sábado, 29 de noviembre de 2008
LAS RUINAS
a Buhi
EL CAMIÓN DELANTE nuestro llevaba gente, al fondo; no se veía bien pero sí, estaban sentados en el suelo, de tanto en tanto se distinguían sus manos unidas sobre la cabeza, asomaban entre las rodillas de los soldados de las IDF –las Israel Defense Forces–, quienes hablaban a intervalos, en frases cortas, y, parecía, lanzaban también puntapies o rodillazos a sus prisioneros palestinos, cuando alguno se resbalaba o los golpeaba por el bamboleo del camión. El viejo Mercedes Benz que nos hacía de taxi, negro y grandote, se mantuvo un buen rato detrás del camión, hasta que uno de los IDF le hizo un gesto enérgico a Majid para que lo adelantara. Él y Abdel venían comentando la escena en árabe, taciturnos, y si Abdel no me tradujo lo que se decían debe haber sido porque esta vez no tenía de qué reírse. Unos kilómetros atrás, todavía dentro del área urbana de Jerusalén, en la desolada siderot Eshkol, un anciano se nos había cruzado imprevistamente y Majid tuvo que hacer un viraje brusco para no atropellarlo. Abdel le lanzó entonces al chofer una frase seguida de una pregunta y estalló en risas. “Le he dicho que su frenada nos dejó despeinados, y si acaso le parece bien despeinarnos por no atropellar a un viejo judío”, me tradujo a continuación, y volvió a lanzar su carcajada.
Con Abdel habíamos coincidido temprano esa misma mañana en el lobby del Hotel Shalom, cuando él se acercó al mesón donde el único empleado a la vista trataba de responder mis consultas por un rent-a-car que estuviera abierto a esa hora o que, por último, fuera a abrir durante el día. Era domingo y pude confirmar la estricta observancia religiosa de judíos y cristianos, pues, por esas particulares coincidencias que suelen ocurrir, los judíos estaban en plena festividad del Sukkot y los cristianos, como digo, en domingo, en tanto los musulmanes se adecuaban según su fortuna, descansando los adinerados y los demás obligados a lo mismo salvo que pudieran ocuparse en las siempre escasas tareas indispensables que los judíos se veían en la necesidad de cederles ese día. De modo que el palestino del mesón, que apenas entendía inglés, marcaba los teléfonos que encontraba en una guía y a continuación me miraba con cara de creciente desaliento, hasta colgar y empezar con el siguiente número. Abdel esperó unos minutos y después se animó a preguntarme, aparentemente dispuesto a ayudar con el idioma, pero cuando le expliqué mi necesidad me confirmó lo que el recepcionista o conserje o asistente de conserje no se animaba a decirme, ya fuera por su precario inglés o por temor a defraudar a un pasajero y perder el empleo: que ese día prácticamente todo Israel permanecería parado.
—Y yo que quería aprovechar de visitar Qumrán —le conté, decepcionado. Y continué—: Vengo de Milán y mañana llega mi mujer de Sudamérica, para recorrer juntos el país. Quería aprovechar hoy para ver esas ruinas, porque nuestro tour no pasa por ellas.
—¿Y de las ruinas pensaba regresar a Jerusalén? —me preguntó Abdel.
—No, voy a Tel Aviv, desde allá parte el tour. Por eso además necesito el auto, para ir a Qumrán, recorrer un poco, y llegar con calma a Tel Aviv.
—Si es así, busquemos uno juntos —me propuso, con lo que lo miré sorprendido—. Yo consigo un auto aquí, con el conserje, un taxi, porque otra cosa no va ser posible, y me voy con usted a ver esas ruinas; después usted me acompaña muy cerca, a Jericó, donde debo pasar por un encargo, y nos volvemos juntos hasta Tel Aviv. Allá voy yo también. ¿Le parece? —y, estirando la mano, se presentó—: Abdel Salmoud, palestino. Vivo en Hamburgo.
—Martín Peñafiel, chileno. Y de acuerdo —le respondí, si bien con cierta cara de resignación, como que mi idea original había sido andar solo.
Sin cambiar su sonrisa, Abdel se dirigió al conserje, en árabe, y le preguntó por un taxi. Pero éste volvió a complicarse con el pedido –no había, tampoco–, hasta que, finalmente, se le ocurrió una última opción: su primo Majid. “Siempre y cuando pueda conseguirse el auto de su tío”, me tradujo Abdel. Luego de un par de llamadas hasta dar con el primo, de esperar a que éste llamara de vuelta con el auto disponible, y de la negociación del precio –hecha entre palestinos–, el asunto resultó.
—¿Y su equipaje? —me preguntó Abdel, cuando salió a encontrarme cargado con el suyo.
—Sólo llevo este bolso. Lo demás está en Ben Gurión, en custodia —le expliqué—. Mañana lo retiro al buscar a mi esposa.
Y luego agregué, tratando de ser amable:
—Habla muy bien el inglés. ¿A qué se dedica usted?
—Negocios. Vendo aviones… civiles —me contestó—. ¿Y usted?
—Yo soy arquitecto… —empecé a responderle.
—Ah, sí, por eso quiere ver las ruinas —me interrumpió y rió. Pero entonces llegó Majid en el Mercedes de su tío, y no pude explayarme más.
LA CARRETERA HACIA el Mar Muerto, la continuación de la ruta 1 que viene de Tel Aviv a Jerusalén y sigue hasta Amán cruzando el río Jordán en su llegada al Mar Muerto, es un camino desolado, un camino que baja hundiéndose en el desierto pedregoso y nada se ve sino el negro del asfalto serpenteando entre los amarillos, grises sucios y óxidos de las colinas. Treinta kilómetros después la carretera llega hasta el plano, a cuatrocientos metros bajo el nivel del mar, donde el paisaje se abre y el sol se posesiona de toda su extensión, concentrándose hacia el sur en el espejo enceguecedor de la sal y las aguas del Mar Muerto. Aunque no eran aún las diez y estábamos ya a finales de septiembre, el aire nos quemaba los ojos sin misericordia mientras buscábamos algún letrero trilingüe que sugiriera Qumrán, para ascender el centenar de metros que nos aliviaría algo del calor. En la sofocación recordé haber leído que el aire de la Patagonia, un viento helado y tenaz, se instala sólido y omnipresente sobre las pampas, tanto como aquí se nos imponía, como un bloque ardiente, el aire inmóvil del Desierto de Judea.
Cuando por fin llegamos a la altura donde se levantó el monasterio, nuestro único objetivo fue alcanzar la torre romana, con su sombra y su respaldo para sentarnos a descansar. En esta vasta explanada irregular, salvo la torre ninguna pared se levanta más de metro y medio. ¿Por qué elegir entonces Qumrán? Hasta yo me lo preguntaba. Pero el comentario de Abdel me lo había aclarado: yo era arquitecto, qué mejor motivo. Así, pude asomarme solo al interior de la torre, tomándome el tiempo necesario para encontrar lo que buscaba. Después, en el recorrido por las ruinas, traté de aceptar las risas de Abdel con humor, sus gestos grandilocuentes ridiculizando cada elevación temblorosa que sugería un muro, cada depresión que señalaba una poza, mofándose de ellas por más que estuviéramos en el centro emblemático de los baños de purificación. No quedaba mucho, era cierto, mil novecientos veintiséis años después de su destrucción por los romanos; y lo que había se conservaba sólo gracias al cuidado de los arqueólogos, pues historiadores y teólogos aún no daban abasto con los manuscritos encontrados en las cuevas que las rodean. Qumrán de los esenios: ¿venía de allí Juan el bautista? ¿Quizás también Jesús? “He aquí las normas que seguirán los hombres perfectos en santidad, cada uno con su prójimo…” ¿Para qué recordar esto ahora? “¿Es que el hombre es dueño de su conducta?”
Bajamos por el camino de tierra, incrementando una docena de grados el calor al llegar de nuevo al nivel de la ruta 90, y por ella apuramos hacia el norte, para cruzar la carretera a Amán y continuar a Jericó, a cumplir el compromiso de Abdel. Entramos finalmente a este oasis milenario y rodamos lentamente por sus calles empolvadas, siguiendo las instrucciones que revisaba Abdel en un papelito. Hasta que, por último, le indicó a Majid que se detuviera. Quedamos junto a un largo muro de piedra blanca cortada en bloques, tras el cual asomaban hojas de palmas. Abdel bajó del Mercedes y se devolvió hacia la puerta que precedía al muro, mientras nosotros nos dispusimos a esperarlo. Teníamos al frente una casa cerrada y a su lado otra recién quemada, cuyo chamuscado muro, también de piedra blanca, resguardaba impertérrito un huerto de bananos. Cuando ya habían transcurrido diez minutos desde que Abdel nos dejara, Majid giró hacia mí, sin decir nada, sin hablar inglés, pero me ofreció a cambio una sonrisa inquieta. Era el más joven de nosotros, grande y macizo, con un discreto bigote de actor de cine de los años cincuenta. Levantó entonces la vista y vio, aunque sin mucho alivio, que Abdel volvía, descendiendo del auto para abrirle el portaequipajes. No vi lo que echaron atrás, pero tampoco me pareció que fuera muy pesado. Hicieron un viaje más y luego Abdel entró al coche con un cartucho de papel que acercó hacia mí, ofreciéndome un dátil.
—¿Los ha probado?
—Sí, alguna vez —le respondí, tomando uno—. Gracias.
Seguimos por otras calles siempre desiertas, buscando de nuevo la carretera, hasta que avistamos una cuadra más adelante a una patrulla de las IDF. Noté de inmediato la tensión de mis compañeros. Abdel le hizo un gesto a Majid, quien frenó el auto suavemente y lo detuvo a un lado. Algo se dijeron en árabe, en tanto esperábamos a que la patrulla se distanciara. Unos minutos después volvimos a partir, doblamos por la primera esquina hacia el oeste, y llegamos finalmente a la ruta 90, siguiéndola hasta empalmar con la carretera a Jerusalén.
El ascenso de regreso fue más lento, pero el calor demoró aún más tiempo en quedar atrás. Cuando orillamos Jerusalén todavía persistía, lo noté al atravesarse aquel viejo judío; la agitación y la risa de Abdel desplazaron un vaho caliente a pesar de que íbamos con todas las ventanas abiertas.
PERO EL PAISAJE sí había cambiado. Terminada la curva que esconde la ciudad, tras dejar a nuestras espaldas sus colinas recamadas de construcciones de piedra blanca –la inmutable piedra blanca de toda Judea–, nos internábamos ahora en el territorio ondulante de verdes agrícolas y forestales que nos acompañaría los próximos cuarenta kilómetros, hasta las inmediaciones de Lod. Habíamos pasado recién el camión con los detenidos palestinos, y Abdel necesitaba hablar. Escasamente veríamos otro vehículo bajo este sol cenital de mediodía, ni nada que no fueran bosques o cultivos en lomas o terraplenes, de modo que me preparé para la retahíla de preguntas que vendría en la siguiente media hora.
—¿Lo molestaron mucho al llegar?
—No más de lo normal: motivo de viaje, por qué no vine junto con mi mujer, qué había ido a hacer a Roma, y a Milán; en fin, lo que me habían advertido en la agencia de viajes. ¿Y a usted?
—A mí estos idiotas me revisaron todo, me desnudaron incluso, me dejaron cerca de una hora esperando antes de dejarme pasar. Pienso que incluso chequearon la compañía en Hamburgo, ¡pero encontraron a alguien, por suerte!
—No lo vi ayer, en el hotel —inquirí.
—Estuve sentado en el bar, al mediodía, después del mal rato en el aeropuerto. Conversando con la chica que lo atiende, ¿la ha visto? Es muy simpática, y también de Sudamérica, como usted, creo que de Ecuador. Me mostró algo increíble, que usted debería conocer; yo sabía que estas cosas sucedían, pero nunca lo había visto…
—¿Qué sería?
—Bueno, un judío observante, de los que se llaman «hassidim», esos de las ridículas trencitas y el traje negro.
—¿En el bar?
—¡Sí, en el bar! ¡Y un sábado! Pero con un pequeño, un hijo o sobrino, qué sé yo. Él no bebía nada, pero el chico tenía una cocacola. Y aquí viene lo bueno: el judío le hace una seña a la joven del bar, una seña muy discreta, como pidiéndole la cuenta. Entonces ella me dice que preste atención, y se acerca a su mesa, ¡y le mete la mano al bolsillo de la chaqueta! Sin que él se inmute para nada, la chica saca el dinero, se queda con el valor de la bebida y devuelve el resto al bolsillo. Luego regresa al bar. ¿Se da cuenta? ¡Estos judíos pagan, pero sin tocar el dinero, y sin hacer ningún esfuerzo, por su maldito Shabbath!
—¡Caramba! —le dije, expresando mi asombro, cuando terminó de hablar. Pero al parecer lo hice sin demasiado entusiasmo, porque se dirigió a Majid y le relató la misma historia en árabe. Al finalizar, éste también rió discretamente, afirmando con la cabeza, como que el cuento le era más que conocido. O quizás se estaba hartando del antisemitismo majadero de Abdel, aunque nuevamente creí percibir más bien su temor, el que había asomado en Jericó. Abdel guardó silencio por unos pocos kilómetros, para volver al tema inicial:
—Y usted, ¿cuándo llegó?
—Llegué más tarde, como a las cinco recién—afirmé.
—Ah, bueno; yo salí como a las cuatro, a ver un cliente, y regresé cuando ya estaba oscuro. Por eso no nos vimos.
—¿Tiene muchos clientes por aquí?
—Nunca los suficientes, pero con éste puede salir un buen negocio. Lo veré de nuevo hoy en Tel Aviv.
—¿Y ayer lo vio en Jerusalén?
—Sí, es que fuimos a conocer sus campos, cerca de Jericó.
Puse cara de entender menos aún.
—A ver, yo vendo aviones fumigadores, ¿bien? Y se los vendo a paisanos míos, a palestinos, por eso me contratan en Alemania, porque soy de familia palestina, somos inmigrantes allá. Y este nuevo cliente, que parece que tiene dinero y vive en Jaffa, al lado de Tel Aviv, me citó primero en Jerusalén para llevarme a sus campos en Jericó, a que viera la altura de las colinas, los tendidos eléctricos, el largo de los plantíos, etcétera. ¿Me entiende ahora? Y además me dejó un mensaje anoche, pidiéndome que volviera esta mañana a Jericó y pasara por la casa de una amistad a buscar unas cajas que ayer se olvidó de retirar. Fue así como me encontré temprano con usted, y siendo que ambos necesitábamos un coche y para ir muy cerca los dos, pues Alá nos hizo coincidir y aquí estamos… —terminó riendo.
—¿Y todo bien con el encargo? —me animé a preguntarle.
—Sí, todo bien, tenían todo listo.
—Pero Majid se asustó con los soldados… —le dije en voz baja.
—Ah, sí, pero entonces le expliqué que las cajas tenían muestras de conservas.
—¿Conservas?
—Bueno, no sé qué contienen, no son mías esas dos cajas —contestó, algo irritado—. El caso es que lo dejé más tranquilo.
Intentó reír de nuevo, pero devolvió la vista al camino. ¿Sabría o no sabría en verdad? Su historia a mí no me dejaba tan tranquilo. Y ahora volvía con otra pregunta, más agresivo:
—¿Le preocupa la situación en este país? ¿Le da miedo? Es primera vez que viene a Israel, ¿no?
ENTRAMOS A TEL AVIV cerca de las dos, a la hora y en el día en que menos almas circulan por sus calles. A medida que avanzábamos hacia el centro, que nos acercábamos al momento en que me bajaría y no volvería a verlos más, la tensión aumentaba en mí. No tenía por qué temer, todo había resultado bien, finalmente, y ahora sólo quedaba despedirme, descender y perderme, pero no me sentía tan relajado como las circunstancias lo permitían. Un gesto, un tono, una mirada que no calzaba con mi ficticio guión, y la aprensión se desataba; una palabra que no entendía, una calle equivocada, y… en fin. Pero siempre me ocurría lo mismo –¿a quién no?–, y después terminaba sintiéndome ridículo por tanta paranoia.
Pasamos el Terminal de Buses y tomamos Allenby, bajando en dirección al mar. Les había pedido que entraran por Hayarkon y me dejaran en la esquina de Mendel, pues, según mi plano, allí quedaba la Oficina de Información Turística.
—Supongo que estará abierta —agregué, ahora que cruzábamos King George.
—Seguramente. Es la zona de los hoteles —afirmó Abdel—. ¿Cuál es el suyo?
—Eh, el Basel. También está en Hayarkon, ¿no?
—Sí, un par de cuadras más arriba, más al norte. Cerca de la embajada de Australia. Hay muchas embajadas en la avenida Hayarkon, además; están las principales.
—¿Ah, sí? No sabía. ¿Cuáles otras?
—Bueno, me parece que la de Canadá, la británica, la suiza…
Majid le habló entonces, señalando que estábamos entrando a la rehov Hayarkon.
—¡Mire, y aquí viene la embajada de los malditos yanquis! Ésta es, véala. ¡Un país comprado por los judíos!
—¿Y la embajada argentina, no sabe dónde…?
—¿La embajada argentina? No, no sé si está en esta calle; pero usted es de Chile, ¿no?
Sonreí, y le pasé los cien dólares que correspondían a mi parte del viaje. También empezó a despedirse, buscó su tarjeta sin encontrarla y yo me disculpé por no tener tampoco una mía a mano. Hasta que Majid se detuvo y les dije adiós a ambos. Y bajé.
—¡Cuídese de que no abusen de usted estos judíos usurpadores! —alcanzó a recomendarme Abdel por la ventanilla, mientras el auto reanudaba su marcha por la calle vacía.
Debían seguir dos cuadras más antes de poder salir a la derecha para encontrar Ben Yehuda y devolverse hacia Jaffa. Pero a mí sólo me interesaba que avanzaran cien metros, hasta la altura del Ramada Continental, para cubrirme en la esquina de la rehov Mendel, accionar el transmisor recogido en Qumrán, y que las dos cajas en el portaequipaje del Mercedes volaran un buen pedazo del edificio en el 112 de Hayarkon.
Querían preocupar a alguien. Mis mandantes querían enviar una señal clara por lo confusa al gobierno argentino para que respondiera por sus muertos. Esta vez no le causarían ninguno, salvo que algún infeliz hubiera ido a trabajar a la embajada precisamente ese domingo a las dos de la tarde, pero eso era poco probable. Con respecto a Majid y Abdel, dos palestinos menos que a nadie le hacían falta, alcanzarían la gloria entre los que creyeran que habían muerto por su causa. Porque a una buena parte de la gente no le iba a caber la menor duda de que detrás de este atentado estaba el Hamas, y eso servía. Y a otra buena parte de la gente no le iba a caber la menor duda de que detrás de este atentado estaba el Mossad, y eso también servía.
A mí, finalmente, quizás me habría gustado ser chileno y arquitecto, y tener una esposa que llegara al día siguiente. Pero sabía árabe y hebreo, además de inglés y castellano, y un poco de ruso, alemán y francés, y sabía de armas y explosivos, y tenía buen estado físico, y era independiente de principios. Así que resultaba más útil en otras cosas.
ME ACERQUÉ A los curiosos, que empezaban a converger. Dos chicas de las IDF trataban de contenerlos, intentando establecer un perímetro. Otro llamaba por su radio, observando los ventanales quebrados del Ramada, donde seguramente habría unos cuantos heridos. La carga había sido poderosa. El Mercedes estaba boca abajo, muy aplastado, en llamas. La embajada estaba en ruinas.
c. 1999
