo mismo –¿a quién no?–, y después terminaba sintiéndome ridículo por tanta paranoia.

Pasamos el Terminal de Buses y tomamos Allenby, bajando en dirección al mar. Les había pedido que entraran por Hayarkon y me dejaran en la esquina de Mendel, pues, según mi plano, allí quedaba la Oficina de Información Turística.

—Supongo que estará abierta —agregué, ahora que cruzábamos King George.

—Seguramente. Es la zona de los hoteles —afirmó Abdel—. ¿Cuál es el suyo?

—Eh, el Basel. También está en Hayarkon, ¿no?

—Sí, un par de cuadras más arriba, más al norte. Cerca de la embajada de Australia. Hay muchas embajadas en la avenida Hayarkon, además; están las principales.

—¿Ah, sí? No sabía. ¿Cuáles otras?

—Bueno, me parece que la de Canadá, la británica, la suiza…

Majid le habló entonces, señalando que estábamos entrando a la rehov Hayarkon.

—¡Mire, y aquí viene la embajada de los malditos yanquis! Ésta es, véala. ¡Un país comprado por los judíos!

—¿Y la embajada argentina, no sabe dónde…?

—¿La embajada argentina? No, no sé si está en esta calle; pero usted es de Chile, ¿no?

Sonreí, y le pasé los cien dólares que correspondían a mi parte del viaje. También empezó a despedirse, buscó su tarjeta sin encontrarla y yo me disculpé por no tener tampoco una mía a mano. Hasta que Majid se detuvo y les dije adiós a ambos. Y bajé.

—¡Cuídese de que no abusen de usted estos judíos usurpadores! —alcanzó a recomendarme Abdel por la ventanilla, mientras el auto reanudaba su marcha por la calle vacía.

Debían seguir dos cuadras más antes de poder salir a la derecha para encontrar Ben Yehuda y devolverse hacia Jaffa. Pero a mí sólo me interesaba que avanzaran cien metros, hasta la altura del Ramada Continental, para cubrirme en la esquina de la rehov Mendel, accionar el transmisor recogido en Qumrán, y que las dos cajas en el portaequipaje del Mercedes volaran un buen pedazo del edificio en el 112 de Hayarkon.

Querían preocupar a alguien. Mis mandantes querían enviar una señal clara por lo confusa al gobierno argentino para que respondiera por sus muertos. Esta vez no le causarían ninguno, salvo que algún infeliz hubiera ido a trabajar a la embajada precisamente ese domingo a las dos de la tarde, pero eso era poco probable. Con respecto a Majid y Abdel, dos palestinos menos que a nadie le hacían falta, alcanzarían la gloria entre los que creyeran que habían muerto por su causa. Porque a una buena parte de la gente no le iba a caber la menor duda de que detrás de este atentado estaba el Hamas, y eso servía. Y a otra buena parte de la gente no le iba a caber la menor duda de que detrás de este atentado estaba el Mossad, y eso también servía.

A mí, finalmente, quizás me habría gustado ser chileno y arquitecto, y tener una esposa que llegara al día siguiente. Pero sabía árabe y hebreo, además de inglés y castellano, y un poco de ruso, alemán y francés, y sabía de armas y explosivos, y tenía buen estado físico, y era independiente de principios. Así que resultaba más útil en otras cosas.

ME ACERQUÉ A los curiosos, que empezaban a converger. Dos chicas de las IDF trataban de contenerlos, intentando establecer un perímetro. Otro llamaba por su radio, observando los ventanales quebrados del Ramada, donde seguramente habría unos cuantos heridos. La carga había sido poderosa. El Mercedes estaba boca abajo, muy aplastado, en llamas. La embajada estaba en ruinas.

c. 1999

EL PUENTE


U N O

EL NIÑO PERCIBIÓ el murmullo a lo lejos, venía del norte. No se trataba de nada fuera de lo común; el paso de vehículos era escaso pero habitual en la Isla, aun cuando fuera un miércoles a comienzos de agosto, aun cuando fuera casi la medianoche. Pero su instinto lo hizo prestar atención especial a ese automóvil grande que ahora disminuía la velocidad al acercarse al desvío de la carretera. “Viene”, pensó, “viene para acá”, y se puso nervioso, lo cual lo sorprendió. Sus largos años le habían enseñado lo suficiente como para que, a esas alturas, la proximidad de un auto le fuera a erizar los pelos desde las orejas hasta la punta de la cola. Peor, entonces, fue oír su propio gemido al recogerse tras el seto, huyendo de la luz del poste cuando la enorme sombra pasó por delante dando tumbos en la bajada de tierra, resbalosa por las lluvias de ayer y esta mañana. Iba sin luces, con el motor apagado, y frenó al llegar al portón de acceso a las casas de la laguna.

El Niño reaccionó. Se enderezó, paró las orejas y aguzó los sentidos. La casa próxima a la orilla era la de sus amigos. Hacía tres semanas que no venían pero, aun así, en invierno solían llegar los viernes y, por lo demás, ése tampoco era su coche. Alguien se había bajado y abría las dos hojas de madera para que el vehículo se deslizara adentro con el último impulso del declive. Lo dejaron estacionado entre unos arbustos inmediatos, invisible a primera vista. Los tipos eran tres, estimó el Niño por las puertas que se abrieron y cerraron, y avanzaban ahora hacia la casa. Echó las orejas para atrás y partió cortando por el jardín del frente, rodeó los arbustos del camino interior y alcanzó a esconderse entre las plantas cercanas a la puerta antes de que los intrusos dieran la vuelta con sus linternas bajas. Volvía a sentirse en dominio de sí mismo, atento y ágil como en sus mejores tiempos, y su jadeo corto, así como el roce de su cuerpo contra la vegetación, sabía bien que pocos podrían distinguirlos del croar de las ranas o del lejano romper de las olas contra la playa.

LOS VISITANTES SE desplegaron, yendo uno hacia la puerta y los otros dos por fuera hacia las alas. La casa, de albañilería económica, era blanca y de un piso, con forma de ele, dos o tres cuartos por lado y al centro el estar, identificable desde el ángulo exterior por la chimenea, más una galería, en el ángulo interior, donde se encontraba la puerta. No tenía pasado el cerrojo y eso sorprendió al que la abría: le bastó introducir la tarjeta y empujar. “Demasiado confiados”, pensó, y por un instante dudó si sería ése el lugar. Pero las dudas no cabían –le habían enseñado– una vez recibida una orden. “Total”, se dijo, “el problema no va ser mío, sino de la Central”. Una cortina se entreabría hacia la playa, y la cerró. La primera ojeada a los muebles del pequeño ambiente de living y comedor le sugirió que no había dónde esconder nada. Las vigas y el entramado a la vista sostenían –era evidente– el techo y nada más. “Y mal”, concluyó, al ver el charco de agua frente a la chimenea. Se agachó y la iluminó por dentro. Tampoco se insinuaba nada, pero había sentido blando al pisar. Habría que levantar algunas tablas sueltas y revisar, también, los ladrillos refractarios. Sin embargo, persistía en él esa sensación de estar perdiendo el tiempo. ¿Existiría la intuición? Sus dos allanamientos más sonados los intuyó desde un comienzo, y los lugares se veían aun más inocentes que éste, recordó. Pero perdía más el tiempo dudando. Pasó a la cocina; era pequeña. Recorrió los pocos muebles, abrió las portezuelas inferiores: botellas pegajosas, parafina, cera; un balón de gas de reserva; otras botellas, dos de vino, una de whisky –“ideal para este frío”, pero no había que tomar nada–. El refrigerador estaba funcionando, vibraba intermitentemente. Su luz lo encandiló al abrirlo; tampoco se permitió tomar el pisco. “Buena idea mantenerlo helado”, opinó sin embargo, resignado.

Descorrió la cortina y alumbró a sus subalternos, que conversaban afuera. Se acercaron y abrió la ventana.

—¿Qué hacen? —preguntó, molesto.

—Creímos que era un pozo, pero son restos de construcción, algunos pedazos quemados —respondió uno.

—Era la punta de la chimenea; la hicieron de nuevo —les explicó, cortante—. Y ahora entren.

Por fuera la casa tenía hoyos de ratones, le contaron, de ésos para la ventilación, a ras del suelo.

—Hay que revisar las tablas —respondió—, y ver si aparece algo que no sea un ratón. Martínez, trae los fierros y el detector. Y tú, mira esa pieza y el baño, serán de la empleada. Yo voy a ver el otro lado. En la cocina no hay nada.

EL NIÑO CONTENÍA a duras penas su jadeo, que iba en aumento. La noche helaba y él llevaba un buen rato echado, inmóvil, pero su excitación crecía y contrarrestaba el frío, que había olvidado. Apenas tuvo tiempo de hundirse en su matorral cuando un tipo alumbró la chimenea rota. Luego llegó el otro y empezó el acoso de las luces. Hasta que la linterna desde la casa los mandó cambiar, por fin. Aguardó igual un rato más, y así no lo sorprendió el que salió hacia el auto y regresó cargado. Ahora las luces se agitaban adentro, recorrían las habitaciones. Mejor levantarse e ir a ver.

Rodeó por fuera el dormitorio de sus amigos y llegó hasta la ventana baja, la de las cortinas cortas. Por ahí los atisbaba cuando se acostaban, antes de irse él mismo a dormir a casa de sus amos, al pie del poste. Como en aquellas ocasiones, ahora el intruso que revisaba el cuarto había dejado abierta la puerta del closet, de modo que al Niño sólo le quedaba media visión del interior. Lo oyó abrir los cajones de la cómoda, con dificultad, y cerrarlos después a patadas. Pudo reconocerlo cuando fue hacia la cama; era el mismo fulano que entró primero en la casa. Pero ahora éste lo había reconocido a él y se le venía encima. Dio un respingo hacia atrás y ahogó un gruñido, listo para lo que fuera: saltarle o correr. El tipo sólo se había acercado a cerrar el closet, y el Niño sintió de nuevo vergüenza de sus miedos. Lo siguió por fuera a lo largo del baño y la habitación de huéspedes, hasta la sala de estar. Allí las cortinas le impedían ver adentro y se remitió a escuchar. Golpes opacos en el suelo, de pronto uno con eco; crujir de tablas levantadas y vueltas a poner con cuidado, y, todo el tiempo, como trasfondo, el zumbido apagado de una máquina. El líder hablaba ahora, pero dirigiéndose a una cuarta voz, distante y sin matices, ahogada en ruidos.

Le sobrevino el cansancio. Tenía once años y el invierno venía duro; no más que siempre, quizás, pero a él se le hacía cada año peor. Sus amigos no habían frecuentado la Isla, de modo que no tenía cómo compensar la escasa comida que sus amos, pobres, apenas le podían dar. Los demás perros, por otra parte, lo mantenían cercado en ese breve territorio, impidiéndole buscar alimento más allá del desvío de la carretera y la orilla norte de la laguna sin arriesgar pelea. Sintió el escozor eléctrico que le producía mover la cola, partida en el último encuentro. ¿O fue en el penúltimo? Sí, seguramente, porque la nariz aún le dolía, y ése había sido el Rucio, perro joven y bravucón, al arrebatarle una gallina cuando estaba a punto de trasponer el cerco, no más de una semana atrás. Se devolvió a los arbustos junto a la chimenea rota, frente a la puerta, a esperar hasta que se fueran. Serían cerca de las cinco cuando partieron, no supo la hora. Cabeceaba y las linternas lo hicieron saltar, una vez más. Cuando el ruido del motor se extinguió finalmente en la distancia, el Niño se había dormido ya, allí mismo, junto a los escombros.


D O S

—LEÑA, AMIGO. Para usted, será leña para la chimenea —había respondido Manuel cuando Jorge le preguntó qué contenían los bultos que le dejarían al anochecer, hasta el día siguiente. Quizás no debió preguntar, pero tampoco tenía por qué sentirse incómodo por haberlo hecho. Manuel era quien se había excedido con esa petición, con su telefonazo de madrugada –bueno, eran las siete y algo–, como para que él fuera a preocuparse por una formalidad. Su incomodidad, sin embargo, persistía, de modo que acabó por admitir que no podría eludirla achacándole toda la responsabilidad a Manuel, pues a fin de cuentas él había terminado por aceptar lo que le había pedido.

Rita leía a su lado. Hacía unos diez minutos que el último semáforo había quedado atrás y enfilaban ahora por el tramo amplio de la carretera, camino a Isla Negra. Pasadas las tensiones del tráfico de la periferia, Rita aprovechaba los únicos treinta kilómetros de doble pista de todo el trayecto y la media hora de luz que restaba para avanzar con su novela. “De hecho, no pensé en ella”, se dijo Jorge, hundido cada vez más en su mala conciencia. Pero tampoco habría podido decirle, de buenas a primeras, que partía solo a la Isla, hasta mañana a alguna hora. Por lo demás, Manuel le había sugerido –si ésa era la palabra– que organizara un asado para el día siguiente, ojalá con los Asenjo, sus amigos de allá, quienes naturalmente se extrañarían si no lo veían con su mujer.

—Tiene que llegar temprano, amigo, porque esta noche a las ocho le llevarán el pedido. Usted los recibe y hace que se lo dejen bien guardado en el baño de servicio, el que da afuera —había precisado Manuel, sorprendiéndolo con su recuerdo tan fiel de la casa a partir de una lejana visita, años atrás—. Y mañana, como a eso de las dos, justo antes de que lleguen sus invitados, le retiran la leña. Simple, ¿verdad?

“No tanto”, quiso responderle, pero la comunicación se cortó. Había sentido ruido de calle y lo oyó echar monedas tras los pitidos de los primeros tres minutos. Si fuera tan simple, ¿por qué lo llamaba a esa hora y desde un teléfono público? Pero estaba claro: se trataba de una emergencia. Manuel tenía un problema y, a pesar del tremendo respeto que siempre se habían guardado en los aspectos más personales –ideas y militancias; sexo y parejas–, lo había involucrado sin el menor reparo. Y él había aceptado a su vez, prácticamente sin chistar, de modo que en lugar de seguir rezongando por unos detalles, lo mejor que podía hacer era valorar la solidez de la amistad que los unía.


T R E S

ECHADO ENTRE DOS montículos de arena tamizada, el Niño observaba distraído el deambular de un chorlito que seguía el curso del agua hasta su salida al mar. El sol estaba por ponerse y le dio en los ojos. Devolvió la vista hacia el interior y la posó en el puente, reflejado en la amplia laguna que formaba el estero antes de enfilar a su angosta desembocadura. A media distancia, hacia el sur, los dos areneros, los viejos, estaban por llegar a su choza de siempre. Por delante de ellos, subiendo la huella que seguía hasta el camino, los otros dos, los jóvenes, empujaban sus carretillas hacia la cabaña que ocupaban desde que llegaron, una semana antes. Eso extrañó al Niño, pues las carretillas siempre quedaban abajo, con los viejos. Ya la llegada de los dos jóvenes había sido inesperada, pues solía ser entrada la primavera cuando los areneros tomaban ayudantes. Y éstos alojaban con ellos, no en una de las cabañas de veaneo de arriba.

Le pareció ver que circulaban alrededor, sin entrar; no habían encendido luz alguna y estaba oscureciendo. Decidió subir. Atravesó el arenal ahora grisáceo, rodeando la laguna, hasta aproximarse a la mejora de abajo. No solía acercarse mucho, para evitar los chillidos histéricos de los dos perros chicos que acompañaban a los viejos. Sin embargo, esta vez no apareció ninguno. Tentó al diablo y cruzó al patio de atrás. La primera gallina cacareó, luego las otras, pero no asomaron los perros. A los viejos los sentía moverse adentro y, al aguzar el oído, creyó percibir también el juego de los quiltros. “Nunca los dejan pasar”, pensó. “A ningún perro en ninguna casa. Sólo mis amigos me permiten que entre, a veces, y me instale junto a la chimenea.” Algo estaba por ocurrir, sin lugar a dudas. No demoró más y buscó la huella para trotar hacia arriba, en dirección a la cabaña.

La primera carretilla salió del arbusto y cruzó ante él, a un par de metros. Estaba al descubierto, pero no sucedió nada. La claridad era mínima y por la carretera, a medio centenar de metros de la cabaña, no pasó ningún vehículo que lo iluminara. La segunda carretilla iba detrás y ambos jóvenes bajaban ligero en pos de la sombra del puente, antes de que aparecieran los faros de algún camión. Los bultos que acarreaban les llevaban el paso; parecían arrastrados por las carretillas más que empujándolas ellos, y así pronto llegaron al abrigo de los pilares para continuar descendiendo a la carrera hasta la orilla de la laguna. Por fin se detuvieron, jadeando, y se sentaron a descansar. Unos metros más atrás, el Niño también se recostó, junto a una de las enormes bases del puente.

Habrían transcurrido cinco minutos, interrumpidos de tanto en tanto por el aparatoso paso de algún vehículo sobre sus cabezas, cuando apareció uno de los viejos bordeando la orilla. Traía gruesos plásticos plegados y cuerdas bajo el brazo, y un traje de goma en la otra mano. Se pusieron a trabajar de inmediato, empaquetando el contenido suelto de las carretillas en cuatro bultos alargados, de volumen semejante, y envolviendo las dos cajas. Uno de los jóvenes se apartó en un momento dado, procediendo a cambiar su ropa por el traje de buzo. Estaban por terminar cuando el Niño sintió aproximarse el ligero chapoteo del segundo viejo, quien llegó a los pocos instantes, con el agua hasta las rodillas, tirando la balsa de los nietos. La habían construido con el otro para que los niños orillaran la laguna durante las vacaciones.

Sin intercambiar un gesto siquiera, apenas varó la balsa echó a andar de regreso hacia la casucha, a secarse. Pero no había avanzado mucho cuando la escena se iluminó, de lado a lado, como barrida por un reflector. Lanzando un gruñido feroz, el Niño saltó de su escondite y cruzó entre bultos y personas, tomando velocidad para acortar la vuelta al amplio círculo de la laguna y alcanzar pronto la ribera norte, donde los faros del automóvil de sus amigos enfilaban ahora hacia la casa.
—¡Perro de mierda…! —masculló tiritando el viejo que se devolvía, cuando la sombra veloz pasó a su lado.

—YA. ¡OTRA VEZ entraron a robar! ¡Otra vez! —gritó Jorge.

Para Rita, cuyo desaliento por esa nueva incursión también era enorme, los gritos de su marido resultaban, sin embargo, excesivos.

—Mira: ¡si hasta levantan las tablas del piso, como si tuviéramos qué sé yo qué tesoro escondido! —continuó él, señalando el sector de la chimenea.

Sí, Jorge, por lo general indiferente y más bien irónico ante los avatares de la vida, daba rienda suelta a tensiones acumuladas que ella desconocía, pero que venía percibiendo desde la mañana, cuando se le ocurrió organizar este precipitado viaje a la Isla.

—Es terrible —le respondió, mientras se dirigía a la cocina a dejar el canasto con alimentos—. Pero parece que no se llevaron nada. ¿Por qué no vemos, mejor?

—Pero, ¿es que importa acaso si se llevaron algo? ¿No te parece suficiente que se metan aquí como Pedro por su casa? Y yo que no dejo nada con llave —agregó, desolado—, ¿voy a tener que cambiar mi forma de ser, mis costumbres?

—Está bien; por favor, cálmate. Hasta ahora siempre hemos tenido suerte: la última vez sólo pudieron sacar las cosas afuera, y no perdimos nada. Anda, veamos si falta algo en la pieza, ¿bueno? Trae la maleta.

Al pasar ante la puerta oyeron un gruñido, y luego un ladrido lastimero.

—¡El Niño! —exclamó Rita, deteniéndose para abrir.

—¡Claro! —la increpó Jorge—. Tu famoso perro: ¡para qué tenemos un perro! ¡De qué sirve un perro si ya son dos veces que se nos meten en lo que va del invierno!

Rita reaccionó, finalmente, indignada. Quizás era un grito lo que necesitaba su marido:

—¡Mira, huevón, cómo sabes tú si no fue el Niño quien los espantó la última vez, y si no lo hizo de nuevo ahora! ¿Ah? ¡Anda mejor al fondo y revisa si falta una sábana o tu piyama, que nada más se pudieron robar, y si está todo, antes de volver acá te echas agua fría a la cara y te calmas de una vez!

Giró hacia la puerta y abrió, mientras el taconeo furioso de Jorge se perdía por el pasillo. El Niño se le abalanzó lloriqueando, batiendo el suelo con su gran cola partida, en tanto ella le acariciaba la frente, el cuello, los flancos, y le decía lo mucho que también lo había extrañado. Lo acompañó después hacia afuera, minutos más tarde, cuando sintió que Jorge terminaba de guardar la ropa y hacer la cama, y lo hizo acostarse junto a la puerta, indicándole que se estuviera quieto y esperara a que le trajera algo rico de comer. Cuando entró, Jorge trató de sonreírle. Ella lo hizo de vuelta; le tomó una mano y se la apretó con cariño, diciéndole que iba a preparar alguna cosa. Él le respondió por su parte que saldría a ver afuera, y al abrir el mueble donde guardaba la linterna confirmó:

—Es cierto; no se llevaron nada. Ahora vuelvo.

Saludó al Niño, sin mostrarse muy efusivo. Éste también se mantuvo discreto, mas no dejó de seguirlo, unos pasos atrás, en su vuelta alrededor de la casa. Fue así como ambos sintieron el ruido que llegó desde la laguna, tras los pinos. Jorge dejó que el Niño ladrara, pero lo retuvo por el collar, al tiempo que apuntaba la luz en dirección de los pasos que se acercaban.

—¿Quién anda? —se animó a preguntar.

—La leña —fue la respuesta sorpresiva, o más bien indeseada—. La leña de Manuel.

Al aparecer los dos jóvenes con la primera caja, el Niño se soltó de la mano de Jorge y se lanzó a morderlos. Ellos se quedaron inmóviles, sin atinar a hacer nada, pero ya Jorge había tomado una piedra y se la tiraba al animal.

—¡Córrete, perro! ¿No ves que los conozco? ¡Largo! —le gritó, logrando que se alejara.

Los jóvenes, aliviados, pudieron seguir hacia la casa precedidos por Jorge. Atrás, junto a la armadía aún cargada con los fusiles y la otra caja de municiones, el viejo que estaba con ellos descansaba a la espera. Había dado la vuelta a pie llevando la bolsa con las cosas de los muchachos, y una vez terminada la descarga se devolvería en la balsa. “Ojalá se apuren”, anheló, “antes de que vuelva ese perro”. Pero, ciertamente, lo que más lo urgía era regresar al otro lado antes de que volvieran los agentes.

CUANDO ALCANZÓ LA CARRETERA, tras trepar con dificultad entre los arbustos de esa ruta que hacía tanto no utilizaba, el Niño se detuvo a descansar y a considerar los hechos. No le era fácil relacionar aquella sucesión de acontecimientos inéditos –incluido el maltrato de Jorge–, que se habían precipitado en menos de veinticuatro horas. Algo estaba sucediendo, efectivamente, algo que él no acababa de comprender y que –peor– parecía traer todavía más sorpresas por delante. Husmeó los restos de basura que algún automovilista había tirado a la berma e imaginó las lonjas de tocino o el pan con leche que Rita le tendría allá abajo. Habría que esperar por ahora, eso estaba claro. La onda de aire de un camión lo empujó al pasar, poniéndolo más atento. ¿O era su sexto sentido? Así lo tuvo que admitir, porque pronto el ronroneo de un vehículo conocido se anunció desde el norte, aunque esta vez su velocidad no disminuyó al llegar al desvío sino que aumentó, superada la última curva. Sí, era el auto, el mismo que había bajado a la casa de sus amigos la noche anterior y que ahora seguía de largo, enfilando hacia el puente.

Salió del matorral una vez que hubo pasado y se asomó a ver cómo las luces rojas se perdían en la distancia. Sin embargo, éstas intensificaron su brillo apenas el vehículo llegó al lado sur del puente, donde giró bruscamente a la derecha para dirigirse a las cabañas de veraneo.


“CAGAMOS”, SE DIJO EL LÍDER, al ver el interior vacío, con claras evidencias de haber sido abandonado recientemente. “De nuevo quedamos como imbéciles, por culpa de los huevones de la Central”. Lo irritaba la inoperancia de los nuevos cuadros: “Nunca va a ser como antes, como en los tiempos de la Dirección”, agregó con rabia. Le habían dado los datos cambiados; así de simple: sur en vez de norte. “La casa justo antes de cruzar el puente”, le dijeron, pero suponiendo que él llegaría desde San Antonio –santiaguinos típicos– y no desde Casablanca, donde tenía su base hacía dos años ya. Insistieron majaderamente en que allí estaban las armas –era una información "viva", le decían–, y a él tampoco se le ocurrió hacer el cambio de eje. Sólo en la tarde, pasadas las siete, la Central cayó en cuenta de su confusión. Y el resultado lo tenía a la vista: una cabaña bostezándole su interior abandonado. “Si es que las armas existieron alguna vez”, quiso concluir; pero le quedaba claro que allí sí podían haber estado, y no en la casa al otro lado del puente.

—Jefe… —uno de sus subalternos lo llamó desde el exterior—. Hay huellas que bajan.

—Ajá; vamos a la mejora que se veía en la orilla —respondió con desgano, saliendo.

—No, mire: las huellas más profundas van hacia el puente —le aclaró. Luego señaló un punto a pocos metros—: Quisieron borrarlas alrededor de la cabaña, pero más abajo vuelven a aparecer.

Una esperanza, aunque remota, lo animó por un instante. Algo debía haber bajo ese puente; incluso las armas podían estar ahí, escondidas en la huida que necesariamente habría precipitado su incursión de anoche. Indicó al chofer que vigilara desde arriba mientras él bajaba con el otro. Señaló a éste los arbustos que se dispersaban hacia la casucha para que los bordeara, y se dirigió hacia el puente para descender a su sombra. Extrajo su arma, pero mantuvo la linterna apagada. Acababa de entrar en el vértice oscuro cuando percibió un movimiento sobre su cabeza. Levantó la vista, helado, tragándose el grito ante las fauces centelleantes y los ojos rojizos que se cerraban ahora, a punto de dar el salto. Disparó; la masa erizada giró en el aire y desapareció de su horizonte, sin más ruido que el eco del tiro. Ambos subalternos se aproximaron corriendo en tanto él prendía su linterna.

—¡Era un perro, mierda, y se me fue el tiro! —trató de justificarse ante los dos—. Veamos si hay algo bajo este maldito puente y nos vamos de una vez.
Nerviosos, temiendo que alguien hubiera oído el disparo y se animara a dar aviso al retén, los tres apuraron la inspección. El animal no estaba, no lo vieron. Tampoco había nada que indicara el escondite de armas bajo el puente. Pero al final, al llegar a la orilla, descubrieron las huellas de varias personas, de arrastre de objetos pesados, y las dos carretillas.
—Por aquí trabajan areneros —dudó uno—; puede ser cualquier cosa.
—Sí… —titubeó el líder. Trataba de enfriar su mente también, de no especular más sobre un operativo fracasado. Alumbró los grandes pilares en el agua, haciendo saltar la luz de uno al otro hasta llegar al último, al otro lado, junto a la casa del allanamiento inútil de la víspera. Algo se movió entonces. El débil haz de su linterna descubrió un movimiento furtivo tras la vegetación de la orilla del frente. Y había una balsa varada allá, también, a cien metros de agua de donde estaban ellos.

Corrieron cuesta arriba hacia el auto, sin decirse nada, sin jadear tampoco, urgido su maltrecho honor por agotar esta última posibilidad. El chofer dio marcha atrás, asomando la cabeza para no entramparse en la tierra; luego cambió a primera y, patinando, enfiló hacia la carretera para tomar el puente. El giro fue brusco; apenas pudo enderezar el vehículo cuando ingresó a la recta y puso segunda. Pero no venía nadie en contra, por fortuna, y el zigzagueo de sus faros disminuyó a medida que aceleraba en pos de las primeras barandas blancas.

Fue al cambiar a tercera cuando la mole negra entró por su ventana, embadurnándole la cara con sangre espesa y vísceras sueltas. El golpe lo cegó y le sobrevino una arcada, al tiempo que el auto iniciaba la amplia voltereta que terminaría estrellándolos a todos contra el limo y las rocas, quince metros más abajo. Sin embargo, el horror para Martínez fue otro. Fue sentir los estertores desesperados de su jefe con el animal destrozándole la garganta, mientras cruzaban el aire y la noche en ese vuelo interminable.

c. 1990