sábado, 29 de noviembre de 2008
EL PUENTE
U N O
EL NIÑO PERCIBIÓ el murmullo a lo lejos, venía del norte. No se trataba de nada fuera de lo común; el paso de vehículos era escaso pero habitual en la Isla, aun cuando fuera un miércoles a comienzos de agosto, aun cuando fuera casi la medianoche. Pero su instinto lo hizo prestar atención especial a ese automóvil grande que ahora disminuía la velocidad al acercarse al desvío de la carretera. “Viene”, pensó, “viene para acá”, y se puso nervioso, lo cual lo sorprendió. Sus largos años le habían enseñado lo suficiente como para que, a esas alturas, la proximidad de un auto le fuera a erizar los pelos desde las orejas hasta la punta de la cola. Peor, entonces, fue oír su propio gemido al recogerse tras el seto, huyendo de la luz del poste cuando la enorme sombra pasó por delante dando tumbos en la bajada de tierra, resbalosa por las lluvias de ayer y esta mañana. Iba sin luces, con el motor apagado, y frenó al llegar al portón de acceso a las casas de la laguna.
El Niño reaccionó. Se enderezó, paró las orejas y aguzó los sentidos. La casa próxima a la orilla era la de sus amigos. Hacía tres semanas que no venían pero, aun así, en invierno solían llegar los viernes y, por lo demás, ése tampoco era su coche. Alguien se había bajado y abría las dos hojas de madera para que el vehículo se deslizara adentro con el último impulso del declive. Lo dejaron estacionado entre unos arbustos inmediatos, invisible a primera vista. Los tipos eran tres, estimó el Niño por las puertas que se abrieron y cerraron, y avanzaban ahora hacia la casa. Echó las orejas para atrás y partió cortando por el jardín del frente, rodeó los arbustos del camino interior y alcanzó a esconderse entre las plantas cercanas a la puerta antes de que los intrusos dieran la vuelta con sus linternas bajas. Volvía a sentirse en dominio de sí mismo, atento y ágil como en sus mejores tiempos, y su jadeo corto, así como el roce de su cuerpo contra la vegetación, sabía bien que pocos podrían distinguirlos del croar de las ranas o del lejano romper de las olas contra la playa.
LOS VISITANTES SE desplegaron, yendo uno hacia la puerta y los otros dos por fuera hacia las alas. La casa, de albañilería económica, era blanca y de un piso, con forma de ele, dos o tres cuartos por lado y al centro el estar, identificable desde el ángulo exterior por la chimenea, más una galería, en el ángulo interior, donde se encontraba la puerta. No tenía pasado el cerrojo y eso sorprendió al que la abría: le bastó introducir la tarjeta y empujar. “Demasiado confiados”, pensó, y por un instante dudó si sería ése el lugar. Pero las dudas no cabían –le habían enseñado– una vez recibida una orden. “Total”, se dijo, “el problema no va ser mío, sino de la Central”. Una cortina se entreabría hacia la playa, y la cerró. La primera ojeada a los muebles del pequeño ambiente de living y comedor le sugirió que no había dónde esconder nada. Las vigas y el entramado a la vista sostenían –era evidente– el techo y nada más. “Y mal”, concluyó, al ver el charco de agua frente a la chimenea. Se agachó y la iluminó por dentro. Tampoco se insinuaba nada, pero había sentido blando al pisar. Habría que levantar algunas tablas sueltas y revisar, también, los ladrillos refractarios. Sin embargo, persistía en él esa sensación de estar perdiendo el tiempo. ¿Existiría la intuición? Sus dos allanamientos más sonados los intuyó desde un comienzo, y los lugares se veían aun más inocentes que éste, recordó. Pero perdía más el tiempo dudando. Pasó a la cocina; era pequeña. Recorrió los pocos muebles, abrió las portezuelas inferiores: botellas pegajosas, parafina, cera; un balón de gas de reserva; otras botellas, dos de vino, una de whisky –“ideal para este frío”, pero no había que tomar nada–. El refrigerador estaba funcionando, vibraba intermitentemente. Su luz lo encandiló al abrirlo; tampoco se permitió tomar el pisco. “Buena idea mantenerlo helado”, opinó sin embargo, resignado.
Descorrió la cortina y alumbró a sus subalternos, que conversaban afuera. Se acercaron y abrió la ventana.
—¿Qué hacen? —preguntó, molesto.
—Creímos que era un pozo, pero son restos de construcción, algunos pedazos quemados —respondió uno.
—Era la punta de la chimenea; la hicieron de nuevo —les explicó, cortante—. Y ahora entren.
Por fuera la casa tenía hoyos de ratones, le contaron, de ésos para la ventilación, a ras del suelo.
—Hay que revisar las tablas —respondió—, y ver si aparece algo que no sea un ratón. Martínez, trae los fierros y el detector. Y tú, mira esa pieza y el baño, serán de la empleada. Yo voy a ver el otro lado. En la cocina no hay nada.
EL NIÑO CONTENÍA a duras penas su jadeo, que iba en aumento. La noche helaba y él llevaba un buen rato echado, inmóvil, pero su excitación crecía y contrarrestaba el frío, que había olvidado. Apenas tuvo tiempo de hundirse en su matorral cuando un tipo alumbró la chimenea rota. Luego llegó el otro y empezó el acoso de las luces. Hasta que la linterna desde la casa los mandó cambiar, por fin. Aguardó igual un rato más, y así no lo sorprendió el que salió hacia el auto y regresó cargado. Ahora las luces se agitaban adentro, recorrían las habitaciones. Mejor levantarse e ir a ver.
Rodeó por fuera el dormitorio de sus amigos y llegó hasta la ventana baja, la de las cortinas cortas. Por ahí los atisbaba cuando se acostaban, antes de irse él mismo a dormir a casa de sus amos, al pie del poste. Como en aquellas ocasiones, ahora el intruso que revisaba el cuarto había dejado abierta la puerta del closet, de modo que al Niño sólo le quedaba media visión del interior. Lo oyó abrir los cajones de la cómoda, con dificultad, y cerrarlos después a patadas. Pudo reconocerlo cuando fue hacia la cama; era el mismo fulano que entró primero en la casa. Pero ahora éste lo había reconocido a él y se le venía encima. Dio un respingo hacia atrás y ahogó un gruñido, listo para lo que fuera: saltarle o correr. El tipo sólo se había acercado a cerrar el closet, y el Niño sintió de nuevo vergüenza de sus miedos. Lo siguió por fuera a lo largo del baño y la habitación de huéspedes, hasta la sala de estar. Allí las cortinas le impedían ver adentro y se remitió a escuchar. Golpes opacos en el suelo, de pronto uno con eco; crujir de tablas levantadas y vueltas a poner con cuidado, y, todo el tiempo, como trasfondo, el zumbido apagado de una máquina. El líder hablaba ahora, pero dirigiéndose a una cuarta voz, distante y sin matices, ahogada en ruidos.
Le sobrevino el cansancio. Tenía once años y el invierno venía duro; no más que siempre, quizás, pero a él se le hacía cada año peor. Sus amigos no habían frecuentado la Isla, de modo que no tenía cómo compensar la escasa comida que sus amos, pobres, apenas le podían dar. Los demás perros, por otra parte, lo mantenían cercado en ese breve territorio, impidiéndole buscar alimento más allá del desvío de la carretera y la orilla norte de la laguna sin arriesgar pelea. Sintió el escozor eléctrico que le producía mover la cola, partida en el último encuentro. ¿O fue en el penúltimo? Sí, seguramente, porque la nariz aún le dolía, y ése había sido el Rucio, perro joven y bravucón, al arrebatarle una gallina cuando estaba a punto de trasponer el cerco, no más de una semana atrás. Se devolvió a los arbustos junto a la chimenea rota, frente a la puerta, a esperar hasta que se fueran. Serían cerca de las cinco cuando partieron, no supo la hora. Cabeceaba y las linternas lo hicieron saltar, una vez más. Cuando el ruido del motor se extinguió finalmente en la distancia, el Niño se había dormido ya, allí mismo, junto a los escombros.
D O S
—LEÑA, AMIGO. Para usted, será leña para la chimenea —había respondido Manuel cuando Jorge le preguntó qué contenían los bultos que le dejarían al anochecer, hasta el día siguiente. Quizás no debió preguntar, pero tampoco tenía por qué sentirse incómodo por haberlo hecho. Manuel era quien se había excedido con esa petición, con su telefonazo de madrugada –bueno, eran las siete y algo–, como para que él fuera a preocuparse por una formalidad. Su incomodidad, sin embargo, persistía, de modo que acabó por admitir que no podría eludirla achacándole toda la responsabilidad a Manuel, pues a fin de cuentas él había terminado por aceptar lo que le había pedido.
Rita leía a su lado. Hacía unos diez minutos que el último semáforo había quedado atrás y enfilaban ahora por el tramo amplio de la carretera, camino a Isla Negra. Pasadas las tensiones del tráfico de la periferia, Rita aprovechaba los únicos treinta kilómetros de doble pista de todo el trayecto y la media hora de luz que restaba para avanzar con su novela. “De hecho, no pensé en ella”, se dijo Jorge, hundido cada vez más en su mala conciencia. Pero tampoco habría podido decirle, de buenas a primeras, que partía solo a la Isla, hasta mañana a alguna hora. Por lo demás, Manuel le había sugerido –si ésa era la palabra– que organizara un asado para el día siguiente, ojalá con los Asenjo, sus amigos de allá, quienes naturalmente se extrañarían si no lo veían con su mujer.
—Tiene que llegar temprano, amigo, porque esta noche a las ocho le llevarán el pedido. Usted los recibe y hace que se lo dejen bien guardado en el baño de servicio, el que da afuera —había precisado Manuel, sorprendiéndolo con su recuerdo tan fiel de la casa a partir de una lejana visita, años atrás—. Y mañana, como a eso de las dos, justo antes de que lleguen sus invitados, le retiran la leña. Simple, ¿verdad?
“No tanto”, quiso responderle, pero la comunicación se cortó. Había sentido ruido de calle y lo oyó echar monedas tras los pitidos de los primeros tres minutos. Si fuera tan simple, ¿por qué lo llamaba a esa hora y desde un teléfono público? Pero estaba claro: se trataba de una emergencia. Manuel tenía un problema y, a pesar del tremendo respeto que siempre se habían guardado en los aspectos más personales –ideas y militancias; sexo y parejas–, lo había involucrado sin el menor reparo. Y él había aceptado a su vez, prácticamente sin chistar, de modo que en lugar de seguir rezongando por unos detalles, lo mejor que podía hacer era valorar la solidez de la amistad que los unía.
T R E S
ECHADO ENTRE DOS montículos de arena tamizada, el Niño observaba distraído el deambular de un chorlito que seguía el curso del agua hasta su salida al mar. El sol estaba por ponerse y le dio en los ojos. Devolvió la vista hacia el interior y la posó en el puente, reflejado en la amplia laguna que formaba el estero antes de enfilar a su angosta desembocadura. A media distancia, hacia el sur, los dos areneros, los viejos, estaban por llegar a su choza de siempre. Por delante de ellos, subiendo la huella que seguía hasta el camino, los otros dos, los jóvenes, empujaban sus carretillas hacia la cabaña que ocupaban desde que llegaron, una semana antes. Eso extrañó al Niño, pues las carretillas siempre quedaban abajo, con los viejos. Ya la llegada de los dos jóvenes había sido inesperada, pues solía ser entrada la primavera cuando los areneros tomaban ayudantes. Y éstos alojaban con ellos, no en una de las cabañas de veaneo de arriba.
Le pareció ver que circulaban alrededor, sin entrar; no habían encendido luz alguna y estaba oscureciendo. Decidió subir. Atravesó el arenal ahora grisáceo, rodeando la laguna, hasta aproximarse a la mejora de abajo. No solía acercarse mucho, para evitar los chillidos histéricos de los dos perros chicos que acompañaban a los viejos. Sin embargo, esta vez no apareció ninguno. Tentó al diablo y cruzó al patio de atrás. La primera gallina cacareó, luego las otras, pero no asomaron los perros. A los viejos los sentía moverse adentro y, al aguzar el oído, creyó percibir también el juego de los quiltros. “Nunca los dejan pasar”, pensó. “A ningún perro en ninguna casa. Sólo mis amigos me permiten que entre, a veces, y me instale junto a la chimenea.” Algo estaba por ocurrir, sin lugar a dudas. No demoró más y buscó la huella para trotar hacia arriba, en dirección a la cabaña.
La primera carretilla salió del arbusto y cruzó ante él, a un par de metros. Estaba al descubierto, pero no sucedió nada. La claridad era mínima y por la carretera, a medio centenar de metros de la cabaña, no pasó ningún vehículo que lo iluminara. La segunda carretilla iba detrás y ambos jóvenes bajaban ligero en pos de la sombra del puente, antes de que aparecieran los faros de algún camión. Los bultos que acarreaban les llevaban el paso; parecían arrastrados por las carretillas más que empujándolas ellos, y así pronto llegaron al abrigo de los pilares para continuar descendiendo a la carrera hasta la orilla de la laguna. Por fin se detuvieron, jadeando, y se sentaron a descansar. Unos metros más atrás, el Niño también se recostó, junto a una de las enormes bases del puente.
Habrían transcurrido cinco minutos, interrumpidos de tanto en tanto por el aparatoso paso de algún vehículo sobre sus cabezas, cuando apareció uno de los viejos bordeando la orilla. Traía gruesos plásticos plegados y cuerdas bajo el brazo, y un traje de goma en la otra mano. Se pusieron a trabajar de inmediato, empaquetando el contenido suelto de las carretillas en cuatro bultos alargados, de volumen semejante, y envolviendo las dos cajas. Uno de los jóvenes se apartó en un momento dado, procediendo a cambiar su ropa por el traje de buzo. Estaban por terminar cuando el Niño sintió aproximarse el ligero chapoteo del segundo viejo, quien llegó a los pocos instantes, con el agua hasta las rodillas, tirando la balsa de los nietos. La habían construido con el otro para que los niños orillaran la laguna durante las vacaciones.
Sin intercambiar un gesto siquiera, apenas varó la balsa echó a andar de regreso hacia la casucha, a secarse. Pero no había avanzado mucho cuando la escena se iluminó, de lado a lado, como barrida por un reflector. Lanzando un gruñido feroz, el Niño saltó de su escondite y cruzó entre bultos y personas, tomando velocidad para acortar la vuelta al amplio círculo de la laguna y alcanzar pronto la ribera norte, donde los faros del automóvil de sus amigos enfilaban ahora hacia la casa.
—¡Perro de mierda…! —masculló tiritando el viejo que se devolvía, cuando la sombra veloz pasó a su lado.
—YA. ¡OTRA VEZ entraron a robar! ¡Otra vez! —gritó Jorge.
Para Rita, cuyo desaliento por esa nueva incursión también era enorme, los gritos de su marido resultaban, sin embargo, excesivos.
—Mira: ¡si hasta levantan las tablas del piso, como si tuviéramos qué sé yo qué tesoro escondido! —continuó él, señalando el sector de la chimenea.
Sí, Jorge, por lo general indiferente y más bien irónico ante los avatares de la vida, daba rienda suelta a tensiones acumuladas que ella desconocía, pero que venía percibiendo desde la mañana, cuando se le ocurrió organizar este precipitado viaje a la Isla.
—Es terrible —le respondió, mientras se dirigía a la cocina a dejar el canasto con alimentos—. Pero parece que no se llevaron nada. ¿Por qué no vemos, mejor?
—Pero, ¿es que importa acaso si se llevaron algo? ¿No te parece suficiente que se metan aquí como Pedro por su casa? Y yo que no dejo nada con llave —agregó, desolado—, ¿voy a tener que cambiar mi forma de ser, mis costumbres?
—Está bien; por favor, cálmate. Hasta ahora siempre hemos tenido suerte: la última vez sólo pudieron sacar las cosas afuera, y no perdimos nada. Anda, veamos si falta algo en la pieza, ¿bueno? Trae la maleta.
Al pasar ante la puerta oyeron un gruñido, y luego un ladrido lastimero.
—¡El Niño! —exclamó Rita, deteniéndose para abrir.
—¡Claro! —la increpó Jorge—. Tu famoso perro: ¡para qué tenemos un perro! ¡De qué sirve un perro si ya son dos veces que se nos meten en lo que va del invierno!
Rita reaccionó, finalmente, indignada. Quizás era un grito lo que necesitaba su marido:
—¡Mira, huevón, cómo sabes tú si no fue el Niño quien los espantó la última vez, y si no lo hizo de nuevo ahora! ¿Ah? ¡Anda mejor al fondo y revisa si falta una sábana o tu piyama, que nada más se pudieron robar, y si está todo, antes de volver acá te echas agua fría a la cara y te calmas de una vez!
Giró hacia la puerta y abrió, mientras el taconeo furioso de Jorge se perdía por el pasillo. El Niño se le abalanzó lloriqueando, batiendo el suelo con su gran cola partida, en tanto ella le acariciaba la frente, el cuello, los flancos, y le decía lo mucho que también lo había extrañado. Lo acompañó después hacia afuera, minutos más tarde, cuando sintió que Jorge terminaba de guardar la ropa y hacer la cama, y lo hizo acostarse junto a la puerta, indicándole que se estuviera quieto y esperara a que le trajera algo rico de comer. Cuando entró, Jorge trató de sonreírle. Ella lo hizo de vuelta; le tomó una mano y se la apretó con cariño, diciéndole que iba a preparar alguna cosa. Él le respondió por su parte que saldría a ver afuera, y al abrir el mueble donde guardaba la linterna confirmó:
—Es cierto; no se llevaron nada. Ahora vuelvo.
Saludó al Niño, sin mostrarse muy efusivo. Éste también se mantuvo discreto, mas no dejó de seguirlo, unos pasos atrás, en su vuelta alrededor de la casa. Fue así como ambos sintieron el ruido que llegó desde la laguna, tras los pinos. Jorge dejó que el Niño ladrara, pero lo retuvo por el collar, al tiempo que apuntaba la luz en dirección de los pasos que se acercaban.
—¿Quién anda? —se animó a preguntar.
—La leña —fue la respuesta sorpresiva, o más bien indeseada—. La leña de Manuel.
Al aparecer los dos jóvenes con la primera caja, el Niño se soltó de la mano de Jorge y se lanzó a morderlos. Ellos se quedaron inmóviles, sin atinar a hacer nada, pero ya Jorge había tomado una piedra y se la tiraba al animal.
—¡Córrete, perro! ¿No ves que los conozco? ¡Largo! —le gritó, logrando que se alejara.
Los jóvenes, aliviados, pudieron seguir hacia la casa precedidos por Jorge. Atrás, junto a la armadía aún cargada con los fusiles y la otra caja de municiones, el viejo que estaba con ellos descansaba a la espera. Había dado la vuelta a pie llevando la bolsa con las cosas de los muchachos, y una vez terminada la descarga se devolvería en la balsa. “Ojalá se apuren”, anheló, “antes de que vuelva ese perro”. Pero, ciertamente, lo que más lo urgía era regresar al otro lado antes de que volvieran los agentes.
CUANDO ALCANZÓ LA CARRETERA, tras trepar con dificultad entre los arbustos de esa ruta que hacía tanto no utilizaba, el Niño se detuvo a descansar y a considerar los hechos. No le era fácil relacionar aquella sucesión de acontecimientos inéditos –incluido el maltrato de Jorge–, que se habían precipitado en menos de veinticuatro horas. Algo estaba sucediendo, efectivamente, algo que él no acababa de comprender y que –peor– parecía traer todavía más sorpresas por delante. Husmeó los restos de basura que algún automovilista había tirado a la berma e imaginó las lonjas de tocino o el pan con leche que Rita le tendría allá abajo. Habría que esperar por ahora, eso estaba claro. La onda de aire de un camión lo empujó al pasar, poniéndolo más atento. ¿O era su sexto sentido? Así lo tuvo que admitir, porque pronto el ronroneo de un vehículo conocido se anunció desde el norte, aunque esta vez su velocidad no disminuyó al llegar al desvío sino que aumentó, superada la última curva. Sí, era el auto, el mismo que había bajado a la casa de sus amigos la noche anterior y que ahora seguía de largo, enfilando hacia el puente.
Salió del matorral una vez que hubo pasado y se asomó a ver cómo las luces rojas se perdían en la distancia. Sin embargo, éstas intensificaron su brillo apenas el vehículo llegó al lado sur del puente, donde giró bruscamente a la derecha para dirigirse a las cabañas de veraneo.
“CAGAMOS”, SE DIJO EL LÍDER, al ver el interior vacío, con claras evidencias de haber sido abandonado recientemente. “De nuevo quedamos como imbéciles, por culpa de los huevones de la Central”. Lo irritaba la inoperancia de los nuevos cuadros: “Nunca va a ser como antes, como en los tiempos de la Dirección”, agregó con rabia. Le habían dado los datos cambiados; así de simple: sur en vez de norte. “La casa justo antes de cruzar el puente”, le dijeron, pero suponiendo que él llegaría desde San Antonio –santiaguinos típicos– y no desde Casablanca, donde tenía su base hacía dos años ya. Insistieron majaderamente en que allí estaban las armas –era una información "viva", le decían–, y a él tampoco se le ocurrió hacer el cambio de eje. Sólo en la tarde, pasadas las siete, la Central cayó en cuenta de su confusión. Y el resultado lo tenía a la vista: una cabaña bostezándole su interior abandonado. “Si es que las armas existieron alguna vez”, quiso concluir; pero le quedaba claro que allí sí podían haber estado, y no en la casa al otro lado del puente.
—Jefe… —uno de sus subalternos lo llamó desde el exterior—. Hay huellas que bajan.
—Ajá; vamos a la mejora que se veía en la orilla —respondió con desgano, saliendo.
—No, mire: las huellas más profundas van hacia el puente —le aclaró. Luego señaló un punto a pocos metros—: Quisieron borrarlas alrededor de la cabaña, pero más abajo vuelven a aparecer.
Una esperanza, aunque remota, lo animó por un instante. Algo debía haber bajo ese puente; incluso las armas podían estar ahí, escondidas en la huida que necesariamente habría precipitado su incursión de anoche. Indicó al chofer que vigilara desde arriba mientras él bajaba con el otro. Señaló a éste los arbustos que se dispersaban hacia la casucha para que los bordeara, y se dirigió hacia el puente para descender a su sombra. Extrajo su arma, pero mantuvo la linterna apagada. Acababa de entrar en el vértice oscuro cuando percibió un movimiento sobre su cabeza. Levantó la vista, helado, tragándose el grito ante las fauces centelleantes y los ojos rojizos que se cerraban ahora, a punto de dar el salto. Disparó; la masa erizada giró en el aire y desapareció de su horizonte, sin más ruido que el eco del tiro. Ambos subalternos se aproximaron corriendo en tanto él prendía su linterna.
—¡Era un perro, mierda, y se me fue el tiro! —trató de justificarse ante los dos—. Veamos si hay algo bajo este maldito puente y nos vamos de una vez.
Nerviosos, temiendo que alguien hubiera oído el disparo y se animara a dar aviso al retén, los tres apuraron la inspección. El animal no estaba, no lo vieron. Tampoco había nada que indicara el escondite de armas bajo el puente. Pero al final, al llegar a la orilla, descubrieron las huellas de varias personas, de arrastre de objetos pesados, y las dos carretillas.
—Por aquí trabajan areneros —dudó uno—; puede ser cualquier cosa.
—Sí… —titubeó el líder. Trataba de enfriar su mente también, de no especular más sobre un operativo fracasado. Alumbró los grandes pilares en el agua, haciendo saltar la luz de uno al otro hasta llegar al último, al otro lado, junto a la casa del allanamiento inútil de la víspera. Algo se movió entonces. El débil haz de su linterna descubrió un movimiento furtivo tras la vegetación de la orilla del frente. Y había una balsa varada allá, también, a cien metros de agua de donde estaban ellos.
Corrieron cuesta arriba hacia el auto, sin decirse nada, sin jadear tampoco, urgido su maltrecho honor por agotar esta última posibilidad. El chofer dio marcha atrás, asomando la cabeza para no entramparse en la tierra; luego cambió a primera y, patinando, enfiló hacia la carretera para tomar el puente. El giro fue brusco; apenas pudo enderezar el vehículo cuando ingresó a la recta y puso segunda. Pero no venía nadie en contra, por fortuna, y el zigzagueo de sus faros disminuyó a medida que aceleraba en pos de las primeras barandas blancas.
Fue al cambiar a tercera cuando la mole negra entró por su ventana, embadurnándole la cara con sangre espesa y vísceras sueltas. El golpe lo cegó y le sobrevino una arcada, al tiempo que el auto iniciaba la amplia voltereta que terminaría estrellándolos a todos contra el limo y las rocas, quince metros más abajo. Sin embargo, el horror para Martínez fue otro. Fue sentir los estertores desesperados de su jefe con el animal destrozándole la garganta, mientras cruzaban el aire y la noche en ese vuelo interminable.
c. 1990
