sábado, 29 de noviembre de 2008

SKIRING

Isla Escarpada, Seno Skyring - Fotografía de Alan Warren

EL CÚTER SE desplazaba tranquilamente aquel día de curiosa calma en el Seno Skyring. Pasó ante el Cabo Graves y orientó en línea recta hacia Punta del Bajo, el extremo sur de la pequeña Isla Juan, alejándose de la desembocadura del río Pérez y su buena pesca. Desde la cubierta, Stockli miraba la orilla de lengas y coigües emergiendo en rudo desorden, un paisaje ciertamente más salvaje que el de su estancia, que acababan de dejar en el horizonte. O quizás él quería verlo así, porque alguna vez esas tierras también fueron suyas hasta que, tras los avatares de la Reforma Agraria, terminaron en manos del imbécil de Mladic. Nada más agradable, entonces, que poder llegar a Isla Escarpada directamente por mar, sin pedirle paso como estaba obligado a hacerlo al menos dos veces al año, cuando su gente bajaba las ovejas para la veranada después de cruzarlas en barcazas desde la isla, y las subía meses después para la invernada. Absurda Reforma que dejó a Escarpada separada de Estancia Huemules quién sabe si para siempre. Mladic no le vendería de vuelta sus tierras ni él la isla, eso estaba claro. Pero al menos esta vez no le daría el gusto de pasar por sus caminos. Había preferido alquilar el cúter, en particular porque no sabía con qué se iba a encontrar al llegar a Escarpada, y le pareció mejor disponer de un espacio mayor, además de llevar al médico y su equipo quirúrgico de emergencia, por si lo que ocurría con su puestero era que estaba herido o enfermo. Llevaba también una radio nueva, de las que había pensado repartir en Navidad, en caso de que el silencio de una semana no fuera más que eso, un desperfecto de la radio. Aunque algo le recomendaba irse preparando para lo peor. Es que con Jordan todo había sido bastante extraño, por decir lo menos.

¿Diez años? Poco más. Empezaba el otoño del 83 cuando Fernando, que tiempo después acabó casándose con su hija, se lo había presentado como “un viejo amigo del barrio, venido a menos, que sabe de animales y necesita pega”, recordó. Eran los tiempos del crash y había mucho desempleo. Él tampoco estaba bien –fue entonces, con la caída del peso y la catástrofe de los créditos en dólares, cuando vio cómo Mladic le arrebataba delante de sus narices la mitad de la antigua estancia de su padre–, de modo que no le vino mal alguien que estuviera dispuesto a irse al puesto más lejano por lo poco que podía pagarle. Fernando acababa de ser ascendido a capitán de bandada en esa época, después de pasar una larga temporada en la zona, adonde lo habían trasladado desde el norte al estallar la guerra de las "Falklands" –como se la llamó en aquel tiempo, y como seguía llamándosela ahora, al menos entre los estancieros de ascendencia europea, británica en particular–. Jordan era un tipo hosco pero fuerte, “y leal”, agregó Fernando. Lo había tenido de mecánico en la base aérea, pero “es más un hombre de la pampa que un hombre del taller, pruébelo en Escarpada”, concluyó.

Con Jordan no había tenido problemas, era cierto, si bien nunca lo había vuelto a ver, o al menos no más de un par de veces los primeros años, cuando él mismo dirigía el traslado de sus ovejas. Luego se hizo cargo Rodríguez, el capataz, y éste le comentaba que el puestero era callado y distante, en apariencia presumido, lo cual irritaba un poco a la gente. Pero era correcto, hacía bien su trabajo, y en la convivencia de los cruces a veces reía con los demás. Luego se despedía como si fuera hasta el día siguiente, a pesar de que no lo verían sino cuatro o cinco meses después. El contacto se mantenía por radio, todos los martes, y así había sido siempre hasta comienzos de ese noviembre.

“Los años pasan igual para todos”, meditó Stockli, pensando más bien en él y su familia que en Jordan, a quien le echaba unos cuarenta. Pero su Eva ya estaba en los treinta y le había dado sólo dos nietas, de siete y tres a la fecha, en tanto a él le costaba disimular la ansiedad por un varón. Sin hijos hombres, un nieto se le hacía casi indispensable para heredarle la estancia, con todos sus problemas, sí, pero también con todo su patrimonio y su potencial. A pesar de no tener nada que objetarle a su yerno, la idea de una sucesión de hombres con apenas un cuarto de sangre Stockli se le hacía insoportable. Por fortuna, Fernando también quería un hijo –aunque fuera para que lo acompañara a volar, o incluso para que se hiciera aviador como él, en fin–, y eso animaba a Stockli. Pero la brillante carrera de su yerno lo había llevado de un lugar a otro, y Eva quería más estabilidad antes de hacer otro crío. Sin embargo, parecía que ahora, después de cuatro años en la misión de Londres, se quedarían un buen tiempo en Magallanes; así lo afirmaba Fernando. Stockli tenía su propia impresión de que ello ocurriría: cada vez que surgían tensiones con Argentina, Fernando era trasladado a la zona. Y Laguna del Desierto y Campo de Hielos Sur se habían instalado en la agenda de ambos países.



ERA UNA NOCHE cerrada, sin luna, sin estrellas que pudieran atravesar los cirros sobre todo Otway, Riesco, Skyring. “Lo peor es lo mejor”, murmuró Fernando, citando el lema de su primer comando, mientras apagaba el motor del Zodiac y sacaba el remo para acomodar su llegada a la isla. Nadie lo había sentido marchar y estaba lo suficientemente mar adentro cuando encendió el potente Yamaha para cruzar hacia Escarpada, hora y algo sobre aguas siempre nerviosas que lo esperarían igual a su regreso. Sólo Wieman había seguido atentamente la lenta aproximación del ruido en la oscuridad, y lo aguardaba ahora en la orilla para arrastrar juntos la embarcación a tierra.

—Patria —saludó al bajarse, asumiendo que su autoridad se impondría al mal gusto de recordar la contraseña de hacía tantos años.

—Huevón —le respondió Wieman.

Wieman estaba irritado, muy irritado, confirmó Fernando. Pero de no haber sido así, no estaría él desembarcando allí esa noche. Trató de calmarlo:

—Vamos a conversar, así que ponte de buenas mejor, Jordan.

—No me digas Jordan, díme mi nombre. Y yo ya no quiero conversar más. Quiero irme, quiero volver; esto se acabó. ¡No doy más! Son muchos años —su voz se precipitaba en la noche—, a veces me olvido de cuántos son y tengo que esperar a que se le salga a alguien por la radio para ubicarme. . .

Lo interrumpieron los perros, que desde la oscuridad estallaron súbitamente en caótica algarabía. Wieman lanzó un silbido largo seguido de dos cortos y los animales callaron, tan rápidamente como habían empezado. Fernando aprovechó la tregua, aunque sin lograr mucho más:

—¿Quieres un trago? Me traje una botella de Juanito Caminante para tomarla juntos, y otra para dejártela acá.

—Yo me voy contigo, huevón. Pasa el trago, pero la otra la dejas en el Zodiac nomás.

—Oye, sentémonos un rato en tu choza y conversemos, ¿ya? Vamos a solucionar tu problema, pero olvídate de volver esta noche conmigo. Las cosas hay que hacerlas bien, y todavía quedan personas a las que tenemos que convencer de que ya puedes salir. No es tan fácil.

—Eso ya me lo dijiste hace dos semanas cuando te llamé. Suponía que habías conversado con la gente.

—Para empezar, nunca debiste llamar por esa frecuencia. Quedó la escoba en la base y lo único que hiciste fue complicar las cosas. O sea, pensaron que te habías vuelto loco y que lo mejor era abandonarte a tu suerte acá. Yo tuve que calmarlos y obtener permiso para venir a verte. Aquí estoy, pero o te pones tranquilo o me voy.

Wieman sorbió su trago y devolvió la botella. Luego encendió su linterna y echó a andar hacia su puesto, cuesta arriba, por un sendero plagado de latas y basura que Fernando apenas veía, tropezando y maldiciendo.

—¿No recoges tu basura? Esto es una mierda, y apesta.

—¿Y qué te importa? ¿Y qué me importa? Aquí no llega nadie, menos el comandante, y por ti no pensaba hacer ninguna limpieza. ¿Querías que te preparara toda una recepción acaso? Prende tu linterna si se te han puesto tan delicados los pies.

Fernando calló. El comandante ya no existía, había muerto tres años atrás, pero Wieman seguía actuando como si todo fuera ayer, por más que no lo supiera. Encendió su linterna; tendría que cambiar de táctica, adaptarse a la lógica tornadiza de su ex-agente.



STOCKLI DIO MEDIA vuelta hacia babor para alejar su mirada de las tierras de Mladic y dirigirla en cambio a las distantes estribaciones de Isla Riesco, acariciando las tenazas de las Puntas Rocallosas y ascendiendo después la imponente cresta del Cerro León, que se elevaba casi un kilómetro por encima del nivel de las aguas de su Seno tan querido. ¡Cuánto amaba aquel paisaje y esa naturaleza que, también, cuánto había cobrado de él! La misma dureza, la de la geografía, que por tantos años reprodujo en sus óleos y pasteles, había terminado por imponerla en su vida, en sus actos, desde el momento en que su padre murió y tuvo que olvidarse de pintarla para siempre. Sin embargo ahora notaba, con secreto entusiasmo, que se estaban abriendo ciertas brechas en su rigor, y por ello se animaba a creer que su sensibilidad finalmente no se había perdido, que no era la vulnerabilidad de un disfraz mal traído sino la recuperación de su fuerza interior lo que venía produciendo los cambios.

El batir seco y sincrónico, elegante y enmudecedor de un trío de cisnes de cuello negro se impuso por unos instantes sobre el ronroneo vulgar y majadero del cúter. La distancia de tierra y la imposibilidad de apurar la travesía o de seguir especulando sobre lo que encontraría al llegar a Isla Escarpada, le permitieron a Stockli relajar su disciplina. No hacía diez días que se había hecho a ese mar también, con su nieta Constanze y con Fernando, para probar el flamante Zodiac que éste había traído de la base cuando vino a pasar unos días con Eva y las niñas. Por largo rato se sustrajo esa tarde a sus severas conductas de tierra, entregándose a los sentidos y las emociones. Desde las aguas azul petróleo le enseñó a su nieta mayor lo que desde tierra apenas le señalaba: a distinguir los cormoranes reales de los cormoranes de las rocas, a saber que la skúa en el aire era un ave agresiva, a conocer que los pilpilenes pechiblancos allá en la orilla tenían unos parientes negros en el norte, y que los enormes patos quetru, grises y de pico naranja, eran los más grandes de Chile. “¡Allí hay otro!”, había exclamado la niña poco después, al ver una gaviota antártica, “¡pero es más flaco!”

Aquella vez el tiempo había estado cambiante, como solía ocurrir, y Stockli empezó a preocuparse de lo alejados que estaban de la costa cuando las nubes que llegaban del Estrecho cubrieron el Cerro Castillo en la distancia. Pero Fernando insistió en seguir. “Avancemos para distinguir Escarpada en el horizonte, por lo menos”, pidió sin esperar respuesta, maniobrando osadamente el Zodiac, hasta que la tensión en el rostro de su hija y las advertencias de su suegro lo hicieron desistir. Fue entonces cuando a Constanze se le cayó su bufanda escocesa al agua y se hundió bajo la embarcación para no reaparecer, por más vueltas que dieron. El viento arreciaba desde el oeste y las nubes avanzaban sobre el Seno desintegrando la luz de la tarde, de modo que, en medio de los sollozos de la niña, terminaron por volver.

—El tiempo está magnífico. Podremos quedarnos al menos tres horas —lo interrumpió en sus pensamientos el patrón del cúter, cuando Escarpada quedó a la legua.



—A TI TE SALVAMOS la vida, eso parece que lo olvidas —dijo Fernando una vez que se acomodaron en las sillas—. Y el trato fue que desaparecieras. Por eso estás aquí y por eso debes permanecer aquí.

Wieman se mantuvo callado, en actitud calmada en apariencia, pero sus ojos denotaban la tensión –y la ira. Bebió un corto sorbo del vaso y miró de reojo la tetera recién puesta al fuego.

—Sabemos —continuó Fernando—, sabemos que esto es muy difícil y que cada año que pasa es aún peor, pero también debes entender que allá las cosas siguen parecidas, que tú sigues siendo el sargento Wieman y que te siguen buscando, argentinos y chilenos.

—E ingleses —añadió Wieman con sorna. Pero calló de nuevo para que su antiguo superior siguiera.

—E ingleses, aunque sea para guardar las apariencias —aceptó Fernando, confirmando que la situación había empeorado, por más que pretendiera obviarlo—. La familia de Garrido no ha dejado de insistir en buscarte, e incluso hace un par de años tuvimos que intervenir cuando le pidieron a Carabineros que chequeara la identidad de los puesteros permanentes que no bajan, como tú. Por suerte encontraron a ese asaltante, dado por muerto al cruzar a nado el Fitzroy. Hallarlo los dejó tranquilos y terminaron la búsqueda.

—Valiente el tipo —comentó Wieman.

—Sí, se lanzó a caballo desde Riesco y sólo apareció el animal congelado. Pero lo que te quiero decir es que hemos hecho todo lo posible para protegerte, y lo seguimos haciendo porque para ti el peligro no ha pasado.

—¿Ni va pasar nunca? ¿Y qué ocurre si me entrego? No se puede decir ahora, después de todos estos años, que fue un acto de guerra, que fue por la "Patria"?

—Nadie lo pensaría así, menos en los tiempos que corren, en que están cuestionando todos los actos "por la Patria" realizados durante el régimen militar. Todos los meses aparece un nuevo caso de desaparecidos, acá y en Argentina, y los demócratas sacan sus dividendos exponiéndolos al público. Además, se están firmando acuerdos entre Chile y Argentina a cada rato, estamos comprándoles sus centrales eléctricas y regalándoles territorios a cambio, y todos felices. Nadie levantaría un dedo por ti, y el teniente Garrido se ha convertido en un héroe involuntario de la Guerra de las Malvinas, por más patético que sea su caso.

—Era un cobarde, un traidor.

—Sí, pero eso sólo lo sabíamos tú y yo, y el comandante. Y por si no te enteraste, Santelices falleció.

—¿Qué? ¿Se murió el comandante? ¿Cuándo?

—El 90. Se estrelló en el mar, frente a Lennox. Nunca lo encontraron.

—¡Cresta! ¡Y por qué no me lo dijiste! ¡Él era mi amigo, huevón!

—Yo también soy tu amigo, huevón. Pero estaba en Santiago cuando ocurrió, no tenía cómo avisarte. Tampoco tenía por qué. Sólo podemos comunicarnos en emergencia extrema, lo sabes, y las defunciones de los amigos no cuentan.

—O sea que si te mueres tú, no sé más de nadie. . .

—Ése fue el acuerdo, Wieman, con el comandante y conmigo. Es la única manera de protegerte, ¿vas a entenderlo?

—¿Vas a entender tú que así no se puede vivir? ¿Te parece poco diez años corriéndome la paja en este páramo, rodeado de ovejas culeadas que ni me atrevo a afilarme como los chilotas? ¿Y todo por matar al huevón que nos iba a entregar a los tres? Mira, cuando me dices que me han estado protegiendo la vida, no dejo de pensar que yo también se la salvé a ustedes esa mañana, a ti y al comandante, cuando Garrido tomó su pistola. Los tres nos salvamos de que los argentinos descubrieran la base. ¡La "Patria" se salvó de que Garrido nos entregara! ¡Y la cuenta la vengo pagando yo solito!

—Tú lo degollaste. Tú fuiste el asesino. Tú fuiste el traidor. Así quedó escrito en la historia. Por lo tanto, tú debes pagar. Pero nosotros te hemos protegido. Más no nos puedes pedir. Si te asomas, no duras un día. Eres un cadáver de permiso. Entiéndelo. Acéptalo. Y saca la tetera del fuego, que ya no le debe quedar agua.



ASCENDIÓ POR LA ladera, ágil como nadie, para recorrer la aguzada cresta que daba su nombre a Escarpada y ver si había algo abajo, en los roqueríos, antes de ordenar al cúter que girara alrededor de la isla. Los graznidos de las bandurrias lo acompañaron un buen rato, a medida que salían irritadas de sus nidos en los riscos, interrumpido su tranquilo empollar de primavera, y ahora sólo sentía de rato en rato el canto metálico de alguna de ellas que lo sobrevolaba, vigilando con impotencia su proximidad a los huevos abandonados. Hasta donde pudo llegar, hasta el gran peñón que se elevaba incólume y accesible sólo al vuelo de las águilas y los cóndores, no distinguió nada en el fondo oscuro de grandes rocas marrones y arena negra. Ningún bulto, ningún cuerpo.

Tampoco esperaba encontrar nada. Su pensamiento había volado con rapidez, y por más que no quisiera admitir todavía ninguna de las hipótesis temerarias que se atropellaban en su razón, el desaliento se imponía sobre su buena fe. Los hombres que lo acompañaban se habían repartido por el medio centenar de hectáreas de pampa y los distinguió desde la altura, seguidos por los perros ahora sin amo. El médico, menos avezado, acompañaba al capataz, en tanto el capitán y los otros dos buscaban cada cual por su lado. Jordan no estaba; no lo encontrarían. Se había marchado, era lo primero que se podía pensar y –ciertamente– lo que él informaría a quien se lo preguntara. Abandonó el puesto, con el apoyo de algún amigo cómplice, aburrido de la soledad. No, no tendría ninguna denuncia que interponer, pues no se había llevado nada: salvo media docena de ovejas que habían caído por el peso de su lana o se habían atascado, terminando primero sin ojos y luego muertas por los caranchos, del resto no faltaba ninguna; por su parte, los perros y el equipo estaban completos y en la caseta no había nada que echar de menos que no fuera un par de cosas personales del puestero. Estaban la radio e incluso la escopeta, y que se hubiera llevado el gran corvo Wilkinson no era algo por lo que fuera a alegar.

Al converger en la orilla ordenó al capitán hacer el giro de rigor; que embarcaran todos y lo recogieran al volver, mientras él terminaba de revisar por tierra la isla que conocía mejor que nadie.

SE SENTÓ SOBRE un tambor volcado apenas el cúter dio la vuelta a la punta oriente; despejó con los pies la basura que se acumulaba en la arena oscura, y siguió con la vista hasta el lugar donde aún se distinguían las huellas del arrastre de un bote plano, perfiladas por el característico trazo de la quilla obtusa de un Zodiac mediano. Las latas semienterradas pudieron rasgar las mangas laterales y quizás hundirlo, pensó, pero el Zodiac de Fernando permanecía en la estancia desde que éste se marchó, llamado a ejercicios de urgencia –como dijo– la tarde siguiente al paseo con su nieta. No, no podía dejar volar su fantasía en esa dirección. ¿O sí? Porque, precisando los hechos, al retirar el bote de la playa un par de días después del paseo, éste había aparecido a cien metros de donde lo dejaron aquella tarde encapotada.

Fernando pertenecía a inteligencia y Stockli lo sabía, por supuesto, pero aunque tuviera que partir repentinamente como aquel día, y desapareciera entonces por tiempo indefinido –incluso dos meses, una vez–, siempre se trataba, a decir de él mismo, de juegos de guerra sin más sentido que prevenir algunas eventualidades, por cierto muy improbables en el actual momento que vivían Chile y Argentina. Al mitigar sus aprensiones, Stockli podía conjeturar que Fernando aspiraba a quedarse en Magallanes, e incluso Eva había insinuado el posible retiro de su marido, junto con sondear la factibilidad de incorporarlo al negocio de la estancia. Con esos planes, y transcurridos ya tantos años desde la llegada de Jordan a Escarpada, mal veía Stockli a su yerno ayudando a abandonar subrepticiamente su puesto a un antiguo subalterno, por quien, por lo demás, rara vez preguntaba.

A no ser que éste no fuera Jordan sino Wieman, aquel comando acusado de degollar a un teniente a mediados del 82 y al que se dio por perdido en la frontera, llegándose incluso a conjeturar que había sido un espía argentino. Stockli nunca había pensado en ello hasta que la búsqueda iniciada por Carabineros un par de años atrás lo llevó a considerar la hipótesis un momento. Imposible, se dijo aquella vez, pues Jordan había llegado abiertamente a la estancia, acompañado de Fernando y del superior de éste, el comandante Santelices, trágicamente fallecido años después.

Imposible entonces, se repitió esta vez.



WIEMAN SE LEVANTÓ y de una patada envió su silla a un rincón. Desplazó la tetera de la hornilla y abrió ésta con un grueso alambre, para echar leña adentro. Luego fue por las tazas, el café y el azúcar, refunfuñando:

—Nunca supe en verdad lo que pasó esa noche. Era joven y estaba muy nervioso, tanto como Garrido quizás. Pero él quería entregar a los ingleses, y eso era traición, ¿no es cierto?

—Los argentinos no podían saber de nuestra base en Río El Zurdo, eso era todo.

—Sí, pero los ingleses, aparecieron muchos…

—En ataúdes.

—No, aparte de los muertos del helicóptero; de repente pensé que había muchos ingleses para cargar a esos muertos. Nunca entendí de dónde salieron tantos, eran como cuatro por ataúd.

—Oye, estaba oscuro. Era sólo una patrulla que iba y volvía por los muertos.

—Ya, huevón, déjame con mis dudas; yo veo en la oscuridad, puedo contar ovejas de noche sin repetirme, y a ti te vi ahora apenas diste vuelta a Isla Juan, en noche cerrada. Además, tú estabas en el lado de la frontera con Santelices y el jefe inglés; Garrido y yo estábamos en medio de la operación.

—Ése fue el error… Garrido se puso histérico por lo mismo que tú te estás imaginando ahora.

—Es que parecía eso. Demasiados ingleses para descargar un helicóptero en emergencia con veinte ataúdes… ¿De dónde llegaron?

—Del lado argentino, pues, ¿de dónde si no? Y pásame la taza antes que se enfríe el café. ¿Te echo un trago?

—Ya. Es que eran muchos.

—Era una patrulla que fue en apoyo de su helicóptero en emergencia, nada más. Lo primero que hicieron fue descargarlo. Después, cuando arreglaron el desperfecto, lo cargaron de nuevo y se fueron. Sólo que todo esto ocurría en territorio chileno, y por más que fuera una operación humanitaria, nadie lo habría entendido así, y les habríamos revelado la base del Zurdo a los argentinos. Eso es todo y no le des más vueltas. Recoge ahora tu silla si aún está buena y veamos cómo podemos mejorar tu estancia acá, hasta que llegue el momento en que puedas salir con una chapa. Voy a ver con mi suegro lo de traerte una mujer más seguido. Y una tele a color, buena… ¿anda todavía esa IRT? A eso he venido, a arreglar las cosas, no a poner en duda lo que siempre ha estado claro. Bien claro.


"REPETIR HASTA AGOTAR el discernimiento. Reafirmar las pistas favorables y desacreditar o mofarse de las adversas hasta instalar el discurso programado, haciendo del recelo un desatino con visos de traición. Volver a repetirlo todo en cada oportunidad posible, aprovechando las fisuras de la duda para completar la infiltración de la verdad preestablecida, acabando por ahogar la imaginación. Lavar el cerebro…"

Se sabía el pasaje del manual de memoria, y con nadie lo había aplicado mejor que con Wieman. Al menos, éste nunca sospechó de los cohetes en los ataúdes; sólo de la compañía británica destacada en territorio chileno. Pero, ¿cuántas veces más podría calmarlo? Wieman estaba despertando, o enloqueciendo, que para el caso era lo mismo. Por lo demás, ¿cómo podría seguir aislándolo si hasta su propio suegro quería repartirles a sus puesteros nuevas radios de frecuencia universal? Y, peor aún, ¿cómo iba a manejar esta relación con su ex-agente, basada en el silencio y la distancia, y a la vez instalarse ahí, en la orilla del frente, a tomar el control de la estancia y desarrollar –¿por fin?– los negocios pacientemente enhebrados con argentinos e ingleses en sus largos años de doble agente? “Ya nos hicimos cargo de Santelices; Wieman es problema tuyo”, le había dicho su nuevo contacto en Río Gallegos. “Y más bien te apurás, que en democracia no hay guerras. Pronto esta oficina será la sede regional de turismo de la "Patagonia unida", o la cámara local argentino-chilena de comercio…”.

Era cierto, pronto ya nadie lo podría respaldar. Y pronto también despuntaría la mañana, en esos días de apenas seis horas de oscuridad. Llevaría adelante entonces la segunda opción: se dejaría convencer por Wieman. Había llegado el momento de sacarlo de Escarpada, de sacarlo del camino.



EL LARGO SOL de la tarde había iniciado su amplio descenso desde su cénit sobre la Cordillera Riesco, y a sus pies el Seno Skyring brillaba pleno de escamas titilantes, dando vida a esa quietud única que Stockli jamás se había atrevido a pintar, admirándola con humildad como otra de las tantas fronteras que el Creador establecía para su gloria infinita. En la distancia, sobre la bahía, una docena de cisnes flotaba con sus siluetas recortadas contra aquel mar de plata, mientras desde el norte una bandada de flamencos retornaba tardía de su migración boreal. Se levantó, siguiéndolos con la vista en su vuelo sobre Isla Marta, ansioso por retener la sobrecogedora escena pronta a ser vulnerada por el impertinente cúter que asomaba ya, completando el último tramo de su vuelta alrededor de Escarpada. Tenía aún media hora antes de que llegaran, por lo que ascendió con paso calmo hasta las rocas desde donde podría devolver la mirada hacia su lejana estancia y el confín oriental del Seno. La luz rasante empezaba a teñir el cielo de turquesa, precediendo la sucesiva gama de cerúleos y cobaltos que culminarían con el ocaso, largas horas después. Desplazó la vista sobre el ondular dorado de las vastas pampas, jalonadas de tanto en tanto por el verde oscuro de montes y matorrales, y conluyó su recorrido en el profundo azul de las aguas, cuya densidad emulaba los cielos de la noche.

Guardó silencio; calló por dentro para escuchar. Sí, esta escena, este paisaje nítido ante sus ojos podía ser pintado sin ofender a Dios, se oyó decir entonces, y creyó percibir en ello la señal de proceder, tantos años esperada.

Descendió ágilmente el promontorio cuando las voces de su gente se hicieron perceptibles por encima del ronroneo del cúter. Saltó primero entre las empinadas rocas para bajar luego a través del largo tramo de pasto duro, antes de llegar a la basura y cruzar las huellas de un bote que, definitivamente, no podía ser el Zodiac de Fernando. En su huida Jordan contó con otro cómplice, eso estaba claro, de modo que apenas reapareciera su yerno le ofrecería la administración de la estancia y así él volvería, esta vez para siempre, a su pintura. Renovado su entusiasmo, avanzó con insólito brío por la arena sucia hasta que se le interpuso, semienterrada por el peso de una quilla y deshilachada por las filosidades de un motor fuera de borda, la bufanda escocesa de la pequeña Constanze.

c. 2002